Entre viñedos y montañas

España es un país de grandes caldos y eso provoca que dejen de llegarnos de forma masiva grandes vinos de otros países que prefieren exportar a naciones no productoras. Es el caso del vino argentino, cuya fama alcanza su mayor cuota en la provincia de Mendoza.

Y es que Mendoza, desierto transformado por la mano del hombre, es una tierra de viñedos y montañas. En ella se aglutinan las mejores uvas Malbec y las grandes montañas de los Andes argentinos, entre las que destaca el Aconcagua, el pico más alto de América con 6.960 metros de altitud.

Viajar a Mendoza es soñar con Chile también, pues Santiago se encuentra a unas pocas horas de viaje, que serán más o menos según se viaje en avión, en ómnibus o en trafic, y según lo tengan a uno más o menos tiempo retenido en el puesto de frontera. DSC_3146En la propia ciudad de Mendoza hay visibles muestras de los lazos de hermandad entre mendozinos y chilenos como la plaza de Chile con el monumento a los libertadores San Martín y O’Higgins. De todos modos, dicen las malas lenguas que en Mendoza hay muchas veces un mal concepto de los chilenos. Típicas rencillas de vecinos.

Pero de Santiago de Chile os hablaré en otra ocasión. Ahora la parada del viajero es en Mendoza, donde, como decía antes, están los mejores vinos de Argentina.  Reza una letra de Sabina “Entre Córdoba y Maipú”, pues bien, en Maipú se encuentran, entre otras, las bodegas de la familia Zuccardi en las que se elaboran los vinos Zeta y Santa Julia con la famosa uva Malbec.

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Las visitas guiadas son muy económicas. Se recomienda ir a una o dos bodegas, no más, porque las visitas difieren muy poco de una empresa a otra. En mi caso, aficionado al vino pero para nada un experto en la materia, fue una tarde muy grata puesto que por primera vez pude sacarle a un vino matices al catarlo. Obviamente, terminé comprando una botella.

Es Mendoza también tierra de montañas, las más altas de Argentina y del megacontinente americano. Los pueblos de precordillera y cordillera andina de la provincia tienen nombres curiosos como Puente del Inca, Tupungato y Uspallata.

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Todo un camino con sabor inca y olor a aire limpio que termina de forma irremediable y maravillosa en el Parque Provincial Aconcagua.

Nunca me cansaré de repetir que la mayor experiencia que se puede vivir en el continente sudamericano es la de entrar en contacto con su naturaleza. En Aconcagua, como en Iguazú o en el río de La Plata, me sentí un diminuto e indefenso hombre de las cavernas.

Finalmente, la ciudad de Mendoza, es un sitio pequeño en el que hay muchos españoles viviendo. Esto se nota en el nombre de algunos de sus comercios. La plaza de España, en el centro de la ciudad, es de inspiración andaluza y recuerda a las obras de Aníbal González. Mendoza, además, tiene su propia Alameda, semejante al aspecto que lucía antiguamente el famoso bulevar sevillano.

Población vecina de la capital es Godoy Cruz a la que se llega en tranvía en apenas unos minutos. Actualmente, su equipo de fútbol juega en la Primera División y es entrenador por el exfutbolista de Boca Juniors, Villarreal, Real Betis y Alavés, Martín Palermo. Otra localidad fronteriza con Mendoza es Guaymallén. Prácticamente en la confluencia entre Mendoza y Guaymallén se encuentra el Núcleo Originario que fuera arrasado por el terremoto del 20 de marzo de 1861. Mendoza, como Buenos Aires, fue fundada dos veces.

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La noche y los libros

El 15 de diciembre Buenos Aires se dividía a grandes rasgos entre la Noche de las Librerías y el concierto de Serrat y Sabina. El primer evento tenía lugar a lo largo de la calle Corrientes en torno al centro de la ciudad y el segundo, en el estadio de Boca Juniors. Del primero tuve consciencia directa. Del segundo me llegó un recordatorio luminoso cuando terminaba para mí la noche.

