Muy bien Hecho en Buenos Aires

Hecho en Buenos Aires (HBA) es una revista diferente editada por periodistas profesionales y que venden a pie de calle personas en situación de marginalidad.

Desde su fundación en junio del 2000 su directora es Flora Merkin, quien lo mismo te recibe en el pasaje San Lorenzo donde se celebra la Feria del Nuevo Mundo en pleno barrio de San Telmo que en la sede de la revista en la avenida San Juan a un paso de Puerto Madero. Flora está siempre al pie del cañón para coordinar la labor de 3 trabajadores a jornada completa, más de diez colaboradores y entre 180 y 200 vendedores.

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HBA pertenece a la Red Internacional de Publicaciones de la Calle y es un proyecto único en la Argentina que toma como modelo el de la revista The Big Issue creada en Londres en 1991.

La intención de Merkin y su equipo va más allá de que el vendedor obtenga un techo para dormir o mejore su situación económica. “Se recupera la figura del trabajo para quien estuvo viviendo en la calle. Se trata de asumir la responsabilidad de ser protagonista del propio futuro de cada uno.”

Es un proyecto que no tiene nada que ver con la publicación española La Farola. “No existe un proyecto como el de HBA en España” dice Merkin.

Precisamente, llegar a España y a cualquier otra parte del mundo es uno de los próximos retos de HBA. La idea de vender la revista a través de internet es algo que se está madurando todavía, pero la experiencia nos dice que HBA suele conseguir lo que se propone.

Y hasta ahora lo que ha conseguido esta publicación de veinte mil ejemplares a la semana es hacerse un nombre y un sitio en la vida social de Buenos Aires. Prueba de su éxito son los 13 años de vida que HBA cumplirá en junio. El primer número de 2013 sale con el titular “Te lo dijimos 150 veces”. Centena y media son las ediciones que llevan Merkin y su equipo reclamando que “Todo somos responsables de la marginalidad. Si uno no hace nada, se convierte en cómplice.” Según la directora de HBA “La pobreza existe porque la sociedad lo tolera”, por eso “Nunca se termina de ayudar”. Afortunadamente, algo del mensaje ha calado en la gente porque “La gente compra la revista por solidaridad una vez. Las siguientes veces la compra porque le gusta el contenido”.

Pero HBA no es sólo una revista. Es una empresa social en la que también se desarrolla una interesantísima actividad cultural y de comercio a pequeña escala. Muestra de ello es la Feria del Nuevo Mundo que se empezó a realizar en diciembre del 2012 en la antigua sede la revista.

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En ella se pueden adquirir durante el fin de semana productos de agricultura ecológica, ropas y algunas de las obras de arte que salen de los talleres que coordina Américo Gapden (de pie en la fotografía junto a uno de los alumnos de artes plásticas).

Los talleres de arte venían funcionando por separado desde la fundación de la revista hasta que Américo Gapden asumió la coordinación de los mismos desde hace unos 4 años. En estos talleres de pintura y escultura (hay otros de  rap y poesía que coordinan otros profesores) desarrollan sus capacidades personas que “Iban a vender la revista y se encontraron con el arte” y con resultados muy buenos. En ellos se busca constantemente “el estado de creación”. Se trata de enseñar poniendo a prueba a los alumnos, a personas que están en situación de marginalidad pero que “si se limitaran a crear desde esa situación estarían haciendo siempre lo mismo”.

Gapden ha conseguido que los alumnos interaccionen entre ellos dándoles nuevos significados a sus propias obras a través de “la interpretación que hacen los otros”. Para él es un logro que acudan mujeres al taller, cosa que no sucedía al principio. “Yo también descubrí” dice Américo Gapden. “Yo descubrí que servía para enseñar, porque hasta empezar acá, yo sólo había sido alumno”.

HBA lleva 150 semanas saliendo a la calle para sacar de la misma calle a un grupo de gente que tiene mucho que contar. 150 semanas informando y entrevistando a personajes de la talla de Luis Alberto Spinetta, Bjork, Víctor Hugo Morales o Paul McCartney.

