El chico triste de ayer y siempre

Siempre que alguien fallece, sobre todo si se trata de un artista, todo el mundo se afana en situarse vistosamente alrededor de su figura y honrarla desmedidamente. La mayoría lo hacen sin saber de quién se trata realmente el cadáver al que llevan flores. El último ídolo muerto es Antonio Vega.

Escribo ahora desde la distancia que proporciona su cuerpo ya sepultado con la intención, precisamente, de evitar eso de lo que acabo de hablar. Yo, lo reconozco, no seguí especialmente a Vega. De él conozco las tres canciones que estos últimos días han repetido hasta el infinito todos los informativos. La chica de ayer, Se dejaba llevar y El sitio de mi recreo. De ahí, lamentablemente, no salgo. No importa, me bastan esas tres canciones para calibrar la importancia de Antonio Vega.   

Su nombre siempre irá ligado a Nacha Pop, el grupo que lideró la movida madrileña, un movimiento musical al que se le dio más bombo del que merecía si lo comparamos con el rock andaluz, muy denostado por el centralismo informativo.

Muchos grupos, al separarse, someten a sus componentes a un proceso de selección natural. Antonio Vega debió evolucionar bien, puesto que se adaptó al entorno y sobrepasó la estela de Nacha Pop, llegando hasta 2009 muerto en vida pero vivo musicalmente.

La heroína le quitó la vida hace unos días, antes ya le había quitado la salud y el amor (su pareja también murió a causa de las drogas). Pero la heroína le respetó dos cosas fundamentales: la voz y su eterna tristeza. El mundo, en parte, es de los tristes. Ellos saben escribir lo que todos sentimos. Antonio Vega era un bendito chico melancólico.

Descanse en paz. Buen provecho.