Tanto en mi pasaporte como en mi DNI aparece la palabra España. Español es mi nacionalidad, por tanto. Tengo esa condición con sus correspondientes derechos y obligaciones (cada vez más obligaciones que derechos) simplemente por el lugar en el que nací. Otra cosa es el sentimiento.

Me suelo hacer esta pregunta muchas veces. ¿Soy español? ¿Me siento como tal? Los primeros días de diciembre son propicios para que me asalten las dudas. El 4 de diciembre de 1977 mi pueblo salió a la calle a pedir la autonomía que hoy tenemos. El 6 de diciembre de 1978 el pueblo español aprobó en referéndum su Constitución.

No tengo una respuesta clara. Supongo que no me molesta ser español, pero que tampoco me molestaría dejar de serlo. Ahora que estoy tan lejos de mi casa, me siento andaluz por encima de cualquier otra cosa. Tengo la certeza, además, de que Andalucía ha sido y sigue siendo pisoteada por España (o Castilla). Teníamos varias lenguas y una identidad como pueblo que fueron sepultados con la entrega de las llaves de la ciudad de Granada en 1492. Teníamos un Estatuto de Autonomía en marcha cuando se inició la Guerra Civil Española. Teníamos a Blas Infante y lo fusilaron. En nombre de España le pegaron por la espalda un tiro a Manuel José Caparrós en Málaga sólo por colgar en el balcón de la Diputación Provincial una bandera verdiblanca. Tenemos una forma de hablar de la que se mofan constantemente. Tenemos una fama de vagos injustificada que sólo responde a la envidia de aquellos que viven bajo un clima espantoso. Tenemos más de un millón de paisanos repartidos por todo el mundo. Tenemos una tradición de Gobiernos que han ido negociando en Bruselas políticas agrarias que han matado nuestro campo.

¿Y qué nos da España a nosotros? Andalucía no tiene siquiera una voz en el Congreso de los Diputados como la tienen Cataluña, País Vasco, Galicia, Navarra, Aragón, Canarias, la Comunidad Valencia…

¿Me siento español? Sí cuando juega la Roja. Sí cuando veo que la bandera española se torna morada en su tercera franja. Sí cuando las plazas se llenan de indignación. Sí cuando un grupo de gente detiene un desahucio. Sí cuando mi país avanza en sanidad y educación. Sí cuando leo Mortadelo y Filemón.

¿Me siento español? No cuando hablo con un catalán o un vasco. No cuando miro lo que España hizo en América. No cuando con un 30% de paro desde Madrid nadie enciende la voz de alarma.

Sé que soy andaluz, sé que soy sevillano y sé, como Lorca dijo, que estoy más cerca del chino bueno que del español malo.

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