La chica del tren (cuento renovado, día 9)

El viaje había sido tranquilo. El miedo de los tiempos más cercanos a la guerra había ido dejando paso lentamente a la confianza. El tren había cruzado sin sobresaltos, aunque con paradas burocráticas y molestas, las fronteras de Croacia y de Serbia hasta llegar a Belgrado nueve horas después de su salida desde Sarajevo.

Goran viajaba en el vagón número tres con otra chica a la que no conocía y que se había sentado cerca de él. De vez en cuando intercambiaban, con vergüenza, alguna mirada. Goran pensaba, sin dejar de echarle el ojo a la chica, en la visita que motivaba aquel viaje. La guerra y algunas enfermedades habían reducido su familia a un único miembro; la tía abuela, a la cual iba a visitar cada domingo a su casa de Belgrado. Era un viaje al pasado, un trayecto silencioso en el que los pasajeros apenas cruzaban unas cuantas palabras de cortesía. En el vagón número tres nadie había pronunciado una sílaba salvo el revisor al llegar a la primera parada.

Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su vieja tía abuela entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto. Así lo hacía desde que siendo niño su padre lo llevó por primera vez a Belgrado cuando nadie le había dicho qué colores tenía la bandera de Bosnia-Herzegovina.

El viaje fue interrumpido de forma brusca. Goran sólo podía recordar un fuerte golpe en la nuca. Después de eso se vio en el hospital sin saber cómo había llegado hasta allí. Dos policías entraron en su habitación. Uno de ellos le hacía preguntas, el otro tomaba notas en un bloc. Había muchos heridos, algún muerto, quizás más de uno. Él había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Eso le dijeron, puesto que Goran era incapaz de recordar nada por sí solo. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo el que preguntaba.

¿Qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. De ella sí tenía un recuerdo bastante nítido. La había visto leer unos versículos del Corán cuando el tren recién salía de Sarajevo. Tenía decidido que la abordaría al llegar a Belgrado. Evidentemente, no pudo hacer lo que había planeado. Preguntó por ella a los policías. Usted viajaba solo, señor le respondió el que tomaba las notas. No lo podía creer. No podía habérsela imaginado. Ella iba en el mismo vagón que él, era real.

Sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Sobresaltado, notó que volvía a estar en el tren. No tenía heridas ni puntos de sutura. Se pasó la mano por la cara; no había sangre. Miró a su alrededor, el tren aparecía intacto ante sus ojos. Alguien le tocaba sutilmente el brazo. Sus ojos fueron subiendo por el brazo y llegaron hasta una cara, la chica llevaba el Corán en la mano izquierda, era hermosa y parecía feliz. Le tendió la otra mano para ayudarle a incorporarse y le dijo Estamos en Belgrado¿Quiere tomar un café? preguntó él. Abandonaban la estación intercambiando miradas nerviosas cuando explotaba una bomba en el servicio de señoras. Uno de los dos susurró Misión cumplida.

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La chica del tren (cuento renovado, día 8)

El viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. El tren había cruzado sin sobresaltos, aunque con paradas burocráticas y molestas, las fronteras de Croacia y de Serbia hasta llegar a Belgrado nueve horas después de su salida desde Sarajevo.

La guerra redujo la familia de Goran exclusivamente a su tía abuela, a la cual iba a visitar cada domingo a su casa de Belgrado. Era un viaje al pasado, un trayecto silencioso en el que los pasajeros apenas cruzaban unas cuantas palabras de cortesía. Herencia de la guerra, algunas miradas estaban marcadas por el recelo.

Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto. Así lo hacía desde que siendo niño su padre lo llevó por primera vez a Belgrado cuando la bandera de Yugoslavia ondeaba con orgullo en los corazones eslavos.

El viaje fue interrumpido de forma brusca. Una laguna mental se apoderó de Goran, que de repente, se vio en el hospital sin saber cómo había llegado hasta allí.

Dos policías entraron en su habitación. Uno de ellos le hacía preguntas, el otro tomaba notas en un bloc. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital. ¿Qué sentido tiene esto? preguntó en voz alta. Nadie le dio una respuesta. Él también había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Eso le dijeron, puesto que él era incapaz de recordar nada. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo el que preguntaba.

¿Qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. De ella sí tenía un recuerdo bastante nítido. La había visto leer unos versículos del Corán cuando el tren recién salía de Sarajevo. Tenía decidido que la abordaría al llegar a Belgrado. Evidentemente, no pudo hacer lo que había planeado. Preguntó por ella a los policías. Usted viajaba solo, señor le respondió el que tomaba las notas. No lo podía creer. No podía habérsela imaginado. Ella iba en el mismo vagón que él, era real.

Sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Sobresaltado, notó que no estaba en el hospital. Alguien le tocaba sutilmente el brazo. No se había dado cuenta de que se había quedado dormido. Se frotó los ojos y la vio. Llevaba el Corán en la mano izquierda, le tendió la derecha para ayudarle a incorporarse y le dijo Estamos en Belgrado¿Quiere tomar un café? preguntó él. Abandonaban la estación intercambiando miradas nerviosas cuando explotaba una bomba en el servicio de señoras. Uno de los dos susurró Misión cumplida.

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La chica del tren (cuento renovado, día 7)

El viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. El tren había cruzado sin sobresaltos las fronteras de Croacia y de Serbia hasta llegar a Belgrado nueve horas después de su salida desde Sarajevo.

A Goran la guerra le había robado todas las personas a las que quería salvo a su tía abuela, a la que visitaba cada domingo. Aquel era un viaje hacia el pasado, un trayecto silencioso en el que los pasajeros apenas cruzaban unas cuantas palabras de cortesía. Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto. Así lo hacía desde que siendo niño su padre lo llevó por primera vez a Belgrado.

De repente, se vio en el hospital. Dos policías entraron en su habitación. Uno de ellos le hacía preguntas, el otro tomaba notas en un bloc. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital. ¿Qué sentido tiene esto? preguntó en voz alta. Nadie le dio una respuesta. Él también había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo el que preguntaba.

¿Qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Preguntó a los policías por la gente que iba en el mismo vagón que él. Usted viajaba solo, señor le respondió el que tomaba las notas. No lo podía creer. Todavía recordaba cómo ella se tapó los oídos al escuchar el estruendo. Luego, mientras volaba en dirección contraria, vio cómo salía despedida hasta perderla de vista en cuestión de segundos. No podía habérselo imaginado. Ella iba en el mismo vagón que él.
Sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Sobresaltado, notó que no estaba acostado en una cama de hospital, sino sentado en un asiento de tren.

No se dio cuenta de que se había quedado dormido hasta que la chica fue a despertarle. Estamos en Belgrado dijo ella. ¿Quiere tomar un café? preguntó él. Abandonaban la estación cuando explotaba una bomba en el servicio de señoras.

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La chica del tren (cuento renovado, día 6)

Hasta el momento de la explosión, el viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. Saliendo de Sarajevo, la capital de Bosnia Herzegovina, el tren había cruzado primero la frontera de Croacia y la de Serbia después; cada vez más cerca de Belgrado, destino final que no llegaría a alcanzar esa tarde de domingo.

A Goran la guerra le había robado todas las personas a las que quería salvo a su tía abuela, a la que visitaba cada domingo. Aquel era un viaje hacia el pasado, un trayecto silencioso en el que los pasajeros apenas cruzaban unas cuantas palabras de cortesía. Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

El silencio se rompió cuando los trozos de metal y las ventanas del tren saltaron por los aires hasta aterrizar a cientos de metros de distancia. Hubo mucha sangre y muchos llantos. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital. ¿Qué sentido tiene esto? preguntó en voz alta. Nadie le dio una respuesta. Él también había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo uno de los policías. ¿Sabe? Yo tengo familia en Sarajevo. Son serbios, como yo, pero no se fueron ni cuando la guerra le decía el agente.

Él sólo estaba herido y el médico estaba dispuesto a darle el alta en cuestión de horas, pero ¿qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Pensaba en recitarle unos versículos del Corán, pero nunca se le había dado bien.

Todavía recordaba cómo ella se tapó los oídos al escuchar el estruendo. Luego, mientras volaba en dirección contraria, vio cómo salía despedida hasta perderla de vista en cuestión de segundos.

La Policía le preguntó por ella. Los agentes querían saber si la chica hablaba serbio o bosnio, si quizás se hubiese expresado en árabe. Goran lo único que quería saber es que ella estaba bien y si pensaba en él. No menció nada sobre el velo islámico que llevaba puesto.

Al recibir el alta, no fue a casa de su tía, la cual le estaba esperando. Decidió buscarla. Le sería difícil convencer a las enfermeras de que era familiar sin tener una foto. Aun así, empezó por la planta de cuidados intensivos. Pasó con el cuerpo entrecortado por la unidad de quemados. No quiso plantearse la posibilidad de tener que reconocer el cadáver. Antes de entrar en la morgue rezó para que ella hubiese sido un espejismo. Cualquier cosa antes que saberla muerta.