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Año nuevo en tierra antigua

Vuelvo a pisar suelo patrio. Llegué a Sevilla poco antes de las dos de la tarde del 31 de diciembre tras casi dos días de viaje en los que me dio tiempo de visitar Roma por primera vez y de cagarme de frío en Barcelona.

He dejado muchas cosas pendientes en Buenos Aires. Muchas cosas y a mucha gente. Pero eso es bueno, porque significa una excusa para regresar cualquier día. No le quepa duda a nadie de que volveré a Sudamérica en cuanto pueda. Quizás vaya como viajero o quizás como aventurero, pero me volveréis a leer desde allá.

Este Buenos Aires del 2012 ha sido para mí una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. En Boedo he vuelto a sentir la pasión del futbolista fracasado que soy que se conforma con meter un gol en una pachanga de entre semana. En Belgrano ha crecido mi yo escritor que es como decir mi yo entero. En ese barrio me he recuperado para la poesía. Y todo lo que sucedía durante dos horas a la semana en la cafetería Manhattan tenía su prolongación a lo largo de la semana en otros barrios porteños. En Barracas encontré una casa siempre abierta habitada por argentinos con corazón andaluz (¿O tal vez era al contrario?). En Almagro tuve mi casa gracias a mi casero y compañero de piso y a la vecina de arriba, que fue la primera persona en recibirme (amiga del amigo de un amigo…). En Chacarita me nació el interés por el guión de cine y fui testigo de la lucha de las televisoras comunitarias por su legalización frente a una sociedad que sólo está pendiente del enfrentamiento entre Gobierno y grupo Clarín. En el Microcentro todo fueron libros; la mayoría argentinos pero dejando sitio a una novela hecha en Sevilla por un amigo mío. En Palermo tuve todo el tiempo del mundo para pasear y para amar la lluvia. En el barrio Chino creé un pasaje para mi próxima novela. En La Boca sacié una resaca con choripán recién hecho.

En Puerto Madero de noche sentí una enorme nostalgia de la que vino a salvarme un SMS que me provocó las únicas lágrimas de esta aventura. En San Telmo descubrí la labor social de la revista Hecho en Buenos Aires, de la que hablaré aquí próximamente. Pero en San Telmo lo más importante fue que lo viví todo con alguien que me construye, me derriba y vuelve a edificarme.  En el Once tuve la primera despedida (la más importante). Buenos Aires se ha metido en mí a través de cada uno de sus barrios.

Y ahora estoy en Sevilla. Otra vez en casa. Extrañando Argentina. Otra vez indignado con la situación de España. No sé qué me deparará el 2013, sólo sé que el 2012 fue un año de cambios en el que perdí muchas cosas (pareja, trabajo, independencia familiar) pero en el que gané otras muchas (literatura, conocimiento, acción política, ganas de vivir). Sólo quiero que dentro de un año pueda mirarme y decirme, como ahora, que estoy haciendo lo que quería hacer aunque el destino siga sin ser demasiado nítido.

La nueva Córdoba

Madre nada más que hay una, pero ciudades con el nombre de Córdoba hay, al menos, dos. Yo conocía la andaluza. Desde ayer conozco también la Córdoba argentina.

imageEn esta ciudad no hay judería ni mezquita-catedral, aunque sí hay unas iglesias impresionantes y un callejón de la memoria en el que recuerdan a los asesinados por la mano del conquistador español, de la dictadura militar y de otras manos igualmente sangrientas. Tampoco hay en la Córdoba argentina salmorejo, pero tienen acá unos hojaldres llamados criollos que están muy buenos.

La nueva Córdoba, que ya no es tan nueva pero que está bien maquillada, se diferencia no sólo de la vieja Córdoba, sino también de Buenos Aires, la única ciudad argentina que le gana en tamaño y población. Córdoba es más limpia que Buenos Aires y menos ruidosa. Su arquitectura no es tan caótica y el acento de su gente es distinto. Acá no se marca el “yo” ni la “lluvia”.

Por cierto que la lluvia está amenazando. De momento es sólo un augurio. Espero que se quede en eso porque dentro de un rato voy a salir de viaje para Villa Carlos Paz, un pueblo de la sierra.

