Entre viñedos y montañas

España es un país de grandes caldos y eso provoca que dejen de llegarnos de forma masiva grandes vinos de otros países que prefieren exportar a naciones no productoras. Es el caso del vino argentino, cuya fama alcanza su mayor cuota en la provincia de Mendoza.

Y es que Mendoza, desierto transformado por la mano del hombre, es una tierra de viñedos y montañas. En ella se aglutinan las mejores uvas Malbec y las grandes montañas de los Andes argentinos, entre las que destaca el Aconcagua, el pico más alto de América con 6.960 metros de altitud.

Viajar a Mendoza es soñar con Chile también, pues Santiago se encuentra a unas pocas horas de viaje, que serán más o menos según se viaje en avión, en ómnibus o en trafic, y según lo tengan a uno más o menos tiempo retenido en el puesto de frontera. DSC_3146En la propia ciudad de Mendoza hay visibles muestras de los lazos de hermandad entre mendozinos y chilenos como la plaza de Chile con el monumento a los libertadores San Martín y O’Higgins. De todos modos, dicen las malas lenguas que en Mendoza hay muchas veces un mal concepto de los chilenos. Típicas rencillas de vecinos.

Pero de Santiago de Chile os hablaré en otra ocasión. Ahora la parada del viajero es en Mendoza, donde, como decía antes, están los mejores vinos de Argentina.  Reza una letra de Sabina “Entre Córdoba y Maipú”, pues bien, en Maipú se encuentran, entre otras, las bodegas de la familia Zuccardi en las que se elaboran los vinos Zeta y Santa Julia con la famosa uva Malbec.

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Las visitas guiadas son muy económicas. Se recomienda ir a una o dos bodegas, no más, porque las visitas difieren muy poco de una empresa a otra. En mi caso, aficionado al vino pero para nada un experto en la materia, fue una tarde muy grata puesto que por primera vez pude sacarle a un vino matices al catarlo. Obviamente, terminé comprando una botella.

Es Mendoza también tierra de montañas, las más altas de Argentina y del megacontinente americano. Los pueblos de precordillera y cordillera andina de la provincia tienen nombres curiosos como Puente del Inca, Tupungato y Uspallata.

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Todo un camino con sabor inca y olor a aire limpio que termina de forma irremediable y maravillosa en el Parque Provincial Aconcagua.

Nunca me cansaré de repetir que la mayor experiencia que se puede vivir en el continente sudamericano es la de entrar en contacto con su naturaleza. En Aconcagua, como en Iguazú o en el río de La Plata, me sentí un diminuto e indefenso hombre de las cavernas.

Finalmente, la ciudad de Mendoza, es un sitio pequeño en el que hay muchos españoles viviendo. Esto se nota en el nombre de algunos de sus comercios. La plaza de España, en el centro de la ciudad, es de inspiración andaluza y recuerda a las obras de Aníbal González. Mendoza, además, tiene su propia Alameda, semejante al aspecto que lucía antiguamente el famoso bulevar sevillano.

Población vecina de la capital es Godoy Cruz a la que se llega en tranvía en apenas unos minutos. Actualmente, su equipo de fútbol juega en la Primera División y es entrenador por el exfutbolista de Boca Juniors, Villarreal, Real Betis y Alavés, Martín Palermo. Otra localidad fronteriza con Mendoza es Guaymallén. Prácticamente en la confluencia entre Mendoza y Guaymallén se encuentra el Núcleo Originario que fuera arrasado por el terremoto del 20 de marzo de 1861. Mendoza, como Buenos Aires, fue fundada dos veces.

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Una nube con la forma de Groenlandia

Miraba el cielo buscando formas en las nubes. Lo había aprendido de una amiga la vez que visité París. Desde entonces, en cualquier sitio que me encontrase, me empeñaba en alzar la vista para descifrar formas blancas sobre tapices azules, rojos, negros o grises.

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Unos meses atrás, la nube que más llamó mi atención tenía la forma de Groenlandia. Me extrañó ver el mapa de la isla helada sobre el cielo de Mendoza. ¿Qué hacía Groenlandia sobrevolando Sudamérica? Las nubes son caprichosas.

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Como aquella ave fénix de algodón que escupía fuego en el atardecer invernal de Sevilla.