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La chica del tren (cuento renovado, día 4)

Hasta el momento de la explosión, el viaje había sido tranquilo. Tanto como cualquier otro domingo para Goran.

A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. La guerra había interrumpido durante varios años la conexión ferroviaria entre Sarajevo y Belgrado. Ahora, recuperada la línea, con las fronteras de Serbia y Bosnia Herzegovina bien definidas, pocos eran los que se subían al tren. En cambio, antes del enfrentamiento fratricida miles de personas viajaban a diario de una ciudad a la otra para ir a trabajar.

Goran era la excepción que confirmaba la regla. Este médico de cuarenta y cinco años y linaje serbo-bosnio a partes iguales, solía ir a Belgrado para visitar a su vieja tía abuela, el único familiar que le quedaba vivo. La guerra le quitó a casi todas las personas que quería.

El caso es que, olvidadas o, más bien, obviadas, las heridas de la guerra, Goran se encontraba aquella mañana en el viejo tren, viajando hacia el pasado. Pensaba en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

Pero el tren, aunque llegó a su destino, lo hizo de forma poco ortodoxa.  Cuentan que los trozos de metal volaron por los aires hasta aterrizar a cientos de metros de distancia. Hubo mucha sangre y muchos llantos. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital.

La Policía acudió para tomarle declaración en calidad de testigo. Había muertos y heridos. Los muertos no eran más que los dedos de dos manos, pero uno ya hubiese sido suficiente para avivar el fuego de las fobias que todavía se estaban apagando. No en el corazón de Goran, quien afortunadamente, formaba parte del grupo de los heridos. Pero, ¿qué habría pasado con la chica?

Su mayor preocupación era dar con la chica. La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Evidentemente, esto no fue posible.

La Policía le preguntó por ella. Los agentes querían saber si la chica hablaba serbio o bosnio, si quizás se hubiese expresado en árabe. Goran lo único que quería saber es que ella estaba bien y si pensaba en él. No les dijo nada sobre el velo islámico de ella.

Los médicos le dieron el alta, pero no se fue a casa de su tía, que le estaba esperando. No sabía el nombre de la chica, sólo podía buscarla por su descripción física. Empezó por la planta de cuidados intensivos. Rezó para no tener que buscarla en la unidad de quemados.

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Atentado en el tren (cuento renovado, día 3)

Hasta el momento de la explosión, el viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. La guerra había interrumpido durante varios años la conexión ferroviaria entre Sarajevo y Belgrado. Ahora, recuperada la línea, con las fronteras de Serbia y Bosnia Herzegovina bien definidas, pocos eran los que se subían al tren. En cambio, antes del enfrentamiento fratricida miles de personas viajaban a diario de una ciudad a la otra para ir a trabajar.

Goran, en cambio, solía ir a Belgrado para visitar a su vieja tía abuela, el único familiar que le quedaba vivo. Por eso se encontraba aquella mañana en el viejo tren, viajando hacia el pasado. Pensaba en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

La Policía acudió al hospital para interrogarle en calidad de testigo. A pesar de que el tren iba casi vacío, los daños materiales y humanos fueron enormes. Había muertos y heridos. Goran, afortunadamente, formaba parte de los segundos. Pero, ¿qué habría pasado con la chica?

Cuando salió del hospital, su mayor preocupación era dar con la chica. La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Evidentemente, esto no fue posible.

La Policía quería saber si había visto algo sospechoso, si la chica hablaba su lengua o la del otro lado de la frontera. Goran lo único que quería saber es que ella estaba bien y que pensaba en él.

Apenas pasó por casa de su tía abuela para ducharse y comer algo. Inmediatamente volvió al hospital. No sabía el nombre de la chica, sólo podía buscarla por su descripción física. Empezó por la planta de cuidados intensivos. Rezó para no tener que buscarla en la unidad de quemados.

Choque de trenes (cuento renovado, día 2)

Hasta el momento del choque, el viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. Pocas eran las personas que se atrevían a usar aquella línea de ferrocarril recuperada varios años después del final de la guerra. Antiguamente miles de personas viajaban a diario de una ciudad a la otra para ir a trabajar, pero ahora las dos ciudades pertenecían a países diferentes y pocos eran los que tenían algo que hacer al otro lado de la frontera.