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Si los encantos de esta ciudad pudieran parecer pocos, ayer tuve el placer de reencontrarme acá con una amiga cordobesa recién llegada de Sevilla. Suele pasar desde que españoles y argentinos decidieron no dejar nunca de moverse de un lado al otro
del Atlántico.

La noche y los libros

El 15 de diciembre Buenos Aires se dividía a grandes rasgos entre la Noche de las Librerías y el concierto de Serrat y Sabina. El primer evento tenía lugar a lo largo de la calle Corrientes en torno al centro de la ciudad y el segundo, en el estadio de Boca Juniors. Del primero tuve consciencia directa. Del segundo me llegó un recordatorio luminoso cuando terminaba para mí la noche.

A las 7 de la tarde llegué a la librería Sudeste (Corrientes al 1773, casi esquina con Callao) para asistir a la charla “Desmitificación del acto de escribir” de Gustavo di Pace, quien, además, firmó ejemplares de su libro de relatos Mi Yo Multiplicado. Con un título tan egocéntrico parece mentira que di Pace dijera “escribir es un trabajo contra el ego de uno mismo”. Pero, ¿qué otra cosa iba a decir alguien que enseña a quienes quieren aprender a escribir? A la gran obra se llega por medio del ensayo y error y en medio de ese aprendizaje es recomendable pasar los textos por el ojo revisor de un amigo, un familiar o un crítico. Capaz que no siempre nos gustarán las opiniones que otros tengan de lo que nosotros habíamos escrito. ¿Y qué? ¿Debe eso desanimarnos para continuar creando? Ni mucho menos. Aunque, como dijo Tito Cosa, “la gran escena escrita con la ginebra de la noche es una mierda con el mate de la mañana”. No importa. Los resultados llegarán después de muchas probaturas.

Como yo me dedico a escribir, a ustedes les invito ahora a leer unos versos míos que han nacido en Buenos Aires este diciembre de 2012. Ya están avisados de que me pueden criticar si quieren pero no por eso harán que pierda el ánimo de seguir ficcionando.

EXTRAÑAR TUS DEDOS (FRAGMENTO)

He quedado con vos

para soñar tus labios

para contar tus años

y rejuvenecer contigo.

[…]

Voy a quedar sin vos

para esperarte

para extrañar tus dedos

para cantar la ausencia

de tu frente.

Buenos Aires (935)Salí de Sudeste con una idea que sugiere un cuento y que, ahora que lo pienso, puse en práctica sólo media hora más tarde. ¿Casualidad? También salí de Sudeste con una bolsa llena de libros. Todos ellos de autores argentinos: Tres Jueces para un Largo Silencio de Andrés Lizarraga; El Señor Galíndez de Eduardo Pavlovsky; El Oro de los Tigres de Jorge Luis Borges; Libros Sin Tapas de Felisberto Hernández; Todos los Fuegos, el Fuego de Julio Cortázar; Boquitas Pintadas de Manuel Puig; y Los Siete Locos de Roberto Arlt. Esta larga colección de literatura argentina añade un problema más al sobrepeso de mi equipaje para el retorno a Sevilla. Ya veremos cómo me apaño.

La noche siguió en La Boca (que no en La Bombonera), terminó en Barracas en casa de unos amigos y mientras esperaba el colectivo en parque Lezama, unos fuegos artificiales me recordaron que habían pasado por Buenos Aires Serrat y Sabina.

El guerrero

Ojear libros ajenos es un pasatiempo bastante entretenido. Hace ya varios días que cayó en mis manos El Oráculo del Guerrero de Lucas Estrella. Apenas leí un capítulo. Se trata de una especie de libro de consulta que aconseja al lector o guerrero qué hacer en determinadas situaciones. La dinámica consiste en sacar un número al azar y leer el capítulo correspondiente después de haber realizado una pregunta.

Yo me salté la pregunta y agarré un número que resultó ser el del día de mi nacimiento. Fui al capítulo en cuestión y leí el título del mismo: “El guerrero disfruta del vino y de las mujeres”. Pensé; “Ya estamos”. Sin embargo, tras leer las recomendaciones del oráculo sentí que podía aplicar a mi vida algunas de sus frases.