A las 7 de la tarde llegué a la librería Sudeste (Corrientes al 1773, casi esquina con Callao) para asistir a la charla “Desmitificación del acto de escribir” de Gustavo di Pace, quien, además, firmó ejemplares de su libro de relatos Mi Yo Multiplicado. Con un título tan egocéntrico parece mentira que di Pace dijera “escribir es un trabajo contra el ego de uno mismo”. Pero, ¿qué otra cosa iba a decir alguien que enseña a quienes quieren aprender a escribir? A la gran obra se llega por medio del ensayo y error y en medio de ese aprendizaje es recomendable pasar los textos por el ojo revisor de un amigo, un familiar o un crítico. Capaz que no siempre nos gustarán las opiniones que otros tengan de lo que nosotros habíamos escrito. ¿Y qué? ¿Debe eso desanimarnos para continuar creando? Ni mucho menos. Aunque, como dijo Tito Cosa, “la gran escena escrita con la ginebra de la noche es una mierda con el mate de la mañana”. No importa. Los resultados llegarán después de muchas probaturas.

Como yo me dedico a escribir, a ustedes les invito ahora a leer unos versos míos que han nacido en Buenos Aires este diciembre de 2012. Ya están avisados de que me pueden criticar si quieren pero no por eso harán que pierda el ánimo de seguir ficcionando.

EXTRAÑAR TUS DEDOS (FRAGMENTO)

He quedado con vos

para soñar tus labios

para contar tus años

y rejuvenecer contigo.

[…]

Voy a quedar sin vos

para esperarte

para extrañar tus dedos

para cantar la ausencia

de tu frente.

Buenos Aires (935)Salí de Sudeste con una idea que sugiere un cuento y que, ahora que lo pienso, puse en práctica sólo media hora más tarde. ¿Casualidad? También salí de Sudeste con una bolsa llena de libros. Todos ellos de autores argentinos: Tres Jueces para un Largo Silencio de Andrés Lizarraga; El Señor Galíndez de Eduardo Pavlovsky; El Oro de los Tigres de Jorge Luis Borges; Libros Sin Tapas de Felisberto Hernández; Todos los Fuegos, el Fuego de Julio Cortázar; Boquitas Pintadas de Manuel Puig; y Los Siete Locos de Roberto Arlt. Esta larga colección de literatura argentina añade un problema más al sobrepeso de mi equipaje para el retorno a Sevilla. Ya veremos cómo me apaño.

La noche siguió en La Boca (que no en La Bombonera), terminó en Barracas en casa de unos amigos y mientras esperaba el colectivo en parque Lezama, unos fuegos artificiales me recordaron que habían pasado por Buenos Aires Serrat y Sabina.

Un jardín japonés y un libro español

Argentina son los argentinos y sus circunstancias. Y la mayor de esas circunstancias es que los argentinos proceden de muchas partes, sobre todo de Italia y España, pero también hay colectividades de japoneses, alemanes, chinos, armenios y polacos, más toda la inmigración lationamericana que no  para de crecer. Todos estos pueblos han dejado su huella en la ciudad de Buenos Aires, donde es más difícil encontrar la huella de los pueblos originarios.

Junto a la plaza Güemes, por ejemplo, se encuentra la plazoleta Ararat en honor al monte más alto de la Armenia histórica. Aunque Ararat, donde Noé dejó aparcada el arca, pertenece hoy a Turquía, sigue siendo uno de los símbolos nacionales de Armenia. Así mismo, hay un jardín holandés, una plaza de Italia, otra de Alemania, un monumento a los españoles, una plaza de Cataluña, un barrio chino, los colores de la bandera sueca en la camiseta de Boca Juniors… y un jardín japonés.

Entrar al Jardín Japonés de Buenos Aires cuesta 16 pesos (2,50 euros) y decir que la cámara es tuya y las fotografías son para uso personal. Después de eso, uno se da cuenta de que el jardín parece por fuera mucho más espectacular de lo que es por dentro. Aun así es un sitio lindo para visitar en el que se puede pasar un rato bastante agradable.

Pasé la mañana de ayer paseando por el Jardín Japonés y los alrededores aunque dejé la visita para el zoológico y el Jardín Botánico para otro día. E hice bien, porque por la tarde me esperaba un amigo español en la avenida de Mayo.

