La chica del tren (cuento renovado, día 10, versión final)

El viaje había sido tranquilo. Tras años de paz, el miedo había ido dejando paso lentamente a la confianza. El tren cruzó sin sobresaltos, aunque con paradas burocráticas y molestas, las fronteras de Croacia y de Serbia hasta llegar a Belgrado nueve horas después de su salida desde Sarajevo.

Goran viajaba en el vagón número tres con otra chica a la que no conocía y que se había sentado cerca de él. De vez en cuando intercambiaban, con vergüenza, alguna mirada. Parecía que se miraban por primera vez.

Sin dejar de observar a la chica, Goran pensaba en la visita que motivaba aquel viaje. La guerra y algunas enfermedades habían reducido su familia a un único miembro; la tía abuela, a la cual iba a visitar cada domingo a su casa de Belgrado. Era un viaje al pasado. En el vagón número tres nadie había pronunciado una sílaba salvo el revisor al llegar a la primera parada.

Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su vieja tía abuela entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto. Así lo hacía desde que siendo niño su padre lo llevó por primera vez a Belgrado cuando nadie le había dicho qué colores tenía la bandera de Bosnia-Herzegovina.

El viaje fue interrumpido de forma brusca. Goran sólo podía recordar un fuerte golpe en la nuca. Después de eso se vio en el hospital sin saber cómo había llegado hasta allí. Dos policías entraron en su habitación. Uno de ellos le hacía preguntas, el otro tomaba notas en un bloc. Había muchos heridos, algún muerto, quizás más de uno. Él había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Eso le dijeron, puesto que Goran era incapaz de recordar nada por sí solo. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo el que preguntaba.

¿Qué habría pasado con la chica? De ella sí tenía un recuerdo bastante nítido. La había visto leer unos versículos del Corán cuando el tren recién salía de Sarajevo. Tenía decidido que la abordaría al llegar a Belgrado. Evidentemente, no pudo hacer lo que había planeado. Preguntó por ella a los policías. Usted viajaba solo, señor le respondió el que tomaba las notas. No lo podía creer. No podía habérsela imaginado. Ella iba en el mismo vagón que él, era real.

Sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Sobresaltado, notó que volvía a estar en el tren. No tenía heridas ni puntos de sutura. Se pasó la mano por la cara; no había sangre. Miró a su alrededor, el tren estaba intacto. Alguien le tocó sutilmente el brazo. Sus ojos fueron subiendo por aquel brazo femenino y llegaron hasta una cara, la chica llevaba el Corán en la mano izquierda, era hermosa y parecía feliz. Le tendió la otra mano para ayudarle a incorporarse y le dijo Estamos en Belgrado. ¿Quiere tomar un café? preguntó él. Abandonaban la estación intercambiando miradas nerviosas cuando explotaba una bomba en el vestíbulo. Uno de los dos susurró Misión cumplida.


La versión definitiva de este cuento fue publicada el 18 de junio de 2013.

Las versiones anteriores se pueden leer aquí: día 1, día 2, día 3, día 4, día 5, día 6, día 7, día 8 y día 9.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/en-portada/portada-bosnia-ekspres/812819/http://www.rtve.es/alacarta/videos/en-portada/portada-bosnia-ekspres/812819/

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La chica del tren (cuento renovado, día 9)

El viaje había sido tranquilo. El miedo de los tiempos más cercanos a la guerra había ido dejando paso lentamente a la confianza. El tren había cruzado sin sobresaltos, aunque con paradas burocráticas y molestas, las fronteras de Croacia y de Serbia hasta llegar a Belgrado nueve horas después de su salida desde Sarajevo.

Goran viajaba en el vagón número tres con otra chica a la que no conocía y que se había sentado cerca de él. De vez en cuando intercambiaban, con vergüenza, alguna mirada. Goran pensaba, sin dejar de echarle el ojo a la chica, en la visita que motivaba aquel viaje. La guerra y algunas enfermedades habían reducido su familia a un único miembro; la tía abuela, a la cual iba a visitar cada domingo a su casa de Belgrado. Era un viaje al pasado, un trayecto silencioso en el que los pasajeros apenas cruzaban unas cuantas palabras de cortesía. En el vagón número tres nadie había pronunciado una sílaba salvo el revisor al llegar a la primera parada.

Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su vieja tía abuela entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto. Así lo hacía desde que siendo niño su padre lo llevó por primera vez a Belgrado cuando nadie le había dicho qué colores tenía la bandera de Bosnia-Herzegovina.

El viaje fue interrumpido de forma brusca. Goran sólo podía recordar un fuerte golpe en la nuca. Después de eso se vio en el hospital sin saber cómo había llegado hasta allí. Dos policías entraron en su habitación. Uno de ellos le hacía preguntas, el otro tomaba notas en un bloc. Había muchos heridos, algún muerto, quizás más de uno. Él había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Eso le dijeron, puesto que Goran era incapaz de recordar nada por sí solo. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo el que preguntaba.

¿Qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. De ella sí tenía un recuerdo bastante nítido. La había visto leer unos versículos del Corán cuando el tren recién salía de Sarajevo. Tenía decidido que la abordaría al llegar a Belgrado. Evidentemente, no pudo hacer lo que había planeado. Preguntó por ella a los policías. Usted viajaba solo, señor le respondió el que tomaba las notas. No lo podía creer. No podía habérsela imaginado. Ella iba en el mismo vagón que él, era real.

Sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Sobresaltado, notó que volvía a estar en el tren. No tenía heridas ni puntos de sutura. Se pasó la mano por la cara; no había sangre. Miró a su alrededor, el tren aparecía intacto ante sus ojos. Alguien le tocaba sutilmente el brazo. Sus ojos fueron subiendo por el brazo y llegaron hasta una cara, la chica llevaba el Corán en la mano izquierda, era hermosa y parecía feliz. Le tendió la otra mano para ayudarle a incorporarse y le dijo Estamos en Belgrado¿Quiere tomar un café? preguntó él. Abandonaban la estación intercambiando miradas nerviosas cuando explotaba una bomba en el servicio de señoras. Uno de los dos susurró Misión cumplida.

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La chica del tren (cuento renovado, día 7)

El viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. El tren había cruzado sin sobresaltos las fronteras de Croacia y de Serbia hasta llegar a Belgrado nueve horas después de su salida desde Sarajevo.

A Goran la guerra le había robado todas las personas a las que quería salvo a su tía abuela, a la que visitaba cada domingo. Aquel era un viaje hacia el pasado, un trayecto silencioso en el que los pasajeros apenas cruzaban unas cuantas palabras de cortesía. Goran calmaba su nostalgia o, tal vez, la alimentaba, pensando en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto. Así lo hacía desde que siendo niño su padre lo llevó por primera vez a Belgrado.

De repente, se vio en el hospital. Dos policías entraron en su habitación. Uno de ellos le hacía preguntas, el otro tomaba notas en un bloc. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital. ¿Qué sentido tiene esto? preguntó en voz alta. Nadie le dio una respuesta. Él también había salido despedido por la fuerza de la onda expansiva que provocó la bomba. Tenía algunos rasguños y varios puntos de sutura. Tuvo usted mucha suerte le dijo el que preguntaba.

¿Qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Preguntó a los policías por la gente que iba en el mismo vagón que él. Usted viajaba solo, señor le respondió el que tomaba las notas. No lo podía creer. Todavía recordaba cómo ella se tapó los oídos al escuchar el estruendo. Luego, mientras volaba en dirección contraria, vio cómo salía despedida hasta perderla de vista en cuestión de segundos. No podía habérselo imaginado. Ella iba en el mismo vagón que él.
Sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Sobresaltado, notó que no estaba acostado en una cama de hospital, sino sentado en un asiento de tren.

No se dio cuenta de que se había quedado dormido hasta que la chica fue a despertarle. Estamos en Belgrado dijo ella. ¿Quiere tomar un café? preguntó él. Abandonaban la estación cuando explotaba una bomba en el servicio de señoras.