Empezaba diciendo: “Ahora es el tiempo de desbocarse, de derrochar placeres, no de escatimarlos”. Y en eso estoy desde que llegué a Buenos Aires. También estoy sintiendo “el vértigo de la noche que te llama a extraviarte en ella y sus mil oscuras caras” pero volviendo “a tu alcoba noche tras noche”.

Dice más cosas el oráculo sobre la mujer, pero eso me lo guardo para mí sin afirmar ni desmentir que esté siguiendo sus indicaciones en ese aspecto. En lo que sí estoy totalmente de acuerdo es en que “durante tu enajenación sólo una cosa: […] Que algo, un mínimo de conciencia y dignidad quede encerrada en ese espacio. Eso significará para ti el puente entre la muerte y el control del carruaje cuando hayas llegado al borde del precipicio. […] Luego deberá venir el tiempo de sentarse y reorganizar los ejércitos. Sólo así podrás seguir en la senda.”

De modo que este guerrero está disfrutando hoy sin dejar de tener un ojo en el mañana cuando haya que tomar decisiones estratégicas para no perder el camino.

Una cebolla de cine

La cruda cebolla es un cortometraje realizado por alumnos de la Universidad Austral de Buenos Aires como un trabajo de clase de la asignatura Taller de Realización Audiovisual. Pero La Cruda Cebolla no es sólo el 10 que el profesor les puso a los alumnos que hicieron estos seis minutos de cine casero. Es una breve y sorprendente muestra de lo que se puede hacer con una pequeña cámara de vídeo, una buena idea y un equipo de rodaje entregado.

Digo sin exagerar que fue un placer asistir al estreno de este corto que terminó ganando el premio al mejor sonido y a la mejor fotografía (a la catalana Vanessa Roca) en La Noche de las Estrellas de la Universidad Austral. Para mí, fue el mejor de los trece cortos que se proyectaron.

Esta minipelícula de Aranzazu Larrinaga, basada en un hecho real, es un catálogo de sentidos visuales y sonoros que se colaron en mí desde el primer segundo. Sentado en mi butaca, en esa oscuridad blanca que tiene el cine, presencié entusiasmado los seis minutos de vida y color de La Cruda Cebolla. Al terminar la proyección supe que acababa de ver algo que nunca olvidaría.

El plano del pie de la cocinera, el rostro borgiano de la abuela, la luz amarilla de las velas (todas rectas salvo una) son las imágenes más recurrentes de una ficción que es poesía.

Deporte rey en Buenos Aires

Quizás alguien os diga alguna vez que el deporte rey de Buenos Aires es el fútbol. Os hablarán también de la afición de este pueblo por el rugby, el polo, el tenis o el baloncesto. Nada que ver. El deporte nacional en esta ciudad es colarse en el Subte.

Yo también lo practico. La primera vez lo hice sin querer, sin darme cuenta. No estaba seguro de en qué sentido tenía que viajar dentro de la línea B para llegar a la estación Federico Lacroze desde la estación Medrano. Buscaba un mapa del Subte a mi alrededor, pero no lo encontraba. De pronto vi uno al otro lado de una puerta que me llegaba por la cintura. La puerta estaba abierta. Vi el mapa, iba en dirección correcta. Me di media vuelta y vi que estaba dentro del Subte. Había entrado sin pagar. Era sábado, no había vigilantes ni vendedores en la estación. Vi que otra gente empezó a colarse igual que había hecho yo. Me dije a mí mismo que estaba sentando un mal precedente. Más tarde me enteré de que no.

Los bonaerenses se cuelan en el Subte cada vez que pueden. En ocasiones, hasta los vigilantes te dejan pasar si no te queda plata en la SUBE (la tarjeta recargable con la que se paga el transporte público en la ciudad). Incluso otros pasajeros te avisan de que la puerta está abierta para que te metas sin pagar. Hay personas que anda algunas cuadras hasta estaciones donde es más fácil colarse que en las que tienen al lado de sus casas.