El farmacéutico y doctor de la Universidad de Sevilla, Manuel Machuca está en Argentina estos días con una agenda muy apretada. Machuca fue nombrado este lunes profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y está participando hoy en la Jornada de Atención Farmacológica que organizan la OFIL (Organización de Farmacéuticos IberoLatinoamericanos) y la UBA. Además, ayer presentó su primera novela Aquel viernes de julio en la sede de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) en la avenida de Mayo y mañana lo hará en Rosario, donde también participará en la 2ª Reunión de Ciencias Farmacéuticas. 

Aquel viernes de julio es un libro cuyo inicio se sitúa en la noche anterior al estallido de la Guerra Civil Española. Cuenta la historia de Borja Quincoces, un señorito andaluz que se enamora de Chari, una gitana del barrio de Triana.

Según Manuel Machuca, es una novela que habla de la identidad y en la que no ha querido ser partidista a la hora de abordar uno de los episodios más tristes de la historia de España. De todos modos, quienes conoces a Machuca sabemos de qué parte está. Prometo hacer una reseña cuando haya leído el ejemplar que me llevé ayer firmado por el propio autor. Otro día también os hablaré del sitio al que fuimos a cenar después algunos de los que estuvimos en la presentación de la novela.

Un cuaderno siempre a mano

Entre otras cosas, vine a Argentina para escribir una novela. Por eso procuro llevar siempre un cuaderno a mano, porque la inspiración puede aparecer en cualquier lugar y en cualquier momento. La mañana de ayer la pasé en un lugar propicio para la escritura: el Parque Centenario, un bonito espacio verde al que va la gente a hacer deporte, tomar el sol, leer o darle de comer a palomas y patos.

Sin embargo, no fue allí donde encontré la inspiración, sino en un lugar totalmente distinto y gracias a que no llegué a tiempo a una cita que había acordado. Precisamente porque estuve largo rato en el Parque Centenario y luego paré también a leer un rato en la Plaza Almagro, regresé a mi casa un poco más tarde de lo que debía para almorzar. Había quedado a las 16:30 en el otro extremo de la ciudad para asistir a una clase de escritura creativa. Cuando llegué al Subte para tomar la línea D hacia Hernández era demasiado tarde como para confiar en que llegaría a tiempo a mi destino. Cansado de la caminata, decidí tomar el Subte pero simplemente para desandar lo andado. Salí de nuevo a la superficie en Medrano y tomé a esa altura la avenida Corrientes. Después de pasear unos cinco minutos vi un bar y decidí entrar a tomar algo. Estaban poniendo fútbol. Jugaban Unión de Santa Fe y Estudiantes de La Plata. En el descanso cambiaron de canal y pusieron la liga española. Así fue como, viendo el segundo tiempo del Real Madrid – Zaragoza escribí el primer relato. Más tarde, celebrando que Boca Juniors le ganó por 3 a 1 a San Lorenzo de Almagro (el equipo de mi barrio), escribí el segundo. Entre tanto hubo un café con leche acompañado de una factura con mermelada, dos Coca Colas y una botella de 650 de Heineken.

La combinación de fútbol, soledad en una ciudad inmensa, bebidas calientes y frías, con gas y sin gas, con alcohol y sin alcohol, y, sobre todo, las ganas de escribir, hizo que fuera capaz de poner en pie dos microrelatos. El primero de ellos se titula El Intercambio y el segundo La mina del sueño. Lo mejor de todo es que El Intercambio llevaba en mi cuaderno azul más de un año esperando a que lo escribiese. Hasta la tarde de ayer sólo tenía un título y una intención de escribir, pero desde ayer tengo un relato. Por eso es por lo que siempre hay que tener un cuaderno a mano, porque la inspiración llega pero tiene que pillarte trabajando.

¡Ah! Y por si fuera poco, antes de pagar la cuenta arranqué una hojita de papel del cuaderno y anoté los nombres de los personajes de mi próxima novela, ésa para la cual necesitaba venir a Buenos Aires.