La noche y los libros

El 15 de diciembre Buenos Aires se dividía a grandes rasgos entre la Noche de las Librerías y el concierto de Serrat y Sabina. El primer evento tenía lugar a lo largo de la calle Corrientes en torno al centro de la ciudad y el segundo, en el estadio de Boca Juniors. Del primero tuve consciencia directa. Del segundo me llegó un recordatorio luminoso cuando terminaba para mí la noche.

A las 7 de la tarde llegué a la librería Sudeste (Corrientes al 1773, casi esquina con Callao) para asistir a la charla “Desmitificación del acto de escribir” de Gustavo di Pace, quien, además, firmó ejemplares de su libro de relatos Mi Yo Multiplicado. Con un título tan egocéntrico parece mentira que di Pace dijera “escribir es un trabajo contra el ego de uno mismo”. Pero, ¿qué otra cosa iba a decir alguien que enseña a quienes quieren aprender a escribir? A la gran obra se llega por medio del ensayo y error y en medio de ese aprendizaje es recomendable pasar los textos por el ojo revisor de un amigo, un familiar o un crítico. Capaz que no siempre nos gustarán las opiniones que otros tengan de lo que nosotros habíamos escrito. ¿Y qué? ¿Debe eso desanimarnos para continuar creando? Ni mucho menos. Aunque, como dijo Tito Cosa, “la gran escena escrita con la ginebra de la noche es una mierda con el mate de la mañana”. No importa. Los resultados llegarán después de muchas probaturas.

Como yo me dedico a escribir, a ustedes les invito ahora a leer unos versos míos que han nacido en Buenos Aires este diciembre de 2012. Ya están avisados de que me pueden criticar si quieren pero no por eso harán que pierda el ánimo de seguir ficcionando.

EXTRAÑAR TUS DEDOS (FRAGMENTO)

He quedado con vos

para soñar tus labios

para contar tus años

y rejuvenecer contigo.

[…]

Voy a quedar sin vos

para esperarte

para extrañar tus dedos

para cantar la ausencia

de tu frente.

Buenos Aires (935)Salí de Sudeste con una idea que sugiere un cuento y que, ahora que lo pienso, puse en práctica sólo media hora más tarde. ¿Casualidad? También salí de Sudeste con una bolsa llena de libros. Todos ellos de autores argentinos: Tres Jueces para un Largo Silencio de Andrés Lizarraga; El Señor Galíndez de Eduardo Pavlovsky; El Oro de los Tigres de Jorge Luis Borges; Libros Sin Tapas de Felisberto Hernández; Todos los Fuegos, el Fuego de Julio Cortázar; Boquitas Pintadas de Manuel Puig; y Los Siete Locos de Roberto Arlt. Esta larga colección de literatura argentina añade un problema más al sobrepeso de mi equipaje para el retorno a Sevilla. Ya veremos cómo me apaño.

La noche siguió en La Boca (que no en La Bombonera), terminó en Barracas en casa de unos amigos y mientras esperaba el colectivo en parque Lezama, unos fuegos artificiales me recordaron que habían pasado por Buenos Aires Serrat y Sabina.

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El cine, bien

En el tiempo que llevo en Buenos Aires estoy cumpliendo con mi habitual cita con el cine. Hoy he disfrutado de la segunda sesión. La primera fue la semana pasada en el Abasto Shopping y la segunda ha sido en el cine Lorca de la avenida Corrientes. De momento llevo una película argentina y una franco-libanesa. Ambas con buen resultado. Ambas con un toque de comedia, la argenta más que la segunda.

Ni un hombre más es la absurda historia de un plan perfecto que sale mal. La protagoniza Valeria Bertuccelli, a quien en España pudimos ver en Un novio para mi mujer haciendo el papel de ‘la Tana’. Esta nueva comedia argentina me gustó por muchas cosas: las localizaciones en Puerto Iguazú, el creciente enredo que empieza con un secuestro-homicidio involuntario, el toque guaraní de la cinta y el tema del reparto del botín, que, como dirían acá, es todo un tema.

Por otro lado, Y, ahora ¿dónde vamos? (Et maintenant, on va où?), fue una grata sorpresa. Entré a la sala sin saber de qué iba y pensando que vería una película en lengua francesa. Sin embargo, toda la acción transcurre en un pequeño pueblo de Líbano y los diálogos, salvo pequeñas irrupciones del inglés, son en idioma árabe. La película ya rompe la estética habitual del cine en el inicio, cuando vemos a un grupo de mujeres enlutadas bailando camino del cementerio en el que descansan a un lado los cristianos y al otro los musulmanes. Hermosa historia la de Y, ahora ¿dónde vamos?, que en ciertas ocasiones recuerda a la francesa 8 mujeres y que concluye con el mismo recurso estilístico que utilizara en su día la española Y, tú ¿quién eres?. Si no fuese una película excelente, que lo es, bastaría con la escena del hachís para recomendarla.