Buenos Aires (794)

Colarse en el Subte es el deporte rey en Buenos Aires, pero también hay otros deportes muy extendidos como son los cortes de luz, de agua o del propio Subte cuando llueve, los cortes del Subte por “manifestantes que impiden el normal desarrollo del servicio”, protestar o defender al Gobierno, dejar la basura al lado de un árbol en plena calle o dudar de la honorabilidad de la Policía.

Deportes hay muchos en Buenos Aires. Deportes sucios como los nombrados en el párrafo anterior y limpios como compartir el mate, hablar con verdadero conocimiento de literatura,  comprar y vender libros usados, tomar facturas para desayunar o compartir taxi o remis con un desconocido para ahorrar plata. Lo importante es practicar alguno y llevar una vida sana.

Planeta solar

Tengo una asignatura pendiente con los museos de Buenos Aires. Afortunadamente, este jueves he empezado a pagar mis deudas con una doble visita. La primera fue a la casa de Carlos Gardel en la calle Jean Jaures 735. La entrada cuesta el simbólico precio de 1 peso. La visita es breve pero no está mal. La casa-museo de Gardel hace un repaso a toda su vida y obra desde su nacimiento supuestamente en Toulouse hasta su trágica muerte en Colombia en un accidente de avión.

Sobre su nacimiento me gustaría decir que el museo da por sentando que vino al mundo con el nombre de Charles Gardes en Toulouse (Francia), algo que todavía se discute. De hecho, si uno cruza el río de La Plata y pregunta en Montevideo, le dirán que Gardel nació allí. A mí, en realidad, la teoría que más me seduce es la que cuenta que el rey del tango nació en Buenos Aires como Carlos Gardés y tuvo que refugiarse en Montevideo acusado de asesinato, cambiando la última letra de su apellido y su lugar de nacimiento.

Pero para museo interesante, el de Xul Solar, pintor amigo de Jorge Luis Borges que anunció en los años sesenta: “Mi obra se apreciará en el año 2000”. Por lo que vi en los recortes de prensa de su museo, se le empezó a reconocer en los 90 (hubo una exposición en Madrid en 1993).

La entrada al museo Xul Solar en la calle Laprida 1214 cuesta 20 pesos. Está prohibido hacer fotos, grabar, tocar los cuadros y no sé cuántas cosas más con las que dan la bienvenida al visitante en un cartel que hay en la entrada.

Xul Solar se llamaba en realidad Alejando Schulz Solari. Era un creador nato desde el nombre que eligió (Luz del Sol) hasta un juego de mesa llamado panajedrez pasando, por supuesto, por sus obras en las que destacan los signos del zodiaco, la religión, el movimiento indígena, la pérdida de la verticalidad, los colores y el lenguaje especial que él mismo inventó.

Zodiaco, 1953. Xul Solar.

Xul terminó sus días trabajando en la casa que compró en Tigre, un lugar maravilloso de la provincia de Buenos Aires que fue el último sitio que visité en 2011 la primera vez que estuve en Argentina.

10 kilómetros hispano-argentinos

El cartel de la 3ª Maratón Hispano Argentina lo dejaba bien claro: “No se suspende por lluvia. ¡Te esperamos!”, pero a las 6 de la mañana la tormenta era tan estruendosa que me despertó de golpe. Tenía pensando levantarme una hora después y salir un poco antes de las 8 hacia los bosques de Palermo donde la carrera empezaba a las 9.

Algunos pensaréis, “están locos estos romanos, una carrera un lunes a las 9 de la mañana”. No os precipitéis, los argentinos saben muy bien lo que hacen. Hoy es feriado por el día de la Soberanía Nacional que fue el jueves. Aquí hace tiempo que se celebran las fiestas los lunes como se hará en España a partir del próximo año.

Llovía a mares a primera hora del día pero, por suerte, el cielo se calmó. Incluso había salido el sol cuando llegué al Monumento a los Españoles. A unos doscientos metros de allí estaba la línea de salida. El recorrido de la carrera formaba un total de 10 kilómetros. Sin embargo, en Argentina le llaman Maratón a las carreras populares, aunque la distancia no sea la que recorrió Filípides para anunciar en Atenas el triunfo de Grecia sobre los persas. Así que, aunque sea de mentirijilla, puedo decir que he corrido una Maratón en Buenos Aires.

