Es un mito

agua“Tengo los ojos cerrados y pienso en Paloyo. Le veo con sus cabellos rizados, con sus ojos de dulce de leche, con su piel morena, su pecho velludo y fuerte, sus brazos y piernas que no dejaban dudas sobre su condición de deportista, las chanclas con una tira entre el dedo gordo y el índice, el calzón negro estilo España’82, el silbato colgando del cuello, el reloj de pulsera, su voz ronca, sus ganas de hacer reír, un día que cayó una gran tormenta metido en la garita del guardia con la chupa de cuero puesta y mandándonos a casa porque el polideportivo estaba cerrado por inundación, en verano comiendo pipas con dos o tres socorristas más, con el polo blanco que en la espalda llevaba escrito SOCORRISTA, en la piscina del polígono San Pablo reclamando la descalificación del mayor de los Ibáñez en braza, en la piscina de verano de Aznalfarache hablando con mi padre sobre los resultados de waterpolo en no sé qué edición de los Juegos Olímpicos, en Guadalpark comiendo tortilla de patatas, en el autobús municipal cantando el amor de un nadador y una nadadora, mordiéndose los labios de rabia, con los ojos brillantes al darle clases a un niño, lanzando al agua al pequeño de los Ibáñez, el chico con síndrome de Down que le tiraba de los pelos del pecho y de la cadena de oro porque no quería nadar,  bromeando con Ana, otra monitora de natación, sobre un hipotético día en que se cayeran ambos en una piscina llena de ron, con su novia de los primeros años en la piscina y con la otra, la rubia del pelo corto con la que se iba a ir a vivir cuando se murió en el agua. Y, luego, la frustración de no poder verlo. El hecho irremediable de su pérdida. Las lágrimas de un pueblo. Miles de personas acompañando el féretro. Las ganas de que todo fuese una pesadilla. La Navidad más amarga de mi vida.”

Lo que acabas de leer es un fragmento de mi novela Bébeme, bésame. Es ficción pero es real al mismo tiempo. Paloyo existió y murió en el agua. Fue mi entrenador durante algo más de tres años. Mis hermanos se mantuvieron con él en el equipo por más tiempo hasta que falleció de forma inesperada un 22 de diciembre.

Ya hace diez años que no podemos oír su voz ni seguir sus instrucciones pero sus nadadores seguimos fieles a él. Ayer lo demostramos una vez más. Se celebró por primera vez su memorial de natación. Fueron seis horas de relevos en la piscina de San Juan de Aznalfarache, muy cerca de la calle que lleva su nombre.

Paloyo es un mito. Es cierto que el ámbito de su mitología resulta muy localista, pero lo es. Se ha convertido en leyenda y a veces el recuerdo se fusiona con la ficción, como en mi novela. En este caso el reconocimiento es merecido. Pocas veces en mi pueblo se ha estado tan de acuerdo en algo: Paloyo era un tío extraordinario.

Carrie, exnovia de Paloyo junto a una gran foto del nadador.
Carrie, exnovia de Paloyo, junto a una gran foto del nadador.

Cuando se marchó de forma tan repentina y sin darnos la posibilidad de despedirle, Paloyo estaba preparándose para casarse. La novia se llamaba Carrie y es, permítame ella la licencia, la novia del recuerdo. Tener a Carrie, igual que tener a los familiares de Paloyo, en los homenajes que le estamos haciendo a nuestro entrenador, es casi como tenerle a él con nosotros. Su novia, sus padres y sus hermanas nos traen de vuelta al hombre convertido en mito y es a través de ellos que podemos tocarle.

Hoy, diez años después del día más triste, su equipo sigue. Son muchos los nadadores que ni siquiera habían nacido cuando él se fue de este mundo pero los que nadamos con él y sus familiares y allegados hemos trabajado mucho durante todo este tiempo para que nadie olvide quien fue Paloyo. El mito es nuestro y estamos muy orgullosos de él.

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El mundo no es nuestro

De izquierda a derecha: Alberto López, el 'Culebra' y Alfonso Sánchez, el 'Cabesa'.
De izquierda a derecha: Alberto López, el ‘Culebra’ y Alfonso Sánchez, el ‘Cabeza’, creadores de El mundo es nuestro.

Conforme aumenta el número de veces que uno ha visto la película El mundo es nuestro, la apariencia de comedia se va diluyendo para dar paso al impresionante trasfondo social del largometraje del que, por cierto, se ha hablado bastante poco.

