No estés triste

Pregunta mi amiga Ana Castro que de nuestra generación quién no tiene una “tarita”. Estamos todos fatal de lo nuestro. Las cabezas nos van como el 4G en la casa de tu tía la del pueblo. Todo el tiempo buscando cobertura. Sin éxito. Drama.

Perdón, he dicho nuestra generación pero no he dicho a cuál me refiero. ¿Cómo explicarlo? No tenemos ni nombre. Hubo un primer intento de llamarnos la Generación Y. El nombre se impuso como continuación a la anterior que había sido llamada la Generación X. Nombrecitos de mierda. Después, llegados a la universidad o incluso antes de rellenar el impreso de solicitud, recién pasada la Selectividad con una nota que ni fu ni fa, nos dijeron que éramos la generación mejor preparada de la historia (de España). Y nos lo creímos. Sobre todo aquellos cuyos padres no habían ido a la universidad. Además, ZP era presidente del Gobierno y había retirado a las tropas de Irak, gays y lesbianas ya se podían casar, no había que ir a Londres para abortar ni aun teniendo dieciséis años, daban 2.500 euros por tener un crío. ¿Qué podía salir mal? Los albañiles de mi barrio conducían BMW. Éramos la generación mejor preparada. Oh, yeah!

Eh, joven, mira aquí. Mira, una crisis. Crack. A la mierda todo. Olvídate de lo que te contaron en la “facul”. Ahora eres de la generación perdida. Vas a vivir peor que tus padres. Vas a vivir de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos, si es que puedes permitirte tener hijos y si es que encuentras a alguien con quien tenerlos. Claro, drama. Depresión. A miles de psicólogos le gusta esto.

Sí, oiga, esta columna va sobre la depresión. Pero no se ponga triste. No estés triste. Esa es la frase favorita de quienes no saben cómo ayudar a alguien que tiene depresión. No estés triste te dicen y se quedan tan panchos. Y a seguir sus fabulosas vidas mientras tú vuelves a pasarte el día encerrado en la habitación y llorando, calculando el vacío que dejarías en este mundo si decidieses desaparecer. A miles de psicólogos les preocupa esto. Y mucho. Los psicólogos son los héroes de nuestro tiempo. El mío se llama Nicolás y se lo recomiendo a cualquiera que viene con las mismas dudas que a mí me atormentaron, que ya casi no me atormentan.

Ir al psicólogo no es ningún drama. El drama es no querer vivir. Lo importante es conocerse a uno mismo y volver a quererse. Yo me quise mucho. Yo era como Martin Luther King, tenía un sueño. Pero no sólo lo tenía, también lo creía alcanzable. Como la chacra que Bego quería comprarse en Argentina. Hoy han pasado 14 años desde que nos conocimos. Bego no ha ido nunca a Argentina, no se ha comprado una chacra y, sin embargo, ha encontrado la felicidad. Ha cambiado su sueño. Cero dramas. Felicidad absoluta. Reinventar los sueños es otra forma de alcanzarlos.

Yo estoy en ello. Es mi enésimo intento. Yo pertenezco a esa generación que ahora no tiene ni nombre. Nos han metido a todos en el saco de los millennials para que no nos sintamos inútiles o para todo lo contrario, porque meter en el mismo grupo a un treintañero desempleado que vive con sus padres y a un adolescente con granos que vive de comentar videojuegos en YouTube no es nada justo. Pero yo sé que sí soy de una generación. La de los que tenemos una “tarita”. La de los que nos hemos quedado al margen de la ¿recuperación? económica. Pero también soy de la generación de los que siguen vivos. No me he muerto. No me he matado. Mola mucho decir eso. Vivo en una montaña rusa de emociones. Qué guay todo. A la mierda todo. Y así. Como Will Smith, en busca de la felicidad. Y vuelvo a quererme y tengo un sueño. Y soy feliz. A veces. La felicidad absoluta no existe. No more drama.