El cine, bien. En cambio, la lectura me dejó decepcionado hace unos días. Terminar El libro de las ilusiones de Paul Auster se convirtió en un reto y en una agonía al mismo tiempo. El escritor neoyorquino me defraudó por segunda vez, como ya hiciera con Sunset Park, aunque todavía no le pongo en la lista negra. No lo hago porque me parece que Auster tiene grandes historias que contar y que cuando se limita a narrarlas, lo hace muy bien. Pero si no disfruto con sus libros es porque se pierde en detalles que para mí son superfluos y que me aburren. Ahora estoy con Murakami, leyendo Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, un libro de 900 páginas. Difícil me parece que no le sobre ninguna. Y mientras tanto, exploro Los perros románticos de Roberto Bolaño.

Por Auster, en una librería de Corrientes, me dieron 10 pesos.

Un taller para la palabra

Poco a poco las piezas de este macropuzzle que es Buenos Aires van encajando y yo me voy haciendo un sitio en él. Me avisaron mis amigos que ya pasaron por la experiencia de vivir fuera de España de que me preparase para tener momentos malos. Hoy fue uno de esos, pero sólo hasta la hora de comer. Esta mañana comencé la búsqueda de empleo y también de cursos de formación. Eso es algo que siempre me ha agobiado. Tener que tomar decisiones sobre el futuro profesional o académico nunca me gustó. Por suerte, siempre hay alguien de confianza al otro lado y luego de un par de charlas con amigos y de un buen plato de pasta con tomate, recuperé un poco el optimismo.

El verdadero encuentro con la felicidad se produjo más tarde en la cafetería de la foto que acompaña a este texto. O, más bien, fue allí donde empezó a fraguarse mi dicha. Asistí en la cafetería Manhattan (Cabildo con La Pampa, en Belgrano) a un taller de escritura creativa. Hacía años, desde que curse la asignatura del mismo nombre en la Facultad de Comunicación de Sevilla, que tenía ganas de volver a recibir esta clase de conocimientos aplicables a la creación literaria.

Fue una reunión en petit comité en la que, según se mire, éramos españoles la mitad más uno o eran argentinos la mitad más uno de los asistentes. Los hijos que nacen en lugar diferente al que vio nacer a los padres siempre dieron mucho juego. Decía que fue una reunión minoritaria, casi privada, pero no del todo porque un hombre se levantó de la mesa de al lado y le dijo al profesor que había sido un placer escuchar parte de la clase. Fuimos tres escritores con ganas de escuchar y de ser escuchados que estuvieron departiendo sobre poesía y estructuras de la poesía aplicables al relato o la novela durante unas dos horas.

De Manhattan salí con las neuronas dando vueltas y “el alma pegada al paladar” (Juan Gelmán), de tal forma que me pasé la primera parte del viaje de regreso en Subte escribiendo en mi cuadernito azul. Empecé un relato al que titulé Luces y Flores en la Carretera, pero, aunque voy a cerrar esta entrada con una doble recomendación literaria, no serán mías las palabras que deje a continuación, sino de otros mucho mejores que yo.

Gracias a la clase de hoy empecé a conocer a Juan Gelmán, del que nunca había leído nada. Me anoté la última estrofa del IV canto de Carta Abierta:

sufridera del mundo aternurándolo/

pisada claridad/ agua deshecha

que así hablás/ crepitás/ ardés/ querés/

me das tus nuncas como mesmo niño

Y más allá de lo que aprendí hoy en un taller de escritura en Buenos Aires, tengo que dejar aquí unos versos de Los Perros Románticos de Roberto Bolaño que hace poco me regaló Begoña Quinteiro y yo ahora se los regalo a todos los que aquí se detengan:

En aquel tiempo yo tenía veinte años

y estaba loco.

Había perdido un país

pero había ganado un sueño.

Y si tenía ese sueño

lo demás no importaba.

Ni trabajar ni rezar

ni estudiar en la madrugada

junto a los perros románticos.

Contar hasta 88 o hasta infinito

“Murió Mario Benedetti.” Sólo he podido leer hasta aquí, el resto de lo que Juan Cruz ha escrito para el diario El País acaba de vomitarlo mi impresora. Ahora mismo no soy capaz de digerir nada más. Murió el único poeta que me quedaba vivo. Los otros fallecieron mucho antes de que yo naciera. Uno era Lorca, el otro Neruda. Me quedé huérfano esta noche.

En este momento no tiene sentido explicar quién era ese viejo uruguayo pegado a un bigote, adherido a una máquina de escribir (los ordenadores, al fin y al cabo, también son máquinas escribientes, como la de un escritor o un oficinista). Voy a darme tiempo y, sobre todo, voy a darle tiempo a Benedetti (a sus versos) para encontrar la forma adecuada de rendirle homenaje, aunque me demore mucho tiempo.

Mientras tanto, no me salvaré, no me quedaré inmóvil al borde del camino. Lanzaré mi botella al mar para que alguien la recoja y extraiga de ella mi mensaje. Cantaré que el Che está vivo y rezaré un padrenuestro a Latinoamérica. Mientras tanto, Benedetti, usted sabe, que puede contar conmigo.

Descanse en paz. Buen provecho.