Deporte rey en Buenos Aires

Quizás alguien os diga alguna vez que el deporte rey de Buenos Aires es el fútbol. Os hablarán también de la afición de este pueblo por el rugby, el polo, el tenis o el baloncesto. Nada que ver. El deporte nacional en esta ciudad es colarse en el Subte.

Yo también lo practico. La primera vez lo hice sin querer, sin darme cuenta. No estaba seguro de en qué sentido tenía que viajar dentro de la línea B para llegar a la estación Federico Lacroze desde la estación Medrano. Buscaba un mapa del Subte a mi alrededor, pero no lo encontraba. De pronto vi uno al otro lado de una puerta que me llegaba por la cintura. La puerta estaba abierta. Vi el mapa, iba en dirección correcta. Me di media vuelta y vi que estaba dentro del Subte. Había entrado sin pagar. Era sábado, no había vigilantes ni vendedores en la estación. Vi que otra gente empezó a colarse igual que había hecho yo. Me dije a mí mismo que estaba sentando un mal precedente. Más tarde me enteré de que no.

Los bonaerenses se cuelan en el Subte cada vez que pueden. En ocasiones, hasta los vigilantes te dejan pasar si no te queda plata en la SUBE (la tarjeta recargable con la que se paga el transporte público en la ciudad). Incluso otros pasajeros te avisan de que la puerta está abierta para que te metas sin pagar. Hay personas que anda algunas cuadras hasta estaciones donde es más fácil colarse que en las que tienen al lado de sus casas.

Buenos Aires (794)

Colarse en el Subte es el deporte rey en Buenos Aires, pero también hay otros deportes muy extendidos como son los cortes de luz, de agua o del propio Subte cuando llueve, los cortes del Subte por “manifestantes que impiden el normal desarrollo del servicio”, protestar o defender al Gobierno, dejar la basura al lado de un árbol en plena calle o dudar de la honorabilidad de la Policía.

Deportes hay muchos en Buenos Aires. Deportes sucios como los nombrados en el párrafo anterior y limpios como compartir el mate, hablar con verdadero conocimiento de literatura,  comprar y vender libros usados, tomar facturas para desayunar o compartir taxi o remis con un desconocido para ahorrar plata. Lo importante es practicar alguno y llevar una vida sana.

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Un cuaderno siempre a mano

Entre otras cosas, vine a Argentina para escribir una novela. Por eso procuro llevar siempre un cuaderno a mano, porque la inspiración puede aparecer en cualquier lugar y en cualquier momento. La mañana de ayer la pasé en un lugar propicio para la escritura: el Parque Centenario, un bonito espacio verde al que va la gente a hacer deporte, tomar el sol, leer o darle de comer a palomas y patos.

Sin embargo, no fue allí donde encontré la inspiración, sino en un lugar totalmente distinto y gracias a que no llegué a tiempo a una cita que había acordado. Precisamente porque estuve largo rato en el Parque Centenario y luego paré también a leer un rato en la Plaza Almagro, regresé a mi casa un poco más tarde de lo que debía para almorzar. Había quedado a las 16:30 en el otro extremo de la ciudad para asistir a una clase de escritura creativa. Cuando llegué al Subte para tomar la línea D hacia Hernández era demasiado tarde como para confiar en que llegaría a tiempo a mi destino. Cansado de la caminata, decidí tomar el Subte pero simplemente para desandar lo andado. Salí de nuevo a la superficie en Medrano y tomé a esa altura la avenida Corrientes. Después de pasear unos cinco minutos vi un bar y decidí entrar a tomar algo. Estaban poniendo fútbol. Jugaban Unión de Santa Fe y Estudiantes de La Plata. En el descanso cambiaron de canal y pusieron la liga española. Así fue como, viendo el segundo tiempo del Real Madrid – Zaragoza escribí el primer relato. Más tarde, celebrando que Boca Juniors le ganó por 3 a 1 a San Lorenzo de Almagro (el equipo de mi barrio), escribí el segundo. Entre tanto hubo un café con leche acompañado de una factura con mermelada, dos Coca Colas y una botella de 650 de Heineken.

La combinación de fútbol, soledad en una ciudad inmensa, bebidas calientes y frías, con gas y sin gas, con alcohol y sin alcohol, y, sobre todo, las ganas de escribir, hizo que fuera capaz de poner en pie dos microrelatos. El primero de ellos se titula El Intercambio y el segundo La mina del sueño. Lo mejor de todo es que El Intercambio llevaba en mi cuaderno azul más de un año esperando a que lo escribiese. Hasta la tarde de ayer sólo tenía un título y una intención de escribir, pero desde ayer tengo un relato. Por eso es por lo que siempre hay que tener un cuaderno a mano, porque la inspiración llega pero tiene que pillarte trabajando.

¡Ah! Y por si fuera poco, antes de pagar la cuenta arranqué una hojita de papel del cuaderno y anoté los nombres de los personajes de mi próxima novela, ésa para la cual necesitaba venir a Buenos Aires.

La calle más larga

Dicen los argentinos que la avenida 9 de Julio es la calle más larga del mundo (también es bien ancha). Recuerdo que cuando vine por primera vez a Buenos Aires en agosto del 2011, me agobié muchísimo al salir del hotel en el que me hospedaba en la avenida de Mayo.

El centro de Buenos Aires es una selva. Si te quedas parado en un semáforo y no viene ningún coche, aunque esté en rojo, te empujan para que cruces la calle. Estoy viviendo en una de las diez ciudades más pobladas del mundo y eso se nota. La 9 de Julio es probablemente la mayor representación del gigantismo bonaerense. Aquí hay pantallas de televisión que anuncian la programación del Luna Park,

  grandes carteles publicitarios con el rostro de Leo Messi y el famoso relieve de Evita Perón que utiliza la presidenta Cristina Fernández como telón de fondo en sus ruedas de prensa.

La 9 de Julio existe incluso bajo tierra, no sólo por el Subte, que de alguna manera nace y muere aquí, sino porque bajo el Obelisco hay una serie de galerías comerciales donde uno puede encontrar cualquier cosa que pueda llegar a necesitar en la vida.

En el entorno de la 9 de Julio se encuentran lugares emblemáticos de Buenos Aires como la plaza de Mayo donde se reúnen las madres y abuelas de desaparecidos durante la dictadura, la Casa Rosada, el Café Tortoni (en avenida de Mayo) y el Teatro Colón (en la misma 9 de Julio), que dicen es la mejor ópera del mundo.

Otra de las grandes avenidas porteñas es la calle Corrientes, donde hay decenas de librerías que venden y compran libros de segunda mano, varios teatros y cines con toda clase de programación y algunos de los mejores lugares para comer o tomar algo. La calle Corrientes, sin ser tan larga como la 9 de Julio, es tan extensa que llega hasta mi calle (Salguero) y sigue más allá, un camino que en el Subte son unas siete u ocho paradas según la línea.

En definitiva, todo en Buenos Aires es megalítico e infinito. Pero esto es también un mito, como la argentinidad. Y eso me recuerda que mi grupo favorito es argentino. Os presento, si no lo conocéis, a la Bersuit Vergarabat.