Marko, en cambio, solía visitar a su vieja tía abuela, el único familiar que le quedaba vivo. Por eso se encontraba aquella mañana en el viejo tren, viajando hacia el pasado. Pensaba en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

Cómo ocurrió el accidente es algo que todavía hoy no ha quedado del todo claro. Marko declaró a la Policía que sintió una especie de temblor bajo sus pies antes de salir despedido hacia el pasillo y estrellarse contra el portaequipajes central del vagón número 3. La bomba iba alojada al otro extremo del tren. A partir de ese momento y hasta que la chica le tendió la mano entre los restos del accidente, en su memoria se instaló una laguna de incertidumbre.

La Policía quería saber si había visto algo sospechoso, si la chica hablaba su lengua o la del otro lado de la frontera. Los agentes que lo tuvieron retenido durante horas le dijeron que habían analizado sus antecedentes y le mostraron una foto suya tomada durante la guerra. Le dijeron que si no colaboraba presentarían cargos en su contra. Marko no perdió la calma durante el largo interrogatorio. Le hablaron del terrorismo de Al-Qaeda y de la histórica conflictividad de los Balcanes. Marko se mostró confiado en todo momento. Él ya sabía lo que iba a pasar. Cuando los agentes se cansaron de su falta de interés, lo llevaron al calabozo y lo dejaron allí. Aparentemente se habían olvidado de él, pues nadie visitó su celda hasta el día siguiente. Ni siquiera entonces le ofrecieron algo de comer. Sólo le extendieron un papel. Era una declaración que debía firmar. Estaba escrita en serbio y no tenía traducción al bosnio, aunque él manejaba ambos idiomas. Si firmaba, se declararía culpable de atentado terrorista. Se negó a hacerlo. Inútilmente pidió un abogado. Cuando lo llevaron ante el juez iba pensando en la chica.

Choque de trenes (cuento renovado)

El viaje estaba siendo tranquilo. Pocas eran las personas que se atrevían a usar aquella línea de ferrocarril recuperada varios años después del final de la guerra. Antiguamente eran miles de trabajadores los que viajaban de una ciudad a la otra a diario para ir desde sus casas hasta la oficina, pero ahora las dos ciudades pertenecían a países diferentes y pocos eran los que tenían algo que hacer al otro lado de la frontera.

Marko, en cambio, solía visitar a su vieja tía abuela, el único familiar que le quedaba vivo. Por eso se encontraba aquella mañana en el viejo tren, viajando hacia el pasado.

Cómo ocurrió el accidente es algo que todavía hoy no ha quedado del todo claro. Marko declaró a la Policía que sintió una especie de temblor bajo sus pies antes de salir despedido hacia el pasillo y estrellarse contra el portaequipajes central del vagón. A partir de ese momento y hasta que la chica le tendió la mano entre los restos del accidente, en su memoria se instaló una laguna de incertidumbre.

La Policía quería saber si había visto algo sospechoso, si la chica hablaba su lengua o la del otro lado de la frontera. Los agentes que lo tuvieron retenido durante horas le dijeron que habían analizado sus antecedentes y le mostraron una foto suya tomada durante la guerra. Le dijeron que si no colaboraba presentarían cargos contra él. Marko no perdió la calma durante el largo interrogatorio. Se mostró confiado en todo momento. Él ya sabía lo que iba a pasar. Cuando los agentes se cansaron de su falta de colaboración, lo llevaron al calabozo y allí lo dejaron. Aparentemente se habían olvidado de él, pues nadie visitó su celda hasta el día siguiente. Ni siquiera entonces le ofrecieron algo de comer. Sólo le extendieron un papel. Era una declaración que debía firmar. Si lo hacía, se declararía culpable de atentado terrorista. Se negó a estampar su firma. Inútilmente pidió un abogado. Cuando lo llevaron ante el juez iba pensando en la chica.

El cuento renovado

No me es nada fácil mantener actualizado el blog. Con facilidad me canso del ordenador y abandono durante etapas más o menos prolongadas mis apariciones en esta ventana de internet que es como mi casa en la red de redes. Consciente de ello he decidido ponerme objetivos. El primero que pretendo cumplir es el de escribir un cuento renovado. Todos los días de junio subiré al blog un cuento; el mismo cuento, que iré modificando cada día y el último día del mes publicaré la versión definitiva (o no) con una nota al pie en la que enlazaré al cuento original para que podáis comparar cómo evolucionó en treinta días. Os animo a que hagáis lo mismo si os apetece y así me acompañéis durante el mes de junio en la tarea de renovar a diario un cuento.