Tengo un profesor de escritura creativa que es un provocador nato. No sé si lo hace porque busca encontrarnos las palabras o porque le gusta crear cierta tensión dentro del buen rollo que se respira en el grupo.

Los artistas sabemos que no hay nada más peligroso que otro artista. Lo sabemos pero a veces caemos en la trampa. Y eso fue lo que me pasó a mí el martes, que caí en la trampa que había tejido el profesor di Pace. A la pregunta “¿Usted qué música escucha?”, yo, en vez de responder con nombres de músicos y grupos concretos, dije “No sé, rock, pop… flamenco, jazz”. Y esa respuesta tan débil y falsa recibió el duro ataque de di Pace. “¿Qué músicos de jazz escucha?”. Me quedé callado, iba a nombrar a Pink Martini, pero no es un grupo de jazz, ni siquiera sé si es un grupo. Y el profesor, el hombre que miraba desde detrás de sus gafas y me señalaba con el dedo, dijo: “Usted no escucha jazz”.

Me mató. Me sumergí en el silencio y rehusé darle la mano en varias ocasiones. Llegó a decirme que no podía seguir dando la clase si no le perdonaba. Al final lo hice. Sellé la paz con di Pace, pero él llevaba razón, yo no escucho jazz. Me suena de haberlo oído en la radio, de ver portadas de disco en tonos azulados, de aquel tiempo en que en La Máquina de Escribir dábamos la bienvenida con Louis Armstrong cantando La vie en rose, de Rayuela, de la tabla periódica del jazz que me pasó Lorena Celeff hace poco.

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