Muerte al coletas

Pablo Iglesias se marcha de la política activa. Abandona todos sus cargos en Podemos. Ya es historia. Y lo es de forma literal porque lo que ha conseguido es historia de nuestro país. Nunca la izquierda alternativa de esta segunda democracia española había tocado Gobierno a nivel nacional ni había alcanzado 5 millones de votos (su pico más alto).

Se marcha el coletas, el chepas, el trepa, el macho alfa, el pandemias, el chavista bolivariano, terrorista amigo de Bildu e hijo de terrorista, el marqués de Galapagar, el perroflauta, el enemigo público número uno. El que merece un tiro en la nuca, el que recibe balas en un sobre, el que tiene que explicar a sus hijos qué es lo que gritan al otro lado de la puerta de su casa día tras día. Muerte a Pablo Iglesias. Muerte a sus peligrosas ideas comunistas.

Todo el párrafo anterior no es mío. Es la propaganda anti-Podemos que se ha difundido desde los medios de comunicación y redes sociales desde que Podemos irrumpiera en 2014 con 5 diputados en el Parlamento Europeo. Reconozco que fui a votar a aquellas elecciones sin haber escuchado nunca el nombre de Pablo Iglesias ni de su partido. Sorprendido por el resultado, empecé a querer saber quién era ese hombre y qué era ese partido. Sentí una identificación inmediata con él. Toda mi desesperación personal de joven sin futuro se veía reflejada en su discurso. En los primeros años me emocionó hasta la lágrima a la par que me di cuenta del gran número de enemigos que se estaba granjeando. Creo que todos nos dimos cuenta pronto de que nunca le iban a dejar llegar a lo más alto.

Sus ideas son peligrosas, sí. Lo son para los poderes establecidos. Con las ideas de Pablo Iglesias se rompe España, aunque hay que aclarar que la España que se rompe es la de los privilegios. En sólo año y medio como vicepresidente del Gobierno, y con una pandemia terrible de por medio, ha conseguido subir el SMI a 950 euros, los ERTE que han salvado millones de puestos de trabajo, el Ingreso Mínimo Vital al que debe seguir una renta básica universal, la paralización durante más de un año de los desahucios y la revitalización del sistema de ayuda a la dependencia. Nada que haya puesto en riesgo la unidad de España o que haya convertido al país en una república bananera. Nada sobre todos los peligros que se habían advertido acerca de Pablo Iglesias. Igual que todas las investigaciones judiciales promovidas por las cloacas del Estado que se han abierto en su contra: nada.

Pero todo eso da igual. Da igual que Pablo Iglesias no haya cometido ningún delito en su carrera política ni que haya conseguido mejoras sociales para la mayoría. Queda ya como un traidor, como un energúmeno, como un peligroso comunista. Sin ser él nada de eso. El relato lo han ganado los medios. Nadie puede ser más poderoso en España que las eléctricas, Mediaset, Atresmedia o el Ibex35. Y esto debería preocuparnos, no por Pablo Iglesias, sino por nosotros mismos. El discurso de odio a unas ideas políticas que persiguen mejorar la vida de la gente es tal, que mucha gente necesitada de mejoras sociales las rechaza, mucha gente que no tiene para llegar a fin de mes aplaude a quienes tributan fuera de España, vota a quienes dejan morir a ancianos en residencias abandonadas a su suerte y alaba el discurso fascista de Rocío Monasterio (casada con Iván Espinosa de los Monteros) mientras rechazan el feminismo de “la mujer de Pablo Iglesias”, nada menos que la Ministra de Igualdad, Irene Montero.

Pablo Iglesias ha hecho muchas cosas mal y ha generado, con su egocentrismo, una gran división en sus propias filas (Más Madrid es el mejor ejemplo de ello) pero no ha ido en contra de los intereses de las personas más necesitadas de este país. Se ha equivocado prometiendo ideales que no se podían cumplir y traicionando algunas de sus promesas. Sin embargo, a la hora de gestionar una grave crisis económica ha dado la cara y ha hecho gran parte de lo que se podía hacer (siempre se puede hacer mejor).

Quizás la mejor parte de su legado sea el hecho de haber obligado al PSOE a mirar a su izquierda. Y, dentro de su partido, haber sabido recoger el sentir general de que Yolanda Díaz puede ser una gran líder para este país. Agotada la imagen personal de Pablo Iglesias, lo mejor que podía hacer era sacrificarse en las elecciones madrileñas evitando la desaparición de Unidas Podemos en la Asamblea de la Comunidad de Madrid y retirándose para dar paso a una persona de consenso que pueda reforzar democráticamente la marca electoral.

Los poderes fácticos ya tienen lo que querían. Han dado muerte al coletas. Adiós, peligroso comunista. Gracias, Pablo. Podemos vive, la lucha sigue.

Publicado por José Ibáñez

Escritor y periodista.

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