Pero la que estaba contemplando aquella tarde, era una nube medio suicida que se precipitaba desde lo alto hasta rozar el suelo de Aznalfarache.

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Era como un remolino de agua condensada; una especie de escalera al cielo o quizás un tubo de aducir abierto desde una nave extraterrestre. Me encaminé hacia la nube y comprobé asombrado cómo mi cuerpo comenzaba a elevarse. De pronto me vi subiendo cada vez más alto y más alto. Alcancé el origen del tubo y fui escupido hacia una reconfortante nube-cama. Desde aquella alfombra voladora estuve paseando durante días por los cielos de medio mundo. Al final, la nube-cama se hizo lluvia y caí con ella a pocos metros de la península Arábiga.

Muy bien Hecho en Buenos Aires

Hecho en Buenos Aires (HBA) es una revista diferente editada por periodistas profesionales y que venden a pie de calle personas en situación de marginalidad.

Desde su fundación en junio del 2000 su directora es Flora Merkin, quien lo mismo te recibe en el pasaje San Lorenzo donde se celebra la Feria del Nuevo Mundo en pleno barrio de San Telmo que en la sede de la revista en la avenida San Juan a un paso de Puerto Madero. Flora está siempre al pie del cañón para coordinar la labor de 3 trabajadores a jornada completa, más de diez colaboradores y entre 180 y 200 vendedores.

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HBA pertenece a la Red Internacional de Publicaciones de la Calle y es un proyecto único en la Argentina que toma como modelo el de la revista The Big Issue creada en Londres en 1991.

La intención de Merkin y su equipo va más allá de que el vendedor obtenga un techo para dormir o mejore su situación económica. “Se recupera la figura del trabajo para quien estuvo viviendo en la calle. Se trata de asumir la responsabilidad de ser protagonista del propio futuro de cada uno.”

Es un proyecto que no tiene nada que ver con la publicación española La Farola. “No existe un proyecto como el de HBA en España” dice Merkin.

Precisamente, llegar a España y a cualquier otra parte del mundo es uno de los próximos retos de HBA. La idea de vender la revista a través de internet es algo que se está madurando todavía, pero la experiencia nos dice que HBA suele conseguir lo que se propone.

Y hasta ahora lo que ha conseguido esta publicación de veinte mil ejemplares a la semana es hacerse un nombre y un sitio en la vida social de Buenos Aires. Prueba de su éxito son los 13 años de vida que HBA cumplirá en junio. El primer número de 2013 sale con el titular “Te lo dijimos 150 veces”. Centena y media son las ediciones que llevan Merkin y su equipo reclamando que “Todo somos responsables de la marginalidad. Si uno no hace nada, se convierte en cómplice.” Según la directora de HBA “La pobreza existe porque la sociedad lo tolera”, por eso “Nunca se termina de ayudar”. Afortunadamente, algo del mensaje ha calado en la gente porque “La gente compra la revista por solidaridad una vez. Las siguientes veces la compra porque le gusta el contenido”.

Pero HBA no es sólo una revista. Es una empresa social en la que también se desarrolla una interesantísima actividad cultural y de comercio a pequeña escala. Muestra de ello es la Feria del Nuevo Mundo que se empezó a realizar en diciembre del 2012 en la antigua sede la revista.

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En ella se pueden adquirir durante el fin de semana productos de agricultura ecológica, ropas y algunas de las obras de arte que salen de los talleres que coordina Américo Gapden (de pie en la fotografía junto a uno de los alumnos de artes plásticas).

Los talleres de arte venían funcionando por separado desde la fundación de la revista hasta que Américo Gapden asumió la coordinación de los mismos desde hace unos 4 años. En estos talleres de pintura y escultura (hay otros de  rap y poesía que coordinan otros profesores) desarrollan sus capacidades personas que “Iban a vender la revista y se encontraron con el arte” y con resultados muy buenos. En ellos se busca constantemente “el estado de creación”. Se trata de enseñar poniendo a prueba a los alumnos, a personas que están en situación de marginalidad pero que “si se limitaran a crear desde esa situación estarían haciendo siempre lo mismo”.

Gapden ha conseguido que los alumnos interaccionen entre ellos dándoles nuevos significados a sus propias obras a través de “la interpretación que hacen los otros”. Para él es un logro que acudan mujeres al taller, cosa que no sucedía al principio. “Yo también descubrí” dice Américo Gapden. “Yo descubrí que servía para enseñar, porque hasta empezar acá, yo sólo había sido alumno”.

