Llevo en mi vida tres derbis fuera de Sevilla y en los tres perdió el Betis. Me pasó por tierras extremeñas hace diez años cuando volvía de Galicia de limpiar el chapapote de una playa coruñesa, me volvió a ocurrir en La Martinica en el primer año de facultad y me ha pasado hoy en Buenos Aires. Eso sí, esta es la primera vez que veo a mi equipo hacer el ridículo ante el eterno rival. No es como para estar orgulloso.

Sin embargo, ser del Betis es algo que no tiene explicación o que necesita mil explicaciones distintas para hacerse entender. El beticismo se hereda, el beticismo se vive y se sufre. Sobre todo se sufre. Hace cinco años, cuando celebramos nuestro primer centenario, se puso de moda un lema “Sólo los elegidos son del Betis”. Ser bético es como tener un gato. Uno se cree dueño de una pasión (o de un animal doméstico) pero la verdad es que la pasión (el gato) lo posee a uno. A los béticos, antes de nacer nos hacen una entrevista de trabajo. Nos examinan el color de la sangre que, por supuesto, es verde. Nos miden la fortaleza del corazón y la templaza de los nervios. Todo tiene que estar dentro de unos parámetros muy exigentes. Y después del examen físico nos hacen el examen psíquico. Nos preguntan si estamos preparados para sufrir y si estamos preparados para la victoria. Eso sí, nos advierten de que lo de la victoria es un ‘poné’, que lo más seguro es que no vaya a pasar, pero que a veces pasa.

Ser del Betis no es cosa fácil. Hoy menos que ayer. Pero no por eso voy a dejar de serlo.

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