Pero esto es algo habitual en el cine español. Pasó en su época con Bienvenido, Mister Marshall (Luis García Berlanga, 1953) y con la obra cumbre de José Luis Cuerda: Amanece, que no es poco (1989).

El público español está acostumbrado a reírse de su propia idiosincrasia pero no a analizar el doble fondo de las comedias patrias.

Fundido en negro, El mundo es nuestro comienza con un lamento esclarecedor: “Aquí se vive muy mal, muy mal, muy mal. Aquí se vive muy malamente, oiga, que estamos viviendo como animales”. Es la voz del tío Juanini, un traficante de droga familia del ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’, los protagonistas del film. Ambos se quejan de su “situación precaria” mientras van camino de la calle San Jacinto en Sevilla para cometer un robo en una sucursal bancaria. En este paseo en moto, el ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’ desgranan con su jerga cani los ingredientes de la crisis: corrupción, falta de oportunidades, hipotecas a treinta años, niños y perros a los que hay que recoger la mierda mientras tu vida se convierte precisamente en eso.

Es entonces cuando estos dos delincuentes de tres al cuarto llegan al centro de su discurso: “Ante el terrorismo financiero, expropiación bancaria”. ¿Se puede seguir afirmando tras escuchar esta frase que El mundo es nuestro no es más que una comedia quinqui? Imposible. Estamos ante la película española más reivindicativa de la clase trabajadora en la última década. Habría que remontarse a Los lunes al sol  (Fernando Léon de Aranoa, 2002) para encontrarse con algo parecido.

El grueso de la película se desarrolla en una sucursal bancaria adonde el ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’ entran confiados en dar un palo sencillo y rápido. La cosa se complica cuando aparece Fermín, un supuesto terrorista que amenaza con hacerse inmolar en el banco si no llaman inmediatamente a la televisión.

Pero a quienes vemos primero en el banco es al director de la oficina y a su cliente número uno, los cuales hablan sin tapujos de la explotación laboral y la justifican sin remilgos. “Despedir a alguien cuesta mucho dinero. A mí como empresario y al país, por eso lo que hay que buscar es gente sin papeles que te trabaje al 200% y cuando te den algún tipo de problemita… al carajo y punto” le dice el cliente al director del banco antes de mostrarle un maletín más negro que los cuadernos de Bárcenas. Cualquiera diría que esa parte del guión la escribió Díaz Ferrán, expresidente de la CEOE.

La película es una enciclopedia ilustrada de la picaresca española del siglo XXI, que no difiere demasiado de aquella que le valía de ganapán al Lazarillo de Tormes. En El mundo es nuestro vemos cláusulas bancarias abusivas, negocios ocultos, economía sumergida, tratos de favor, cobro fraudulento de subsidios, explotación laboral, intrusismo y degradación de la categoría profesional entre otras artimañas de las que se valen miles de españoles cada día para saborear su trozo de un podrido pastel cuyo olor enturbia el aire que respiramos.

El mundo es nuestro es también un canto a la ineptitud de los altos mandos. Sabemos que vivimos en un país en el que hay más jefes que indios y en el que los jefes no siempre están todo lo cualificados que deberían. Ocurre así con los atracadores, que ninguno de los dos sabe quién está al mando ni qué es lo que hay que hacer. Lo mismo pasa en las filas de la Policía; en el banco, donde se produce un escandaloso motín; y entre las corruptas autoridades locales.

El mundo es nuestro, Alfonso Sánchez, 2012.
El mundo es nuestro, Alfonso Sánchez, 2012.

Pero no todo es crítica. Hay tiempo para el elogio. Sobre todo, pasados los primeros cuarenta minutos de metraje, cuando se conocen las verdaderas razones de Fermín para amenazar con la inmolación. Es entonces cuando aparece implícitamente el movimiento 15-M. Quizás estemos hablando de la primera película de ficción en la que se registró el lema “No hay pan pa tanto chorizo”.

El mundo es nuestro se vuelve a partir de ese momento una oda al derecho al pataleo, único derecho que permanece todavía en pie del derrumbado Estado del Bienestar con el que nos habían endulzado la vida hasta que comenzó la crisis.

El ‘Culebra’ y el ‘Cabeza’, cuyo máximo referente es el ‘Dioni’, se transforman de la noche a la mañana en adalides de la justicia social e inician su propia cruzada en contra del ‘mamoneo’ de los bancos y de los políticos.