HBA lleva 150 semanas saliendo a la calle para sacar de la misma calle a un grupo de gente que tiene mucho que contar. 150 semanas informando y entrevistando a personajes de la talla de Luis Alberto Spinetta, Bjork, Víctor Hugo Morales o Paul McCartney.

Año nuevo en tierra antigua

Vuelvo a pisar suelo patrio. Llegué a Sevilla poco antes de las dos de la tarde del 31 de diciembre tras casi dos días de viaje en los que me dio tiempo de visitar Roma por primera vez y de cagarme de frío en Barcelona.

He dejado muchas cosas pendientes en Buenos Aires. Muchas cosas y a mucha gente. Pero eso es bueno, porque significa una excusa para regresar cualquier día. No le quepa duda a nadie de que volveré a Sudamérica en cuanto pueda. Quizás vaya como viajero o quizás como aventurero, pero me volveréis a leer desde allá.

Este Buenos Aires del 2012 ha sido para mí una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. En Boedo he vuelto a sentir la pasión del futbolista fracasado que soy que se conforma con meter un gol en una pachanga de entre semana. En Belgrano ha crecido mi yo escritor que es como decir mi yo entero. En ese barrio me he recuperado para la poesía. Y todo lo que sucedía durante dos horas a la semana en la cafetería Manhattan tenía su prolongación a lo largo de la semana en otros barrios porteños. En Barracas encontré una casa siempre abierta habitada por argentinos con corazón andaluz (¿O tal vez era al contrario?). En Almagro tuve mi casa gracias a mi casero y compañero de piso y a la vecina de arriba, que fue la primera persona en recibirme (amiga del amigo de un amigo…). En Chacarita me nació el interés por el guión de cine y fui testigo de la lucha de las televisoras comunitarias por su legalización frente a una sociedad que sólo está pendiente del enfrentamiento entre Gobierno y grupo Clarín. En el Microcentro todo fueron libros; la mayoría argentinos pero dejando sitio a una novela hecha en Sevilla por un amigo mío. En Palermo tuve todo el tiempo del mundo para pasear y para amar la lluvia. En el barrio Chino creé un pasaje para mi próxima novela. En La Boca sacié una resaca con choripán recién hecho.

En Puerto Madero de noche sentí una enorme nostalgia de la que vino a salvarme un SMS que me provocó las únicas lágrimas de esta aventura. En San Telmo descubrí la labor social de la revista Hecho en Buenos Aires, de la que hablaré aquí próximamente. Pero en San Telmo lo más importante fue que lo viví todo con alguien que me construye, me derriba y vuelve a edificarme.  En el Once tuve la primera despedida (la más importante). Buenos Aires se ha metido en mí a través de cada uno de sus barrios.

Y ahora estoy en Sevilla. Otra vez en casa. Extrañando Argentina. Otra vez indignado con la situación de España. No sé qué me deparará el 2013, sólo sé que el 2012 fue un año de cambios en el que perdí muchas cosas (pareja, trabajo, independencia familiar) pero en el que gané otras muchas (literatura, conocimiento, acción política, ganas de vivir). Sólo quiero que dentro de un año pueda mirarme y decirme, como ahora, que estoy haciendo lo que quería hacer aunque el destino siga sin ser demasiado nítido.

La nueva Córdoba

Madre nada más que hay una, pero ciudades con el nombre de Córdoba hay, al menos, dos. Yo conocía la andaluza. Desde ayer conozco también la Córdoba argentina.

imageEn esta ciudad no hay judería ni mezquita-catedral, aunque sí hay unas iglesias impresionantes y un callejón de la memoria en el que recuerdan a los asesinados por la mano del conquistador español, de la dictadura militar y de otras manos igualmente sangrientas. Tampoco hay en la Córdoba argentina salmorejo, pero tienen acá unos hojaldres llamados criollos que están muy buenos.

La nueva Córdoba, que ya no es tan nueva pero que está bien maquillada, se diferencia no sólo de la vieja Córdoba, sino también de Buenos Aires, la única ciudad argentina que le gana en tamaño y población. Córdoba es más limpia que Buenos Aires y menos ruidosa. Su arquitectura no es tan caótica y el acento de su gente es distinto. Acá no se marca el “yo” ni la “lluvia”.

