Miraba el cielo buscando formas en las nubes. Lo había aprendido de una amiga la vez que visité París. Desde entonces, en cualquier sitio que me encontrase, me empeñaba en alzar la vista para descifrar formas blancas sobre tapices azules, rojos, negros o grises.

groenlandia

Unos meses atrás, la nube que más llamó mi atención tenía la forma de Groenlandia. Me extrañó ver el mapa de la isla helada sobre el cielo de Mendoza. ¿Qué hacía Groenlandia sobrevolando Sudamérica? Las nubes son caprichosas.

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Como aquella ave fénix de algodón que escupía fuego en el atardecer invernal de Sevilla.

Pero la que estaba contemplando aquella tarde, era una nube medio suicida que se precipitaba desde lo alto hasta rozar el suelo de Aznalfarache.

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Era como un remolino de agua condensada; una especie de escalera al cielo o quizás un tubo de aducir abierto desde una nave extraterrestre. Me encaminé hacia la nube y comprobé asombrado cómo mi cuerpo comenzaba a elevarse. De pronto me vi subiendo cada vez más alto y más alto. Alcancé el origen del tubo y fui escupido hacia una reconfortante nube-cama. Desde aquella alfombra voladora estuve paseando durante días por los cielos de medio mundo. Al final, la nube-cama se hizo lluvia y caí con ella a pocos metros de la península Arábiga.

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