Graduados

GraduadosHan pasado cinco años desde que pisamos por primera vez la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Un lustro da para mucho, pero la carrera universitaria tiene que terminar en algún momento y los que aparecemos en esta foto ya enfilamos la última recta.

Ahí estamos los siete de siempre, los que a pesar de todo hemos seguido juntos. La vida nos lo va a poner cada vez más difícil para mantenernos unidos, pero si no lo conseguimos no será porque dejemos de intentarlo. Estoy seguro de que los siete tenemos el firme propósito de seguirles la pista a los otros. Ahora tenemos que sustituir las cabinas de edición digital, las aulas de la tercera planta, los despachos de la cuarta y el parque de atrás por otros lugares de mayor interés cultural y turístico. Desde luego es una ventaja que nuestros próximos encuentros vayan a realizarse bajo los efectos de la cerveza sin los agobios de los plazos de entrega de prácticas o las fechas de exámenes.

Somos siete en esa foto y cada uno tiene su historia. De izquierda a derecha: Verónica Martín, Anicha Olivares, Begoña Quinteiro, Julio Martínez, Margarita Pérez-Calderón, Inma Luna y José Ibáñez, un servidor. No voy a extenderme demasiado. Trataré de ser breve resumiendo cinco años en una frase que explique mi vinculación con cada uno.

Vero es como un rayo de luz, brillante y cálida. La primera palabra con la que la relaciono es la ternura. Siempre con un cigarrillo a mano y preparada para irse a Madrid, pero ella sabe que en Sevilla también nos hace falta.

Anicha es la más añorada, siempre pidiendo que le pongamos al día de todo lo que ocurre en el grupo. Desde el principio fue la más loca. Si algo produce su presencia es una sonrisa. Geográficamente es la que tengo más cerca, pero, como todos, está a sólo una llamada de teléfono de distancia.

Begoña es la madre del grupo. Ella lo tiene asumido. También es una idealista. Pero sobre todo es literatura. No es una persona, es un libro. Sus genes están hechos de papel y llevan impresos millones de palabras, pero la primera de ellas es albaricoque.

Julio no quería estudiar periodismo, pero todos nos alegramos de que lo hiciera porque es una suerte haberle conocido. Tiene un pacto con el diablo que le permite lucir moreno todo el año.

Marga es la más competitiva, aunque está claro que en un grupo de amigos no se trata de ganar sino de compartir. Con ella hemos compartidos muchas risas.

Inma se ha superado a sí misma y lo seguirá haciendo toda la vida. Ella es la voz despierta. Para nosotros su nombre está ligado al de Dulce Chacón, lo que demuestra que el grupo también ha funcionado como biblioteca. Rosa Aguilar la ha traicionado, pero yo seguiré fiel a sus ideales revolucionarios. A los de Inma, claro.

De José no voy a hablar, porque ya lo he hecho. Al hablar de mis amigos me he definido a mí mismo. En esta foto estamos siete, los más cercanos, pero en mi lista también están Emilio Antolín, Isabel Barrera, Yéssica Brea, Laura Carmona, Amparo Castilla, Carmen Castillo, Josele Castro, Paco Chacón, Elena Correa, Sara Domínguez, Elena Fernández, Lourdes García, Priscila Gago, Salva Gómez, Pepelu Jiménez, Lola Jurado, María Lobo, José Mari López, Juan López, Nada Kahfi, Chiki Mancera, Gloria Martínez, Manuel Minero, Laura Montes, Gema Moreno, Inés Muñoz, Violeta Muñoz, Pepe Oropesa, Fran Orta, María Pachón, Miguel Pérez, Marala Persán, Flora Picón, Manu “Topatilla” y Juanma Walls.

Buen provecho.

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Emprender la literatura

Uno no sabe cómo de interesante puede acabar resultando la tarde cuando sale de casa con prisa. Mi tarde del miércoles veinte de mayo fue muy gratificante. A las siete acudí a la Feria del Libro de Sevilla para asistir a la presentación de El sari rojo la última novela del escritor madrileño Javier Moro.

No conozco la obra de Moro, aunque en mi casa en algún estante, La pasión india aguarda con calma a que me decida a agarrarla bien fuerte por el lomo y me aventure a ojear sus páginas. El libro pertenece a mi madre, no sé si antes fue de mi abuela, pero tiene pinta de que en futuro lo heredaré entre otras cosas que me llevaré junto a mi independencia.

Javier Moro logró venderme su historia. No pasé por caja para comprar el libro, pero ya lo tengo anotado en la lista de la compra. Y aunque sé que no era la intención de Javier Moro, su presentación me llevó a otro libro: La nieta de la maharaní de Maha Akhtar.

Ahí no terminó mi jornada literaria. A las ocho se entregaban en el Paraninfo de la Hispalense los premios Universidad de Sevilla de novela, poesía y teatro. En su decimoquinta edición, los ganadores han sido: en la modalidad de poesía Isaac Páez con Diario de un poeta recién parado; en la modalidad de novela Lorena Chanes con Historia de la NO escritura; y en la modalidad de teatro premio para 237 de José Ordóñez y accésit para El sinsentido de la vida de Martín López.

Sin embargo, los protagonistas de la tarde fueron los ganadores de la pasada edición, porque se presentaban sus obras editadas por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Yo voy a hablar de dos de ellos: Raúl Camarero y Diego Vaya.

Raúl Camarero consiguió engañar a toda España diciendo que había creado una editorial en papel higiénico. Tanto fue así, que Buenafuente le entrevistó en su programa de La Sexta. Al final se dijo así mismo que aquello podía ser un buen negocio y desde entonces existe Literatura en papel higiénico. La obra con la que empezó todo se llama Emprendedores. Raúl Camarero demostró en el Paraninfo sevillano ser un emprendedor con la cara muy dura y con un gran sentido del humor. Tengo la suerte de haber sumado a mi biblioteca su libro “más enrollado”. Le he prometido leerlo y hacerle una crítica, lo mismo que a Diego Vaya, un poeta que cuenta con el premio Ateneo de Sevilla en su curriculum literario.

“Adónde te volviste / para tener / este incendio de sal en la mirada”. Son sólo tres versos de Única herencia, la obra con la que Diego Vaya convenció el año pasado al jurado universitario. Su poesía parece interesante, pero él también lo es y eso significa jugar con una doble ventaja.

Javier Moro, Maha Akhtar, Raúl Camarero, Diego Vaya… la literatura es una fuente inagotable de nombres tras los que se esconden historias que merece la pena descubrir. Yo voy a seguir investigando, tengo una cita pendiente con estos autores.

Buen provecho.