En medio de la carcajada, las pequeñas reivindicaciones de los personajes implicados en el secuestro ponen los vellos de punta. Porque, no se puede negar que cuando la limpiadora del banco levanta la bayeta a su jefe y le espeta “Que los tiempos de Franco ya pasaron” un escalofrío de emoción, de empatía de clase, recorre fugazmente la piel del currito que asiste al desarrollo de los hechos al otro lado de la pantalla. El mundo es nuestro es tan vergonzosamente sonrojante, que quien juegue en la vida real el papel de antagonista, odiará en su fuero interno esta película, aunque se cuidará mucho de declararlo en público.

Antonio Dechent, caracterizado como el subdelegado del Gobierno, junto a Alfonso Sánchez, director de la película.
Antonio Dechent, caracterizado como el delegado del Gobierno Antonio de la Lastra, junto a Alfonso Sánchez, director de la película.

Finalmente, El mundo es nuestro supone un retrato esperpéntico de la realidad social sevillana. Quizás por eso la película no ha traspasado todas las fronteras que debería. Sin embargo, la verdad es que el lenguaje del largometraje es más universal de lo que se piensa. Podríamos conmutar la Semana Santa de Sevilla por el Mardi Gras de Nueva Orleans o por la peregrinación a La Meca y nada cambiaría. En cualquier lugar del mundo hay costumbres ancestrales que están por encima de las leyes y del sentido común. Lo que el mundo necesita son más personas dispuestas a reírse de sí mismas. Y mucha más comedia-denuncia.

Gracias, Robin

En un sólo momento se nos han ido la risa y el llanto. Robin Williams murió la noche del lunes en Tiburón, California. Parece que se ha marchado por su propia voluntad. La natural afición de algunos medios de comunicación por la miseria humana destaca sus problemas con el alcohol y las drogas. ¿De verdad merece alguien que nos ha hecho reír y llorar que se hurgue en sus desgracias de una forma tan gratuita?

Aunque la generación de los 80 le reclame como suyo y la de los 90 haga lo mismo, la verdad es que Robin Williams fue la risa del mundo durante más de 30 años desde que interpretase a Popeye en 1980. Su grandeza no se suscribe a una generación, sino a todas las que tuvieron la suerte de ser sus contemporáneas.

Y no sólo risa nos dejó. Robin también nos provocó el llanto. Si no, paraos a ver El indomable Will Hunting (Oscar al Mejor Actor Secundario) El club de los poetas muertos. Pendiente de visionar me queda a mí, por ejemplo, Good morning, Vietnam. Afortunadamente, Robin Williams siempre estará esperándonos en el videoclub.

Creo que hay pocos actores que hayan despertado en mí los mismos sentimientos que Robin Williams. Pienso en algunos nombres: Robert De Niro, Jack Nicholson o Anthony Hopkins. Creo que pocos más pueden estar a la altura de Robin Williams.

Yo lo conocí a Robin. Esto es algo que nunca he contado. Aunque no es del todo cierto. Quizás por eso no lo haya confesado hasta ahora. Pero recuerdo un día en que visitó mi instituto un musicólogo que tenía la cara de Robin Williams. Evidentemente, yo sabía que no era él. Hablaba español y se llamaba de otra forma, pero en cuanto empezó su show y nos mostró decenas y decenas de instrumentos de todo el mundo, me hice a la idea de que era él. En parte porque el tipo parecía un profesor chiflado o un científico loco. No podéis ni imaginar cuánto disfruté aquella mañana. Quizás os esté contando una anécdota muy tonta pero creo que así os podéis hacer una idea de la chispa que Robin Williams prendió en mí.

Se nos ha ido y sólo nos queda cantarle. Entonemos nuestro verso.

¡Oh, capitán, mi capitán! Allá donde haya necesidad de una sonrisa o urgencia de una lágrima, llevaremos sus películas. Gracias por haber existido, señor Williams.

Desde aquí podemos asegurarle que el mundo sigue siendo una selva. ¡¡¡JUMANJI!!!

Marcas de por vida

Las marcas están por todas partes. Las llevamos en la ropa, nos las comemos, vemos sus anuncios por toda la ciudad. Algunas nos gustan más que otras y, por supuesto, todos tenemos nuestra lista de favoritas.

Yo, como todos, he tenido la oportunidad de probar muchas marcas. No sé exactamente cuántas han sido pero de entre ese número incalculable, he decidido quedarme con diez. He aquí mi lista de marcas preferidas. No están todas las que son pero sí son todas las que están, ¿me explico?