Después de levantarme a las siete de la mañana un día de fiesta y recorrer media ciudad en Subte (14 estaciones en 2 líneas diferentes), pobre de mí, cometí tres errores en la prueba. El primero fue no llevarme nada de abrigo para cubrirme después de correr. Lo lamenté mucho cuando al llegar vi que habían preparado un guardarropa. El segundo error fue salir demasiado fuerte. Quería ir a un ritmo de 4’30″/km y en los dos mil primeros metros lo conseguí, pero mi velocidad decayó a partir del tercer kilómetro. No demasiado, pues completé la carrera en 48’50” (hubieran sido 45 minutos de mantener el ritmo inicial). Y ahí, en la llegada, me di cuenta del tercer equívoco. El chip que registra el tiempo de los corredores me lo había puesto sobre el pecho, atado al dorsal. Una de las chicas de la organización me aclaró que mi tiempo no quedaría grabado porque el sensor sólo visualiza el chip si lo llevas en el botín. Imagino que oficialmente no habrá constancia de que finalicé felizmente los 10 kilómetros. Lo cual es una lástima porque creo que he sido el primero de mi pueblo. Pero no importa; mis piernas saben que ellas han corrido durante casi 49 minutos sin parar ni un segundo y las he invitado a un relajante baño al llegar a casa.

Al terminar, agotado, un poco frustrado por lo del chip, bebí agua mientras por los altavoces sonaba la sevillana “Yo siempre fui con Triana”. Cuando ya me marchaba de vuelta al Subte de Plaza de Italia, una grabación emitía aquella mítica canción del toro y la luna. Para celebrar este día de hermandad hispano-argentina, os dejo con la voz de oro de Toni López y su grupo Los Centellas.

El cine no comercial

La oferta cultural de Buenos Aires es inabarcable. Desde ayer, por ejemplo, se está celebrando un festival de jazz en el que algunos conciertos son gratuitos, el Centro Cultural de la Cooperación celebra su décimo aniversario, mañana llegan los estrenos a las salas de cine, el sábado hay un concierto a una cuadra de mi casa y, por supuesto, hay miles de propuestas diferentes en las salas de teatro del circuito Corrientes, el off Corrientes y el oficial con el Teatro Colón a la cabeza.

Yo hoy quiero hablar del cine, de una forma no comercial de entender el séptimo arte. Se trata de una serie de salas, no demasiadas, que me recuerdan al Avenida de Sevilla y a lo que, a veces, hace el Ábaco de Camas. Me estoy refiriendo al cine Lorca y al Arteplex, también a las salas del INCAA (aunque a éstas todavía no he ido).

En todos estos cines se pueden ver películas que ni se llegan a estrenar en el circuito comercial. Películas como Y, ahora ¿dónde vamos? de la que hablé hace unos días o como Moonrise Kingdom, que ya tuve ocasión de ver en Sevilla. También se permiten el lujo de reestrenar grandes joyas de la historia del cine como Casablanca y, por supuesto, todo el cine argentino pasa por la cartelera del Lorca, el Arteplex y el INCAA.

Quiero volver al último título que acabo de nombrar. Se cumplen 70 años del estreno de Casablanca. Yo, lo confieso, nunca antes la había visto. Estaba en pecado mortal hasta la tarde de ayer. Creo que no descubro nada si digo que estamos ante una de las mejores películas de la historia. Tendré que ser más personal si quiero transmitir lo que yo sentí al ver Casablanca.

Pues bien, llevo todo el día tarareando la melodía de A time goes by y no puedo ni quiero borrarme de la memoria el rostro de Ingrid Bergman como pasado por un filtro de seda mirando al sentimental de Humphrey Bogart.

A pesar de ser una ficción, creo que jamás había sido testigo de una historia de amor tan verdadera. El cine tiene estos logros. Que los siga manteniendo depende, en gran parte, de que existan salas no comerciales como el Lorca, el Arteplex y el INCAA en Buenos Aires o el Avenida en Sevilla.

Siempre nos quedará el cine no comercial.