En un sólo momento se nos han ido la risa y el llanto. Robin Williams murió la noche del lunes en Tiburón, California. Parece que se ha marchado por su propia voluntad. La natural afición de algunos medios de comunicación por la miseria humana destaca sus problemas con el alcohol y las drogas. ¿De verdad merece alguien que nos ha hecho reír y llorar que se hurgue en sus desgracias de una forma tan gratuita?

Aunque la generación de los 80 le reclame como suyo y la de los 90 haga lo mismo, la verdad es que Robin Williams fue la risa del mundo durante más de 30 años desde que interpretase a Popeye en 1980. Su grandeza no se suscribe a una generación, sino a todas las que tuvieron la suerte de ser sus contemporáneas.

Y no sólo risa nos dejó. Robin también nos provocó el llanto. Si no, paraos a ver El indomable Will Hunting (Oscar al Mejor Actor Secundario) El club de los poetas muertos. Pendiente de visionar me queda a mí, por ejemplo, Good morning, Vietnam. Afortunadamente, Robin Williams siempre estará esperándonos en el videoclub.

Creo que hay pocos actores que hayan despertado en mí los mismos sentimientos que Robin Williams. Pienso en algunos nombres: Robert De Niro, Jack Nicholson o Anthony Hopkins. Creo que pocos más pueden estar a la altura de Robin Williams.

Yo lo conocí a Robin. Esto es algo que nunca he contado. Aunque no es del todo cierto. Quizás por eso no lo haya confesado hasta ahora. Pero recuerdo un día en que visitó mi instituto un musicólogo que tenía la cara de Robin Williams. Evidentemente, yo sabía que no era él. Hablaba español y se llamaba de otra forma, pero en cuanto empezó su show y nos mostró decenas y decenas de instrumentos de todo el mundo, me hice a la idea de que era él. En parte porque el tipo parecía un profesor chiflado o un científico loco. No podéis ni imaginar cuánto disfruté aquella mañana. Quizás os esté contando una anécdota muy tonta pero creo que así os podéis hacer una idea de la chispa que Robin Williams prendió en mí.

Se nos ha ido y sólo nos queda cantarle. Entonemos nuestro verso.

¡Oh, capitán, mi capitán! Allá donde haya necesidad de una sonrisa o urgencia de una lágrima, llevaremos sus películas. Gracias por haber existido, señor Williams.

Desde aquí podemos asegurarle que el mundo sigue siendo una selva. ¡¡¡JUMANJI!!!

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