De izquierda a derecha: Alberto López, el 'Culebra' y Alfonso Sánchez, el 'Cabesa'.
De izquierda a derecha: Alberto López, el ‘Culebra’ y Alfonso Sánchez, el ‘Cabeza’, creadores de El mundo es nuestro.

Conforme aumenta el número de veces que uno ha visto la película El mundo es nuestro, la apariencia de comedia se va diluyendo para dar paso al impresionante trasfondo social del largometraje del que, por cierto, se ha hablado bastante poco.

Pero esto es algo habitual en el cine español. Pasó en su época con Bienvenido, Mister Marshall (Luis García Berlanga, 1953) y con la obra cumbre de José Luis Cuerda: Amanece, que no es poco (1989).

El público español está acostumbrado a reírse de su propia idiosincrasia pero no a analizar el doble fondo de las comedias patrias.

Fundido en negro, El mundo es nuestro comienza con un lamento esclarecedor: “Aquí se vive muy mal, muy mal, muy mal. Aquí se vive muy malamente, oiga, que estamos viviendo como animales”. Es la voz del tío Juanini, un traficante de droga familia del ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’, los protagonistas del film. Ambos se quejan de su “situación precaria” mientras van camino de la calle San Jacinto en Sevilla para cometer un robo en una sucursal bancaria. En este paseo en moto, el ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’ desgranan con su jerga cani los ingredientes de la crisis: corrupción, falta de oportunidades, hipotecas a treinta años, niños y perros a los que hay que recoger la mierda mientras tu vida se convierte precisamente en eso.

Es entonces cuando estos dos delincuentes de tres al cuarto llegan al centro de su discurso: “Ante el terrorismo financiero, expropiación bancaria”. ¿Se puede seguir afirmando tras escuchar esta frase que El mundo es nuestro no es más que una comedia quinqui? Imposible. Estamos ante la película española más reivindicativa de la clase trabajadora en la última década. Habría que remontarse a Los lunes al sol  (Fernando Léon de Aranoa, 2002) para encontrarse con algo parecido.

El grueso de la película se desarrolla en una sucursal bancaria adonde el ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’ entran confiados en dar un palo sencillo y rápido. La cosa se complica cuando aparece Fermín, un supuesto terrorista que amenaza con hacerse inmolar en el banco si no llaman inmediatamente a la televisión.

Pero a quienes vemos primero en el banco es al director de la oficina y a su cliente número uno, los cuales hablan sin tapujos de la explotación laboral y la justifican sin remilgos. “Despedir a alguien cuesta mucho dinero. A mí como empresario y al país, por eso lo que hay que buscar es gente sin papeles que te trabaje al 200% y cuando te den algún tipo de problemita… al carajo y punto” le dice el cliente al director del banco antes de mostrarle un maletín más negro que los cuadernos de Bárcenas. Cualquiera diría que esa parte del guión la escribió Díaz Ferrán, expresidente de la CEOE.

La película es una enciclopedia ilustrada de la picaresca española del siglo XXI, que no difiere demasiado de aquella que le valía de ganapán al Lazarillo de Tormes. En El mundo es nuestro vemos cláusulas bancarias abusivas, negocios ocultos, economía sumergida, tratos de favor, cobro fraudulento de subsidios, explotación laboral, intrusismo y degradación de la categoría profesional entre otras artimañas de las que se valen miles de españoles cada día para saborear su trozo de un podrido pastel cuyo olor enturbia el aire que respiramos.

El mundo es nuestro es también un canto a la ineptitud de los altos mandos. Sabemos que vivimos en un país en el que hay más jefes que indios y en el que los jefes no siempre están todo lo cualificados que deberían. Ocurre así con los atracadores, que ninguno de los dos sabe quién está al mando ni qué es lo que hay que hacer. Lo mismo pasa en las filas de la Policía; en el banco, donde se produce un escandaloso motín; y entre las corruptas autoridades locales.

El mundo es nuestro, Alfonso Sánchez, 2012.
El mundo es nuestro, Alfonso Sánchez, 2012.

Pero no todo es crítica. Hay tiempo para el elogio. Sobre todo, pasados los primeros cuarenta minutos de metraje, cuando se conocen las verdaderas razones de Fermín para amenazar con la inmolación. Es entonces cuando aparece implícitamente el movimiento 15-M. Quizás estemos hablando de la primera película de ficción en la que se registró el lema “No hay pan pa tanto chorizo”.

El mundo es nuestro se vuelve a partir de ese momento una oda al derecho al pataleo, único derecho que permanece todavía en pie del derrumbado Estado del Bienestar con el que nos habían endulzado la vida hasta que comenzó la crisis.

El ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’, cuyo máximo referente es el ‘Dioni’, se transforman de la noche a la mañana en adalides de la justicia social e inician su propia cruzada en contra del ‘mamoneo’ de los bancos y de los políticos.

En medio de la carcajada, las pequeñas reivindicaciones de los personajes implicados en el secuestro ponen los vellos de punta. Porque, no se puede negar que cuando la limpiadora del banco levanta la bayeta a su jefe y le espeta “Que los tiempos de Franco ya pasaron” un escalofrío de emoción, de empatía de clase, recorre fugazmente la piel del currito que asiste al desarrollo de los hechos al otro lado de la pantalla. El mundo es nuestro es tan vergonzosamente sonrojante, que quien juegue en la vida real el papel de antagonista, odiará en su fuero interno esta película, aunque se cuidará mucho de declararlo en público.

Antonio Dechent, caracterizado como el subdelegado del Gobierno, junto a Alfonso Sánchez, director de la película.
Antonio Dechent, caracterizado como el delegado del Gobierno Antonio de la Lastra, junto a Alfonso Sánchez, director de la película.

Finalmente, El mundo es nuestro supone un retrato esperpéntico de la realidad social sevillana. Quizás por eso la película no ha traspasado todas las fronteras que debería. Sin embargo, la verdad es que el lenguaje del largometraje es más universal de lo que se piensa. Podríamos conmutar la Semana Santa de Sevilla por el Mardi Gras de Nueva Orleans o por la peregrinación a La Meca y nada cambiaría. En cualquier lugar del mundo hay costumbres ancestrales que están por encima de las leyes y del sentido común. Lo que el mundo necesita son más personas dispuestas a reírse de sí mismas. Y mucha más comedia-denuncia.

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