Futuro

El futuro, ese tiempo que nunca llega pero que siempre está a la vuelta de la esquina, se me presenta como un gran interrogante. En realidad, el futuro siempre es una incógnita, pero en la España del 2013 y a punto de cumplir 29 años la incertidumbre adquiere el tamaño de un gigante.

Parece ser que ganarse la vida como periodista va a ser misión imposible. No por eso voy a arrojar la toalla antes de tiempo. Lo que quiero decir es que habrá que ampliar la búsqueda de trabajo a otros campos. Sin avergonzarse ni mucho menos de optar a ser cajero de supermercado o camarero en bodas, bautizos y comuniones.

Una cosa es ganar dinero para seguir viviendo y otra cosa es hacer algo para mantener la ilusión de mi vida. Yo estudié periodismo por vocación, porque quería garantizar la libre formación de la opinión pública. Y me siento periodista. Aunque no tenga un medio de comunicación en el que expresarme, tengo este blog, tengo las redes sociales y tengo, por supuesto, los bares. En uno de ellos me reuní ayer con tres amigos ex compañeros de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Los cuatro coincidimos en que no queremos dejar de ser periodistas. Los cuatro estamos en paro. Los cuatro tenemos ideas y ganas. De momento sólo puedo decir que estamos preparando un programa de radio en el que reivindicaremos la presencia de nuestra generación (años 80-90) en la vida activa de este país.

Por otro lado, tengo pendiente la publicación de mi segunda novela. Sigo buscando editorial y no voy a rendirme por muchas respuestas negativas que puedan ir llegando a mi correo electrónico. Asimismo tengo una extensa colección de relatos breves en los que quiero trabajar sin prisa pero sin pausa. Y he vuelto a la poesía. Buenos Aires me dio eso, el alma de poeta que tenía perdida. Así que soy más escritor que nunca.

Del mismo modo me gustaría ampliar mi experiencia con el mundo de la cultura. A partir de la semana que viene formaré parte del equipo que va a realizar la película Tarántula Blues del novel director Joaquín Díaz. Nunca he hecho cine y es un reto que me apasiona. Joaquín tendrá que explicarme muchas cosas pero no me van a faltar las ganas de aprender. Además, otro de los objetivos que tengo para 2013 es escribir mi primer guión para una serie de televisión. Quizás no me salga nada interesante, quizás sea algo que se quede guardado en un cajón, pero quiero probar. Sé que no voy a escribir House, Anatomía de Grey o Mad Men, esas series que tanto me gustan. Pero también sé que quiero escribir una ficción seriada. Y siempre quise conocer el mundo del cine por dentro.

Por último, mantengo mi vinculación con la política. Mis compañeros del equipo de comunicación de Equo me han hablado de una etapa de esfuerzo que recién empieza. Espero poder aportar mi granito de arena para que este proyecto que me devolvió la confianza en la política pueda seguir creciendo.

Así que, ya veis, el futuro seguirá sin llegar nunca, pero los frutos no dejarán de madurar mientras nos esforcemos en cuidar el árbol.

Un taller para la palabra

Poco a poco las piezas de este macropuzzle que es Buenos Aires van encajando y yo me voy haciendo un sitio en él. Me avisaron mis amigos que ya pasaron por la experiencia de vivir fuera de España de que me preparase para tener momentos malos. Hoy fue uno de esos, pero sólo hasta la hora de comer. Esta mañana comencé la búsqueda de empleo y también de cursos de formación. Eso es algo que siempre me ha agobiado. Tener que tomar decisiones sobre el futuro profesional o académico nunca me gustó. Por suerte, siempre hay alguien de confianza al otro lado y luego de un par de charlas con amigos y de un buen plato de pasta con tomate, recuperé un poco el optimismo.

El verdadero encuentro con la felicidad se produjo más tarde en la cafetería de la foto que acompaña a este texto. O, más bien, fue allí donde empezó a fraguarse mi dicha. Asistí en la cafetería Manhattan (Cabildo con La Pampa, en Belgrano) a un taller de escritura creativa. Hacía años, desde que curse la asignatura del mismo nombre en la Facultad de Comunicación de Sevilla, que tenía ganas de volver a recibir esta clase de conocimientos aplicables a la creación literaria.

Fue una reunión en petit comité en la que, según se mire, éramos españoles la mitad más uno o eran argentinos la mitad más uno de los asistentes. Los hijos que nacen en lugar diferente al que vio nacer a los padres siempre dieron mucho juego. Decía que fue una reunión minoritaria, casi privada, pero no del todo porque un hombre se levantó de la mesa de al lado y le dijo al profesor que había sido un placer escuchar parte de la clase. Fuimos tres escritores con ganas de escuchar y de ser escuchados que estuvieron departiendo sobre poesía y estructuras de la poesía aplicables al relato o la novela durante unas dos horas.