Por cierto que la lluvia está amenazando. De momento es sólo un augurio. Espero que se quede en eso porque dentro de un rato voy a salir de viaje para Villa Carlos Paz, un pueblo de la sierra.

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Si los encantos de esta ciudad pudieran parecer pocos, ayer tuve el placer de reencontrarme acá con una amiga cordobesa recién llegada de Sevilla. Suele pasar desde que españoles y argentinos decidieron no dejar nunca de moverse de un lado al otro
del Atlántico.

Español, ¿yo?

Tanto en mi pasaporte como en mi DNI aparece la palabra España. Español es mi nacionalidad, por tanto. Tengo esa condición con sus correspondientes derechos y obligaciones (cada vez más obligaciones que derechos) simplemente por el lugar en el que nací. Otra cosa es el sentimiento.

Me suelo hacer esta pregunta muchas veces. ¿Soy español? ¿Me siento como tal? Los primeros días de diciembre son propicios para que me asalten las dudas. El 4 de diciembre de 1977 mi pueblo salió a la calle a pedir la autonomía que hoy tenemos. El 6 de diciembre de 1978 el pueblo español aprobó en referéndum su Constitución.

No tengo una respuesta clara. Supongo que no me molesta ser español, pero que tampoco me molestaría dejar de serlo. Ahora que estoy tan lejos de mi casa, me siento andaluz por encima de cualquier otra cosa. Tengo la certeza, además, de que Andalucía ha sido y sigue siendo pisoteada por España (o Castilla). Teníamos varias lenguas y una identidad como pueblo que fueron sepultados con la entrega de las llaves de la ciudad de Granada en 1492. Teníamos un Estatuto de Autonomía en marcha cuando se inició la Guerra Civil Española. Teníamos a Blas Infante y lo fusilaron. En nombre de España le pegaron por la espalda un tiro a Manuel José Caparrós en Málaga sólo por colgar en el balcón de la Diputación Provincial una bandera verdiblanca. Tenemos una forma de hablar de la que se mofan constantemente. Tenemos una fama de vagos injustificada que sólo responde a la envidia de aquellos que viven bajo un clima espantoso. Tenemos más de un millón de paisanos repartidos por todo el mundo. Tenemos una tradición de Gobiernos que han ido negociando en Bruselas políticas agrarias que han matado nuestro campo.

¿Y qué nos da España a nosotros? Andalucía no tiene siquiera una voz en el Congreso de los Diputados como la tienen Cataluña, País Vasco, Galicia, Navarra, Aragón, Canarias, la Comunidad Valencia…

¿Me siento español? Sí cuando juega la Roja. Sí cuando veo que la bandera española se torna morada en su tercera franja. Sí cuando las plazas se llenan de indignación. Sí cuando un grupo de gente detiene un desahucio. Sí cuando mi país avanza en sanidad y educación. Sí cuando leo Mortadelo y Filemón.

¿Me siento español? No cuando hablo con un catalán o un vasco. No cuando miro lo que España hizo en América. No cuando con un 30% de paro desde Madrid nadie enciende la voz de alarma.

Sé que soy andaluz, sé que soy sevillano y sé, como Lorca dijo, que estoy más cerca del chino bueno que del español malo.

Mumalá es nombre de mujer

Cada 25 de noviembre se celebra el día mundial contra la violencia hacia la mujer. Este año he tenido la oportunidad de sumarme a los actos que la organización Mumalá desarrolló dos días antes en la mítica plaza de Mayo, centro de todos los centros de Buenos Aires.

Bajo el nombre “Ponete la camiseta contra la violencia hacia las mujeres” Mumalá organizó partidillos de fútbol sala de equipos mixtos en los que jugaron personalidades de la política, la selección femenina de fútbol, la cultura y la comunicación de Argentina.

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Yo llegué después de un largo recorrido en Subte vestido como un futbolista profesional y como el único español que participaba en el acto lúdico-reivindicativo de la plaza de Mayo. Iba para jugar unos 10 minutos, pero terminé la tarde disputando tres encuentros y haciendo de árbitro (o referí) en otros tres o cuatro.

