Entre otras cosas, vine a Argentina para escribir una novela. Por eso procuro llevar siempre un cuaderno a mano, porque la inspiración puede aparecer en cualquier lugar y en cualquier momento. La mañana de ayer la pasé en un lugar propicio para la escritura: el Parque Centenario, un bonito espacio verde al que va la gente a hacer deporte, tomar el sol, leer o darle de comer a palomas y patos.

Sin embargo, no fue allí donde encontré la inspiración, sino en un lugar totalmente distinto y gracias a que no llegué a tiempo a una cita que había acordado. Precisamente porque estuve largo rato en el Parque Centenario y luego paré también a leer un rato en la Plaza Almagro, regresé a mi casa un poco más tarde de lo que debía para almorzar. Había quedado a las 16:30 en el otro extremo de la ciudad para asistir a una clase de escritura creativa. Cuando llegué al Subte para tomar la línea D hacia Hernández era demasiado tarde como para confiar en que llegaría a tiempo a mi destino. Cansado de la caminata, decidí tomar el Subte pero simplemente para desandar lo andado. Salí de nuevo a la superficie en Medrano y tomé a esa altura la avenida Corrientes. Después de pasear unos cinco minutos vi un bar y decidí entrar a tomar algo. Estaban poniendo fútbol. Jugaban Unión de Santa Fe y Estudiantes de La Plata. En el descanso cambiaron de canal y pusieron la liga española. Así fue como, viendo el segundo tiempo del Real Madrid – Zaragoza escribí el primer relato. Más tarde, celebrando que Boca Juniors le ganó por 3 a 1 a San Lorenzo de Almagro (el equipo de mi barrio), escribí el segundo. Entre tanto hubo un café con leche acompañado de una factura con mermelada, dos Coca Colas y una botella de 650 de Heineken.

La combinación de fútbol, soledad en una ciudad inmensa, bebidas calientes y frías, con gas y sin gas, con alcohol y sin alcohol, y, sobre todo, las ganas de escribir, hizo que fuera capaz de poner en pie dos microrelatos. El primero de ellos se titula El Intercambio y el segundo La mina del sueño. Lo mejor de todo es que El Intercambio llevaba en mi cuaderno azul más de un año esperando a que lo escribiese. Hasta la tarde de ayer sólo tenía un título y una intención de escribir, pero desde ayer tengo un relato. Por eso es por lo que siempre hay que tener un cuaderno a mano, porque la inspiración llega pero tiene que pillarte trabajando.

¡Ah! Y por si fuera poco, antes de pagar la cuenta arranqué una hojita de papel del cuaderno y anoté los nombres de los personajes de mi próxima novela, ésa para la cual necesitaba venir a Buenos Aires.

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