De Manhattan salí con las neuronas dando vueltas y “el alma pegada al paladar” (Juan Gelmán), de tal forma que me pasé la primera parte del viaje de regreso en Subte escribiendo en mi cuadernito azul. Empecé un relato al que titulé Luces y Flores en la Carretera, pero, aunque voy a cerrar esta entrada con una doble recomendación literaria, no serán mías las palabras que deje a continuación, sino de otros mucho mejores que yo.

Gracias a la clase de hoy empecé a conocer a Juan Gelmán, del que nunca había leído nada. Me anoté la última estrofa del IV canto de Carta Abierta:

sufridera del mundo aternurándolo/

pisada claridad/ agua deshecha

que así hablás/ crepitás/ ardés/ querés/

me das tus nuncas como mesmo niño

Y más allá de lo que aprendí hoy en un taller de escritura en Buenos Aires, tengo que dejar aquí unos versos de Los Perros Románticos de Roberto Bolaño que hace poco me regaló Begoña Quinteiro y yo ahora se los regalo a todos los que aquí se detengan:

En aquel tiempo yo tenía veinte años

y estaba loco.

Había perdido un país

pero había ganado un sueño.

Y si tenía ese sueño

lo demás no importaba.

Ni trabajar ni rezar

ni estudiar en la madrugada

junto a los perros románticos.

Graduados

GraduadosHan pasado cinco años desde que pisamos por primera vez la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Un lustro da para mucho, pero la carrera universitaria tiene que terminar en algún momento y los que aparecemos en esta foto ya enfilamos la última recta.

Ahí estamos los siete de siempre, los que a pesar de todo hemos seguido juntos. La vida nos lo va a poner cada vez más difícil para mantenernos unidos, pero si no lo conseguimos no será porque dejemos de intentarlo. Estoy seguro de que los siete tenemos el firme propósito de seguirles la pista a los otros. Ahora tenemos que sustituir las cabinas de edición digital, las aulas de la tercera planta, los despachos de la cuarta y el parque de atrás por otros lugares de mayor interés cultural y turístico. Desde luego es una ventaja que nuestros próximos encuentros vayan a realizarse bajo los efectos de la cerveza sin los agobios de los plazos de entrega de prácticas o las fechas de exámenes.

Somos siete en esa foto y cada uno tiene su historia. De izquierda a derecha: Verónica Martín, Anicha Olivares, Begoña Quinteiro, Julio Martínez, Margarita Pérez-Calderón, Inma Luna y José Ibáñez, un servidor. No voy a extenderme demasiado. Trataré de ser breve resumiendo cinco años en una frase que explique mi vinculación con cada uno.

Vero es como un rayo de luz, brillante y cálida. La primera palabra con la que la relaciono es la ternura. Siempre con un cigarrillo a mano y preparada para irse a Madrid, pero ella sabe que en Sevilla también nos hace falta.

Anicha es la más añorada, siempre pidiendo que le pongamos al día de todo lo que ocurre en el grupo. Desde el principio fue la más loca. Si algo produce su presencia es una sonrisa. Geográficamente es la que tengo más cerca, pero, como todos, está a sólo una llamada de teléfono de distancia.

Begoña es la madre del grupo. Ella lo tiene asumido. También es una idealista. Pero sobre todo es literatura. No es una persona, es un libro. Sus genes están hechos de papel y llevan impresos millones de palabras, pero la primera de ellas es albaricoque.

Julio no quería estudiar periodismo, pero todos nos alegramos de que lo hiciera porque es una suerte haberle conocido. Tiene un pacto con el diablo que le permite lucir moreno todo el año.

Marga es la más competitiva, aunque está claro que en un grupo de amigos no se trata de ganar sino de compartir. Con ella hemos compartidos muchas risas.

Inma se ha superado a sí misma y lo seguirá haciendo toda la vida. Ella es la voz despierta. Para nosotros su nombre está ligado al de Dulce Chacón, lo que demuestra que el grupo también ha funcionado como biblioteca. Rosa Aguilar la ha traicionado, pero yo seguiré fiel a sus ideales revolucionarios. A los de Inma, claro.

De José no voy a hablar, porque ya lo he hecho. Al hablar de mis amigos me he definido a mí mismo. En esta foto estamos siete, los más cercanos, pero en mi lista también están Emilio Antolín, Isabel Barrera, Yéssica Brea, Laura Carmona, Amparo Castilla, Carmen Castillo, Josele Castro, Paco Chacón, Elena Correa, Sara Domínguez, Elena Fernández, Lourdes García, Priscila Gago, Salva Gómez, Pepelu Jiménez, Lola Jurado, María Lobo, José Mari López, Juan López, Nada Kahfi, Chiki Mancera, Gloria Martínez, Manuel Minero, Laura Montes, Gema Moreno, Inés Muñoz, Violeta Muñoz, Pepe Oropesa, Fran Orta, María Pachón, Miguel Pérez, Marala Persán, Flora Picón, Manu “Topatilla” y Juanma Walls.

Buen provecho.