Hasta el momento de la explosión, el viaje había sido tranquilo. Tanto como cualquier otro domingo para Goran.

A pesar de las graves secuelas que había dejado la guerra, nadie previó la posibilidad de un atentado terrorista. La guerra había interrumpido durante varios años la conexión ferroviaria entre Sarajevo y Belgrado. Ahora, recuperada la línea, con las fronteras de Serbia y Bosnia Herzegovina bien definidas, pocos eran los que se subían al tren. En cambio, antes del enfrentamiento fratricida miles de personas viajaban a diario de una ciudad a la otra para ir a trabajar.

Goran era la excepción que confirmaba la regla. Este médico de cuarenta y cinco años y linaje serbo-bosnio a partes iguales, solía ir a Belgrado para visitar a su vieja tía abuela, el único familiar que le quedaba vivo. La guerra le quitó a casi todas las personas que quería.

El caso es que, olvidadas o, más bien, obviadas, las heridas de la guerra, Goran se encontraba aquella mañana en el viejo tren, viajando hacia el pasado. Pensaba en la oración católica que su tía entonaría antes de comer. Él, musulmán no practicante, escucharía con respeto.

Pero el tren, aunque llegó a su destino, lo hizo de forma poco ortodoxa.  Cuentan que los trozos de metal volaron por los aires hasta aterrizar a cientos de metros de distancia. Hubo mucha sangre y muchos llantos. Sangraban y lloraban dijo Goran a los policías que le visitaron en el hospital.

La Policía acudió para tomarle declaración en calidad de testigo. Había muertos y heridos. Los muertos no eran más que los dedos de dos manos, pero uno ya hubiese sido suficiente para avivar el fuego de las fobias que todavía se estaban apagando. No en el corazón de Goran, quien afortunadamente, formaba parte del grupo de los heridos. Pero, ¿qué habría pasado con la chica?

Su mayor preocupación era dar con la chica. La había estado mirando durante todo el trayecto. Tenía decidido que la abordaría al bajar del tren. Evidentemente, esto no fue posible.

La Policía le preguntó por ella. Los agentes querían saber si la chica hablaba serbio o bosnio, si quizás se hubiese expresado en árabe. Goran lo único que quería saber es que ella estaba bien y si pensaba en él. No les dijo nada sobre el velo islámico de ella.

Los médicos le dieron el alta, pero no se fue a casa de su tía, que le estaba esperando. No sabía el nombre de la chica, sólo podía buscarla por su descripción física. Empezó por la planta de cuidados intensivos. Rezó para no tener que buscarla en la unidad de quemados.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/en-portada/portada-bosnia-ekspres/812819/http://www.rtve.es/alacarta/videos/en-portada/portada-bosnia-ekspres/812819/

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Un comentario sobre “La chica del tren (cuento renovado, día 4)

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