Poco a poco las piezas de este macropuzzle que es Buenos Aires van encajando y yo me voy haciendo un sitio en él. Me avisaron mis amigos que ya pasaron por la experiencia de vivir fuera de España de que me preparase para tener momentos malos. Hoy fue uno de esos, pero sólo hasta la hora de comer. Esta mañana comencé la búsqueda de empleo y también de cursos de formación. Eso es algo que siempre me ha agobiado. Tener que tomar decisiones sobre el futuro profesional o académico nunca me gustó. Por suerte, siempre hay alguien de confianza al otro lado y luego de un par de charlas con amigos y de un buen plato de pasta con tomate, recuperé un poco el optimismo.

El verdadero encuentro con la felicidad se produjo más tarde en la cafetería de la foto que acompaña a este texto. O, más bien, fue allí donde empezó a fraguarse mi dicha. Asistí en la cafetería Manhattan (Cabildo con La Pampa, en Belgrano) a un taller de escritura creativa. Hacía años, desde que curse la asignatura del mismo nombre en la Facultad de Comunicación de Sevilla, que tenía ganas de volver a recibir esta clase de conocimientos aplicables a la creación literaria.

Fue una reunión en petit comité en la que, según se mire, éramos españoles la mitad más uno o eran argentinos la mitad más uno de los asistentes. Los hijos que nacen en lugar diferente al que vio nacer a los padres siempre dieron mucho juego. Decía que fue una reunión minoritaria, casi privada, pero no del todo porque un hombre se levantó de la mesa de al lado y le dijo al profesor que había sido un placer escuchar parte de la clase. Fuimos tres escritores con ganas de escuchar y de ser escuchados que estuvieron departiendo sobre poesía y estructuras de la poesía aplicables al relato o la novela durante unas dos horas.

De Manhattan salí con las neuronas dando vueltas y “el alma pegada al paladar” (Juan Gelmán), de tal forma que me pasé la primera parte del viaje de regreso en Subte escribiendo en mi cuadernito azul. Empecé un relato al que titulé Luces y Flores en la Carretera, pero, aunque voy a cerrar esta entrada con una doble recomendación literaria, no serán mías las palabras que deje a continuación, sino de otros mucho mejores que yo.

Gracias a la clase de hoy empecé a conocer a Juan Gelmán, del que nunca había leído nada. Me anoté la última estrofa del IV canto de Carta Abierta:

sufridera del mundo aternurándolo/

pisada claridad/ agua deshecha

que así hablás/ crepitás/ ardés/ querés/

me das tus nuncas como mesmo niño

Y más allá de lo que aprendí hoy en un taller de escritura en Buenos Aires, tengo que dejar aquí unos versos de Los Perros Románticos de Roberto Bolaño que hace poco me regaló Begoña Quinteiro y yo ahora se los regalo a todos los que aquí se detengan:

En aquel tiempo yo tenía veinte años

y estaba loco.

Había perdido un país

pero había ganado un sueño.

Y si tenía ese sueño

lo demás no importaba.

Ni trabajar ni rezar

ni estudiar en la madrugada

junto a los perros románticos.

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