Los Juegos Olímpicos son el mayor espectáculo del mundo. Las retransmisiones deportivas de unas olimpiadas se ven prácticamente en todos los países del globo. Sin duda que una decisión del COI ha ayudado a poner en el mapa ciudades como Atlanta o Sydney y le ha dado un lustre irreal a grandes capitales del pasado hoy venidas a menos como Atenas. Pero los Juegos Olímpicos, tras su espectáculo de fuegos artificiales, sus récords, sus dopajes y algunos atletas exóticos con carta de invitación, dejan una ruina considerable. La factura es enorme. Pekín no sabe qué hacer con el estadio en el que voló Usain Bolt.

Y esto es válido también para otros grandes acontecimientos como una exposición universal o un mundial de fútbol. Válido para cualquier obra faraónica de casinos (Eurovegas) y urbanizaciones con piscina en medio del desierto que generan muchos puestos de trabajo temporales y alguno con posibilidades de ERE en un futuro no muy lejano.

Difícil se antoja rentabilizar a la larga una inversión tan magnánima. Hay que ser muy listos como quizás lo fueron en Lisboa para sacar fruto al día después de la ceremonia de clausura. En Sevilla tenemos un buen ejemplo. Tras la Expo del 92 se dejaron pudrir hierros, romper cristales y arder maderas de lo que fue el centro del planeta durante seis meses. Mientras eso pasaba se levantaba en la misma zona un estadio olímpico que nunca lo fue y al que ni el Betis ni el Sevilla quisieron mudarse. Después de la Expo, la Cartuja debía ser el pulmón de Sevilla. Han pasado veintiún años y todavía sigue con respiración asistida.

Justo es decir que Madrid, a diferencia de Sevilla, sí es una ciudad preparada para albergar los Juegos Olímpicos. Pero la queja no son los deméritos de Madrid sino la falta de sentido de organizar tal evento con la crisis que tenemos encima en España. Siete mil quinientos puestos de trabajo decían. ¿A qué coste? A ver si lo que nos íbamos a gastar en generarlos no lo íbamos a tener que sacar de otra reducción de sueldos públicos o de otro recorte en ayudas a la dependencia.

Por una vez tener a Rajoy de presidente nos ha servido para algo. Cuando le vi en la rueda de prensa posterior a la presentación de la candidatura de Madrid supe que estábamos salvados. Su cara de perdedor, de caballo cansado que se moja constantemente el labio con la lengua, decía claramente: Tokio 2020.

El COI, si es una institución con un poco de dignidad, no podía elegir como sede de su máxima competición a un país cuyo presidente ignora la realidad que gobierna. Del mismo modo que no podía designar a Estambul después de que Erdogan dijera que quería piscinas separadas por sexos para las pruebas de natación.

España, con los Rajoy, González y Botella a la cabeza (todos puestos a dedo, sólo el primero vencedor de unas elecciones), tenía todas las de perder. Los guardianes de la austeridad pública en beneficio de la privatización pensada para sus amigotes dan una imagen pésima del país. No era el dopaje, sino Bárcenas quien amenazaba el sueño olímpico de Madrid. La casa real, al menos, mandó al príncipe, que debe ser el único de esa familia que sabe estar en su sitio. Estábamos tan gafados que, durante el discurso de Pau Gasol, en inglés y, seguramente, el más coherente de todos, se cortó la señal internacional de televisión.

Si España quiere renacer de sus cenizas, necesita un plan de empleo estable, una estrategia que dure más de cuatro años y que no dependa de hitos puntuales. Habrá que ver qué pasa con los millones de euros invertidos ya en estos tres intentos fracasados. Qué bien nos habrían venido para salvar la sanidad o la educación, por ejemplo. Madrid, no sé buena, no vuelvas a intentarlo.

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