Quiero decir con esto que las Mumalá son mujeres que te hacen partícipe de su lucha. Uno no puede acercarse y ya está. Esta señoras y señoritas saben cómo transmitir el mensaje.

Mumalá (Mujeres de la Matria Latinoamericana) pretende hacer visible a la mujer en los ámbitos en los que aparentemente sólo existe el hombre.DSC_0234 Por otro lado, esta organización de militantes feministas trabaja para que, por ejemplo, en Argentina no muera una mujer cada dos días a manos de un hombre. Por eso una de las invitadas al acto del día 23 fue la diputada Victoria Donda, impulsora de la ley 26.485 para la declaración de Emergencia Nacional en el Congreso de la Nación que pretende prevenir y erradicar todas las formas de violencia hacia la mujer.

En Argentina hay mucho trabajo por hacer para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres. En este país se está discutiendo ahora una ley del aborto, un derecho que en España parecía protegido hasta hace poco.

Mumalá está en una lucha en la que también se discute el tema de la trata de personas. En mi opinión, tener una mujer presidiendo un país no necesariamente ayuda a eliminar las desigualdades de género, pero debería ayudar. Igualmente, sin organizaciones sociales como Mumalá, estos temas ni entrarían en la agenda política, ya presida la nación un hombre o una mujer. En todo caso, la violencia de un sexo sobre el otro es un acto repudiable que deberíamos erradicar entre todos de nuestra sociedad.

A medias

Con la cultura sucede que una obra te puede gustar mucho o nada, pero también ocurre a veces que te queda un regusto amargo en la punta de la lengua.

Es como aquella novia de los últimos años del instituto a la que querías mucho pero con la que no llegaste nunca a hacer el amor. Eso fue lo que me pasó hace unos días cuando vi Infancia Clandestina, que no concretamos lo que parecía una bonita historia.

Me sorprendió muchísimo Natalia Oreiro, seguramente porque soy español y los españoles la recordamos en otra etapa bien distinta (aquélla de “Tu veneno”), me encandiló César Troncoso -un rostro que todavía no sé por qué me resultaba familiar ya que he repasado su filmografía y no vi ninguna de sus películas- y me divirtió y emocionó Ernesto Alterio. Del mismo modo, los dos nenes me parecieron relindos y muy profesionales. Incluso el principio de esta ópera prima del argentino Benjamín Ávila me hizo recordar a la mítica Sim City (los dibujos de Andy Rivas son excelentes).

El tema; los montoneros que decidieron hacer frente a la dictadura militar argentina, narrado a través de los ojos de un chico en plena pubertad también conquistó este corazón tan alineado a la izquierda que es el mío.

Sin embargo, algo falló. Algo que no es imperdonable pero que desluce. Yo lo achaco al montaje. Le falta ritmo y dramatismo a la película. Los toques de humor y la historia de amor están muy bien trabajados. Por ejemplo, es tremendo el momento de los adolescentes en la sala de espejos de una feria. Pero es cuando los acontecimientos empiezan a precipitarse, que la película pierde su fuerza.

En todo caso, Infancia Clandestina es una de esas películas que estaría bien ver en el cine. Si me preguntan si me gustó diría que sí. Sí, pero me podía haber gustado más.

El cine, bien

En el tiempo que llevo en Buenos Aires estoy cumpliendo con mi habitual cita con el cine. Hoy he disfrutado de la segunda sesión. La primera fue la semana pasada en el Abasto Shopping y la segunda ha sido en el cine Lorca de la avenida Corrientes. De momento llevo una película argentina y una franco-libanesa. Ambas con buen resultado. Ambas con un toque de comedia, la argenta más que la segunda.

Ni un hombre más es la absurda historia de un plan perfecto que sale mal. La protagoniza Valeria Bertuccelli, a quien en España pudimos ver en Un novio para mi mujer haciendo el papel de ‘la Tana’. Esta nueva comedia argentina me gustó por muchas cosas: las localizaciones en Puerto Iguazú, el creciente enredo que empieza con un secuestro-homicidio involuntario, el toque guaraní de la cinta y el tema del reparto del botín, que, como dirían acá, es todo un tema.

