El enano

Guillermo Francella asombró al mundo del cine con su interpretación de un jurista alcohólico en la oscarizada El secreto de sus ojos en la que compartió cartel con Ricardo Darín y Soledad Villamil. Brillar en una película en la que te hacen sombra dos monstruos de la talla de Darín y Villamil no es nada fácil, por eso Francella, ampliamente reconocido en Argentina, se ganó el aplauso del público internacional.

Ahora vuelve este experimentado a actor a los cines de España con Corazón de león, la última película de Marcos Carnevale. En ella el registro de Francella es totalmente diferente pues encarna a León Godoy, un afamado arquitecto que es todo lo que espera una mujer como la abogada Ivana Cornejo (Julieta Díaz) salvo por una cosa: mide 136 centímetros de altura. Un ‘pequeño’ detalle que hace que la relación entre Ivana y León se complique desde el principio.

Para colmo, Ivana trabaja en el mismo bufete de abogados que su exmarido, el cual sigue obsesionado con ella. El choque entre León y el exmarido de Ivana no se hará esperar y deparará una de las mejores escenas de humor de la película.

Aunque se la puede clasificar como comedia, Corazón de león tiene también un marcado sentimentalismo sin caer para nada en la lástima. Se trata de una película en la que el protagonista enano se muestra tal y como es y pretende ser aceptado por una sociedad empeñada en señalar al que es diferente. León Godoy supera los 40 centímetros de altura que le faltan con carisma y determinación, con una sonrisa en la que expresa “Este soy yo, si no te valgo, tranquila, sigamos cada uno su camino. Pero si te valgo, recuerda, este soy yo y te va a encantar conocerme”. Es un hombre que ha luchado para conseguir todo lo que tiene pero no es un superhéroe. Carnevale no ha querido vestir a Superman de enano, sino que ha dotado al personaje de Francella de humanidad pura y dura y eso es lo que lo hace real, creíble, a la par que admirado por el espectador.

Corazón de león tiene algunas de las mejores escenas cómicas que se vayan a poder ver este año en la gran pantalla al mismo tiempo que nos recuerda que no vale reírse de todo.

La película también sirve de presentación para Nicolás Francella, el hijo de Guillermo (también su hijo en este film). Habrá que seguir la carrera del joven Nicolás porque apunta maneras.

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A medias

Con la cultura sucede que una obra te puede gustar mucho o nada, pero también ocurre a veces que te queda un regusto amargo en la punta de la lengua.

Es como aquella novia de los últimos años del instituto a la que querías mucho pero con la que no llegaste nunca a hacer el amor. Eso fue lo que me pasó hace unos días cuando vi Infancia Clandestina, que no concretamos lo que parecía una bonita historia.

Me sorprendió muchísimo Natalia Oreiro, seguramente porque soy español y los españoles la recordamos en otra etapa bien distinta (aquélla de “Tu veneno”), me encandiló César Troncoso -un rostro que todavía no sé por qué me resultaba familiar ya que he repasado su filmografía y no vi ninguna de sus películas- y me divirtió y emocionó Ernesto Alterio. Del mismo modo, los dos nenes me parecieron relindos y muy profesionales. Incluso el principio de esta ópera prima del argentino Benjamín Ávila me hizo recordar a la mítica Sim City (los dibujos de Andy Rivas son excelentes).

El tema; los montoneros que decidieron hacer frente a la dictadura militar argentina, narrado a través de los ojos de un chico en plena pubertad también conquistó este corazón tan alineado a la izquierda que es el mío.

Sin embargo, algo falló. Algo que no es imperdonable pero que desluce. Yo lo achaco al montaje. Le falta ritmo y dramatismo a la película. Los toques de humor y la historia de amor están muy bien trabajados. Por ejemplo, es tremendo el momento de los adolescentes en la sala de espejos de una feria. Pero es cuando los acontecimientos empiezan a precipitarse, que la película pierde su fuerza.

En todo caso, Infancia Clandestina es una de esas películas que estaría bien ver en el cine. Si me preguntan si me gustó diría que sí. Sí, pero me podía haber gustado más.

El cine, bien

En el tiempo que llevo en Buenos Aires estoy cumpliendo con mi habitual cita con el cine. Hoy he disfrutado de la segunda sesión. La primera fue la semana pasada en el Abasto Shopping y la segunda ha sido en el cine Lorca de la avenida Corrientes. De momento llevo una película argentina y una franco-libanesa. Ambas con buen resultado. Ambas con un toque de comedia, la argenta más que la segunda.

Ni un hombre más es la absurda historia de un plan perfecto que sale mal. La protagoniza Valeria Bertuccelli, a quien en España pudimos ver en Un novio para mi mujer haciendo el papel de ‘la Tana’. Esta nueva comedia argentina me gustó por muchas cosas: las localizaciones en Puerto Iguazú, el creciente enredo que empieza con un secuestro-homicidio involuntario, el toque guaraní de la cinta y el tema del reparto del botín, que, como dirían acá, es todo un tema.

Por otro lado, Y, ahora ¿dónde vamos? (Et maintenant, on va où?), fue una grata sorpresa. Entré a la sala sin saber de qué iba y pensando que vería una película en lengua francesa. Sin embargo, toda la acción transcurre en un pequeño pueblo de Líbano y los diálogos, salvo pequeñas irrupciones del inglés, son en idioma árabe. La película ya rompe la estética habitual del cine en el inicio, cuando vemos a un grupo de mujeres enlutadas bailando camino del cementerio en el que descansan a un lado los cristianos y al otro los musulmanes. Hermosa historia la de Y, ahora ¿dónde vamos?, que en ciertas ocasiones recuerda a la francesa 8 mujeres y que concluye con el mismo recurso estilístico que utilizara en su día la española Y, tú ¿quién eres?. Si no fuese una película excelente, que lo es, bastaría con la escena del hachís para recomendarla.

El cine, bien. En cambio, la lectura me dejó decepcionado hace unos días. Terminar El libro de las ilusiones de Paul Auster se convirtió en un reto y en una agonía al mismo tiempo. El escritor neoyorquino me defraudó por segunda vez, como ya hiciera con Sunset Park, aunque todavía no le pongo en la lista negra. No lo hago porque me parece que Auster tiene grandes historias que contar y que cuando se limita a narrarlas, lo hace muy bien. Pero si no disfruto con sus libros es porque se pierde en detalles que para mí son superfluos y que me aburren. Ahora estoy con Murakami, leyendo Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, un libro de 900 páginas. Difícil me parece que no le sobre ninguna. Y mientras tanto, exploro Los perros románticos de Roberto Bolaño.

Por Auster, en una librería de Corrientes, me dieron 10 pesos.