1. HARIBO

HariboTengo un vicio con las chucherías. Es un problema que me supera. Me gusta tanto el azúcar que sin haber terminado de comerme una gomita ya estoy pensando en coger otra.

Para un experto en chuches como yo, elegir una marca no es nada fácil. Y aunque reconozco el valor de otras casas como Fiesta, Sugus, Chupa-Chups y Pictolín, tengo que decir que Haribo ocupa el más glorioso de los altares de la religión azucarera.

Esta marca alemana nos deleita con ositos rellenos de zumo de frutas, grageas de brillantes colores y fresitas entre otras delicatessen. ¿Seguro que no tienes ganas de ir al kiosco y llenar una bolsa con un euro de gomitas?

2. KELLOGG’S

Kellogg'sSin desmerecer la calidad y el sabor (unidos al precio) de los cereales Hacendado, hay una marca que es fija en el desayuno de millones de niños y no tan niños. Estoy hablando de Kellogg’s, esos cereales que fueron creados para alimentar a toda una familia numerosa según los preceptos de los adventistas de Battle Creek, Michigan.

Llevo toda mi vida comiendo Smacks, Choco Krispies, Miel Pops o Frosties y recuerdo con añoranza los multicolores aros Froot Loops, cuya mascota era un tucán. Para conseguir éstos últimos en España hay que acudir a tiendas especializadas como Taste of America.

3. YOIGO

Quiero dejar claro una cosa: Yoigo es la marca de telefonía móvil en la que más confío. Y también quiero haceros una confesión: soy cliente de Vodafone.

yoigoLas compañías de telefonía móvil son las que más quejas reciben de los consumidores. Una de ellas, Vodafone, está especialmente en boca de todo el mundo por los abusos cometidos contra sus clientes. A mí, de momento, me está tratando bien. Sin embargo, ninguna empresa me ha dado mejor servicio que la hispano-sueca Xfera Móviles (la empresa propietaria de la marca Yoigo).

Imagino que querréis saber por qué no soy cliente de Yoigo si tanto me gusta esta casa (y sus anuncios). Cuestiones de permanencia. Mi anterior teléfono murió y la garantía había llegado a su fin, de modo que necesitaba uno nuevo y Yoigo no me dio una oferta satisfactoria. Entonces fue cuando apareció Vodafone y le entregué con resignación mi número de cuenta por segunda vez en la vida (la primera vez se hacía llamar Airtel).

4. CRUZCAMPO

A nadie le gusta la cerveza la primera vez que la prueba. Eso es tan cierto como que las marcas de cerveza en España son territoriales. Sabiendo estas dos cosas no es de extrañar que tardara cuatro o cinco botellines en cogerle el gusto al zumo de cebada y que mi marca favorita sea Cruzcampo, tan sevillana como yo aunque hace tiempo que la compraran los holandeses de Heineken.

CruzcampoSinceramente, no es la cerveza más sabrosa del mundo pero sí es una de las más fáciles de beber y la que mejor acompaña un platito de aceitunas.

La historia de su Gambrinus es verdaderamente entrañable. Si en los últimos años has notado que ha adelgazado, estás en lo cierto. Cruzcampo decidió darle un aspecto ‘más saludable’ para  evitar el tópico de la barriga cervecera.

5. MOLESKINE

moleskineSi hay una marca que me acompaña día a día ésa es Moleskine. Desde que me dijeron (y yo hice caso) que un escritor debe tener un cuaderno de escritor, Moleskine ha sido mi gran aliado.

Mi novela Bébeme, bésame la escribí completamente a mano en tres cuadernos de esta legendaria marca que se define a sí misma como “un sencillo rectángulo negro de puntas redondeadas con una goma elástica que sujeta las cubiertas y un bolsillo en el interior”.

6. PILOTpilot

Dadme un Pilot VBall y escribiré el mundo. Su tinta líquida escribe sola. Hasta mi maldita letra de médico sale ganando con uno de estos bolígrafos. Suelo usar cuatro diferentes: el negro para los títulos, el azul para las narraciones, el rojo para los diálogos y el verde para… ¿para qué uso el verde? Da igual, el verde mola.

¿Cuántos malos poemas hemos escrito juntos, Pilot?

7. PRIMA

Puede que Prima fuese la primera marca que pedí de forma consciente en mi vida.logoPrima Un buen día le dije a mi madre que no comprase otro ketchup que no fuese de la marca Prima. Y desde entonces hasta hoy no quiero otro por mucho Heinz que se ponga por delante.

