Conocí a Uve como el novio de la amiga de mi novia. El caso es que nos hemos seguido viendo más allá de aquellas relaciones de novios que terminaron ya hace tiempo.
Desde el primer momento Uve me mostró su rostro triste. Tenía aspecto de haber nacido perdiendo. Creo que a Uve la realidad le había estropeado los sueños.
Pronto noté que me apreciaba y que tiraba de mí. Me consideró su amigo mucho antes de que yo pudiese decir lo mismo -qué reservado soy a veces-.
Uve tenía barba de tres días, el pelo despeinado, una leve mancha en una paleta, un lunar sucio en la cara, ojos hermosos y tristes. Todo en él se mostraba como una ruina arqueológica: bello pero hundido.
Iba siempre con su cigarrillo de liar, con sus ilusiones rotas, con todo su pasado a cuestas, tratando de creerse que la felicidad estaba a la vuelta de la esquina. Pero Uve no sabía darle la vuelta a la esquina. Él era incapaz de olvidar y arrastraba sobre su espalda todas las experiencias negativas de su vida y cuando hablaba de las cosas bellas que le habían ocurrido, aunque hubiesen acontecido unas horas antes, él siempre las mandaba a la prehistoria de sus recuerdos.
Uve quiso ser feliz pero no supo cómo. Me llamó muchas veces, me escribió y yo no siempre le respondí. Creo que fui sincero con él en todo momento. Y creo que él sabía que yo podía imaginar lo que iba a hacer. Uve se quitó la vida hace unos días, no sé exactamente cuándo. Tampoco sé dónde descansa. Al fin descansas, Uve, al fin. Nunca te voy a olvidar, amigo maldito.

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