Por otro lado, Y, ahora ¿dónde vamos? (Et maintenant, on va où?), fue una grata sorpresa. Entré a la sala sin saber de qué iba y pensando que vería una película en lengua francesa. Sin embargo, toda la acción transcurre en un pequeño pueblo de Líbano y los diálogos, salvo pequeñas irrupciones del inglés, son en idioma árabe. La película ya rompe la estética habitual del cine en el inicio, cuando vemos a un grupo de mujeres enlutadas bailando camino del cementerio en el que descansan a un lado los cristianos y al otro los musulmanes. Hermosa historia la de Y, ahora ¿dónde vamos?, que en ciertas ocasiones recuerda a la francesa 8 mujeres y que concluye con el mismo recurso estilístico que utilizara en su día la española Y, tú ¿quién eres?. Si no fuese una película excelente, que lo es, bastaría con la escena del hachís para recomendarla.

El cine, bien. En cambio, la lectura me dejó decepcionado hace unos días. Terminar El libro de las ilusiones de Paul Auster se convirtió en un reto y en una agonía al mismo tiempo. El escritor neoyorquino me defraudó por segunda vez, como ya hiciera con Sunset Park, aunque todavía no le pongo en la lista negra. No lo hago porque me parece que Auster tiene grandes historias que contar y que cuando se limita a narrarlas, lo hace muy bien. Pero si no disfruto con sus libros es porque se pierde en detalles que para mí son superfluos y que me aburren. Ahora estoy con Murakami, leyendo Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, un libro de 900 páginas. Difícil me parece que no le sobre ninguna. Y mientras tanto, exploro Los perros románticos de Roberto Bolaño.

Por Auster, en una librería de Corrientes, me dieron 10 pesos.

Un cuaderno siempre a mano

Entre otras cosas, vine a Argentina para escribir una novela. Por eso procuro llevar siempre un cuaderno a mano, porque la inspiración puede aparecer en cualquier lugar y en cualquier momento. La mañana de ayer la pasé en un lugar propicio para la escritura: el Parque Centenario, un bonito espacio verde al que va la gente a hacer deporte, tomar el sol, leer o darle de comer a palomas y patos.

Sin embargo, no fue allí donde encontré la inspiración, sino en un lugar totalmente distinto y gracias a que no llegué a tiempo a una cita que había acordado. Precisamente porque estuve largo rato en el Parque Centenario y luego paré también a leer un rato en la Plaza Almagro, regresé a mi casa un poco más tarde de lo que debía para almorzar. Había quedado a las 16:30 en el otro extremo de la ciudad para asistir a una clase de escritura creativa. Cuando llegué al Subte para tomar la línea D hacia Hernández era demasiado tarde como para confiar en que llegaría a tiempo a mi destino. Cansado de la caminata, decidí tomar el Subte pero simplemente para desandar lo andado. Salí de nuevo a la superficie en Medrano y tomé a esa altura la avenida Corrientes. Después de pasear unos cinco minutos vi un bar y decidí entrar a tomar algo. Estaban poniendo fútbol. Jugaban Unión de Santa Fe y Estudiantes de La Plata. En el descanso cambiaron de canal y pusieron la liga española. Así fue como, viendo el segundo tiempo del Real Madrid – Zaragoza escribí el primer relato. Más tarde, celebrando que Boca Juniors le ganó por 3 a 1 a San Lorenzo de Almagro (el equipo de mi barrio), escribí el segundo. Entre tanto hubo un café con leche acompañado de una factura con mermelada, dos Coca Colas y una botella de 650 de Heineken.

La combinación de fútbol, soledad en una ciudad inmensa, bebidas calientes y frías, con gas y sin gas, con alcohol y sin alcohol, y, sobre todo, las ganas de escribir, hizo que fuera capaz de poner en pie dos microrelatos. El primero de ellos se titula El Intercambio y el segundo La mina del sueño. Lo mejor de todo es que El Intercambio llevaba en mi cuaderno azul más de un año esperando a que lo escribiese. Hasta la tarde de ayer sólo tenía un título y una intención de escribir, pero desde ayer tengo un relato. Por eso es por lo que siempre hay que tener un cuaderno a mano, porque la inspiración llega pero tiene que pillarte trabajando.

¡Ah! Y por si fuera poco, antes de pagar la cuenta arranqué una hojita de papel del cuaderno y anoté los nombres de los personajes de mi próxima novela, ésa para la cual necesitaba venir a Buenos Aires.