Hubo un tiempo en que mi locura por este ketchup fue tal que llegué a ponérselo a las albóndigas. Yo era joven y estaba loco. Me lo están tratando.

8. JOT DOWN MAGAZINE

jot down magazineDe las diez marcas que destaco en este artículo, Jot Down Magazine ha sido la última en llegar a mi vida. ¿Cómo se gana una empresa el fervor de un consumidor con tan poco tiempo de relación? Con unas ediciones cuidadas al milímetro, con grandes firmas del periodismo patrio, entrevistas, relatos y artículos esenciales para conocer el mundo de la cultura y la ciencia actuales y con esas fotografías en blanco y negro que tan bien se encargan de escoger de entre los archivos más selectos.

No es ningún secreto que me gustaría escribir para esta revista.

9. PACO RABANNEultraviolet

No recuerdo cuál era mi fragancia antes de conocer los perfumes de Paco Rabanne pero la verdad es que en la última década no me separo de su Ultraviolet y su Black XS.

Por cierto, que mi chica me dijo el otro día que había olido un perfume que le encantaba. El nombre del perfume es One Million y la marca que lo fabrica se llama… Paco Rabanne, está claro, ¿no?

10. PLAYMOBIL

A ninguna otra marca tengo tanto que agradecerle como a Playmobil. Sería imposible calcular el número de horas que me pegué jugando con los ‘clicks’. Yo tuve el barco pirata y el fuerte. Mi colección superaba la centena de muñecos sin rodillas. Aunque, como siempre he sido un poco creativo, el uso que yo le daba a los ‘clicks’ puede resultar particular. Lo que a mí me gustaba era hacer dos porterías de fútbol recortando una caja de zapatos, plantar una canica en medio de mi cama y poner cuatro Playmobil a cada extremo del colchón acompañados de un muñeco más grande como portero para jugar partidos de cinco minutos cronometrados con mi reloj Casio.

playmobilHace unos años mi hermano pequeño se llevó los Playmobil al campo y parece ser que mi abuelo los acabó tirando a la basura. Cada uno de ellos tenía nombre y hasta conseguí que mi hermano Alberto se los aprendiese y los respetase. Hulk, Pirata, Herrero, Raika, Torpedo, Indio, Luiz… os echo de menos.

El enano

Guillermo Francella asombró al mundo del cine con su interpretación de un jurista alcohólico en la oscarizada El secreto de sus ojos en la que compartió cartel con Ricardo Darín y Soledad Villamil. Brillar en una película en la que te hacen sombra dos monstruos de la talla de Darín y Villamil no es nada fácil, por eso Francella, ampliamente reconocido en Argentina, se ganó el aplauso del público internacional.

Ahora vuelve este experimentado a actor a los cines de España con Corazón de león, la última película de Marcos Carnevale. En ella el registro de Francella es totalmente diferente pues encarna a León Godoy, un afamado arquitecto que es todo lo que espera una mujer como la abogada Ivana Cornejo (Julieta Díaz) salvo por una cosa: mide 136 centímetros de altura. Un ‘pequeño’ detalle que hace que la relación entre Ivana y León se complique desde el principio.

Para colmo, Ivana trabaja en el mismo bufete de abogados que su exmarido, el cual sigue obsesionado con ella. El choque entre León y el exmarido de Ivana no se hará esperar y deparará una de las mejores escenas de humor de la película.

Aunque se la puede clasificar como comedia, Corazón de león tiene también un marcado sentimentalismo sin caer para nada en la lástima. Se trata de una película en la que el protagonista enano se muestra tal y como es y pretende ser aceptado por una sociedad empeñada en señalar al que es diferente. León Godoy supera los 40 centímetros de altura que le faltan con carisma y determinación, con una sonrisa en la que expresa “Este soy yo, si no te valgo, tranquila, sigamos cada uno su camino. Pero si te valgo, recuerda, este soy yo y te va a encantar conocerme”. Es un hombre que ha luchado para conseguir todo lo que tiene pero no es un superhéroe. Carnevale no ha querido vestir a Superman de enano, sino que ha dotado al personaje de Francella de humanidad pura y dura y eso es lo que lo hace real, creíble, a la par que admirado por el espectador.

Corazón de león tiene algunas de las mejores escenas cómicas que se vayan a poder ver este año en la gran pantalla al mismo tiempo que nos recuerda que no vale reírse de todo.

La película también sirve de presentación para Nicolás Francella, el hijo de Guillermo (también su hijo en este film). Habrá que seguir la carrera del joven Nicolás porque apunta maneras.