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La chica del tren (cuento renovado, día 5)

Hasta el momento de la explosión, el viaje había sido tranquilo. A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. La guerra había interrumpido durante varios años la conexión ferroviaria entre Sarajevo y Belgrado. Ahora, recuperada la línea, con las fronteras de Serbia y Bosnia Herzegovina bien definidas, pocos eran los que se subían a este tren que también cruzaba Croacia y que tardaba nueve horas en hacer su recorrido.DSC_4372

A Goran la guerra le había robado a casi todas las personas a las que quería. Tan sólo le quedaba viva su tía abuela, a la que iba a ver a Belgrado cada domingo. Aquello era un viaje hacia el pasado. Por las ventanillas del tren, mientras contemplaba los Balcanes, Goran sentía el olor de la pólvora y escuchaba el llanto de los niños sin padres, pero también podía ver ondeando la bandera de Yugoslavia en tiempos de paz y convivencia tranquila. Sabía que nada de eso tenía sentido ya, que lo mejor era enterrar el pasado. Calmaba su nostalgia y pensaba en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

Los trozos de metal volaron hasta aterrizar a cientos de metros de distancia. Hubo mucha sangre y muchos llantos. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital. ¿Qué sentido tiene esto? preguntó en voz alta. Nadie le dio una respuesta.

Había muertos y heridos. Goran formaba parte de los segundos. Pero, ¿qué habría pasado con la chica? La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Evidentemente, esto no fue posible. Todavía podía recordar cómo se tapó los oídos al escuchar el estallido. Luego la vio saltar por los aires y la perdió de vista.

La Policía le preguntó por ella. Los agentes querían saber si la chica hablaba serbio o bosnio, si quizás se hubiese expresado en árabe. Goran lo único que quería saber es que ella estaba bien y si pensaba en él. No pensaba que ella pudiese ser una terrorista suicida.

Los médicos le dieron el alta, pero no se fue a casa de su tía, que le estaba esperando. No sabía el nombre de la chica, sólo podía buscarla por su descripción física. Empezó por la planta de cuidados intensivos. Rezó para no tener que buscarla en la unidad de quemados. No quiso plantearse la posibilidad de tener que reconocer el cadáver.

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La chica del tren (cuento renovado, día 4)

Hasta el momento de la explosión, el viaje había sido tranquilo. Tanto como cualquier otro domingo para Goran.

A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. La guerra había interrumpido durante varios años la conexión ferroviaria entre Sarajevo y Belgrado. Ahora, recuperada la línea, con las fronteras de Serbia y Bosnia Herzegovina bien definidas, pocos eran los que se subían al tren. En cambio, antes del enfrentamiento fratricida miles de personas viajaban a diario de una ciudad a la otra para ir a trabajar.

Goran era la excepción que confirmaba la regla. Este médico de cuarenta y cinco años y linaje serbo-bosnio a partes iguales, solía ir a Belgrado para visitar a su vieja tía abuela, el único familiar que le quedaba vivo. La guerra le quitó a casi todas las personas que quería.

El caso es que, olvidadas o, más bien, obviadas, las heridas de la guerra, Goran se encontraba aquella mañana en el viejo tren, viajando hacia el pasado. Pensaba en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

Pero el tren, aunque llegó a su destino, lo hizo de forma poco ortodoxa.  Cuentan que los trozos de metal volaron por los aires hasta aterrizar a cientos de metros de distancia. Hubo mucha sangre y muchos llantos. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital.

La Policía acudió para tomarle declaración en calidad de testigo. Había muertos y heridos. Los muertos no eran más que los dedos de dos manos, pero uno ya hubiese sido suficiente para avivar el fuego de las fobias que todavía se estaban apagando. No en el corazón de Goran, quien afortunadamente, formaba parte del grupo de los heridos. Pero, ¿qué habría pasado con la chica?

Su mayor preocupación era dar con la chica. La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Evidentemente, esto no fue posible.

La Policía le preguntó por ella. Los agentes querían saber si la chica hablaba serbio o bosnio, si quizás se hubiese expresado en árabe. Goran lo único que quería saber es que ella estaba bien y si pensaba en él. No les dijo nada sobre el velo islámico de ella.

Los médicos le dieron el alta, pero no se fue a casa de su tía, que le estaba esperando. No sabía el nombre de la chica, sólo podía buscarla por su descripción física. Empezó por la planta de cuidados intensivos. Rezó para no tener que buscarla en la unidad de quemados.

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