Planeta solar

Tengo una asignatura pendiente con los museos de Buenos Aires. Afortunadamente, este jueves he empezado a pagar mis deudas con una doble visita. La primera fue a la casa de Carlos Gardel en la calle Jean Jaures 735. La entrada cuesta el simbólico precio de 1 peso. La visita es breve pero no está mal. La casa-museo de Gardel hace un repaso a toda su vida y obra desde su nacimiento supuestamente en Toulouse hasta su trágica muerte en Colombia en un accidente de avión.

Sobre su nacimiento me gustaría decir que el museo da por sentando que vino al mundo con el nombre de Charles Gardes en Toulouse (Francia), algo que todavía se discute. De hecho, si uno cruza el río de La Plata y pregunta en Montevideo, le dirán que Gardel nació allí. A mí, en realidad, la teoría que más me seduce es la que cuenta que el rey del tango nació en Buenos Aires como Carlos Gardés y tuvo que refugiarse en Montevideo acusado de asesinato, cambiando la última letra de su apellido y su lugar de nacimiento.

Pero para museo interesante, el de Xul Solar, pintor amigo de Jorge Luis Borges que anunció en los años sesenta: “Mi obra se apreciará en el año 2000”. Por lo que vi en los recortes de prensa de su museo, se le empezó a reconocer en los 90 (hubo una exposición en Madrid en 1993).

La entrada al museo Xul Solar en la calle Laprida 1214 cuesta 20 pesos. Está prohibido hacer fotos, grabar, tocar los cuadros y no sé cuántas cosas más con las que dan la bienvenida al visitante en un cartel que hay en la entrada.

Xul Solar se llamaba en realidad Alejando Schulz Solari. Era un creador nato desde el nombre que eligió (Luz del Sol) hasta un juego de mesa llamado panajedrez pasando, por supuesto, por sus obras en las que destacan los signos del zodiaco, la religión, el movimiento indígena, la pérdida de la verticalidad, los colores y el lenguaje especial que él mismo inventó.

Zodiaco, 1953. Xul Solar.

Xul terminó sus días trabajando en la casa que compró en Tigre, un lugar maravilloso de la provincia de Buenos Aires que fue el último sitio que visité en 2011 la primera vez que estuve en Argentina.

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A medias

Con la cultura sucede que una obra te puede gustar mucho o nada, pero también ocurre a veces que te queda un regusto amargo en la punta de la lengua.

Es como aquella novia de los últimos años del instituto a la que querías mucho pero con la que no llegaste nunca a hacer el amor. Eso fue lo que me pasó hace unos días cuando vi Infancia Clandestina, que no concretamos lo que parecía una bonita historia.

Me sorprendió muchísimo Natalia Oreiro, seguramente porque soy español y los españoles la recordamos en otra etapa bien distinta (aquélla de “Tu veneno”), me encandiló César Troncoso -un rostro que todavía no sé por qué me resultaba familiar ya que he repasado su filmografía y no vi ninguna de sus películas- y me divirtió y emocionó Ernesto Alterio. Del mismo modo, los dos nenes me parecieron relindos y muy profesionales. Incluso el principio de esta ópera prima del argentino Benjamín Ávila me hizo recordar a la mítica Sim City (los dibujos de Andy Rivas son excelentes).

El tema; los montoneros que decidieron hacer frente a la dictadura militar argentina, narrado a través de los ojos de un chico en plena pubertad también conquistó este corazón tan alineado a la izquierda que es el mío.

Sin embargo, algo falló. Algo que no es imperdonable pero que desluce. Yo lo achaco al montaje. Le falta ritmo y dramatismo a la película. Los toques de humor y la historia de amor están muy bien trabajados. Por ejemplo, es tremendo el momento de los adolescentes en la sala de espejos de una feria. Pero es cuando los acontecimientos empiezan a precipitarse, que la película pierde su fuerza.

En todo caso, Infancia Clandestina es una de esas películas que estaría bien ver en el cine. Si me preguntan si me gustó diría que sí. Sí, pero me podía haber gustado más.

10 kilómetros hispano-argentinos

El cartel de la 3ª Maratón Hispano Argentina lo dejaba bien claro: “No se suspende por lluvia. ¡Te esperamos!”, pero a las 6 de la mañana la tormenta era tan estruendosa que me despertó de golpe. Tenía pensando levantarme una hora después y salir un poco antes de las 8 hacia los bosques de Palermo donde la carrera empezaba a las 9.

Algunos pensaréis, “están locos estos romanos, una carrera un lunes a las 9 de la mañana”. No os precipitéis, los argentinos saben muy bien lo que hacen. Hoy es feriado por el día de la Soberanía Nacional que fue el jueves. Aquí hace tiempo que se celebran las fiestas los lunes como se hará en España a partir del próximo año.

Llovía a mares a primera hora del día pero, por suerte, el cielo se calmó. Incluso había salido el sol cuando llegué al Monumento a los Españoles. A unos doscientos metros de allí estaba la línea de salida. El recorrido de la carrera formaba un total de 10 kilómetros. Sin embargo, en Argentina le llaman Maratón a las carreras populares, aunque la distancia no sea la que recorrió Filípides para anunciar en Atenas el triunfo de Grecia sobre los persas. Así que, aunque sea de mentirijilla, puedo decir que he corrido una Maratón en Buenos Aires.

Después de levantarme a las siete de la mañana un día de fiesta y recorrer media ciudad en Subte (14 estaciones en 2 líneas diferentes), pobre de mí, cometí tres errores en la prueba. El primero fue no llevarme nada de abrigo para cubrirme después de correr. Lo lamenté mucho cuando al llegar vi que habían preparado un guardarropa. El segundo error fue salir demasiado fuerte. Quería ir a un ritmo de 4’30″/km y en los dos mil primeros metros lo conseguí, pero mi velocidad decayó a partir del tercer kilómetro. No demasiado, pues completé la carrera en 48’50” (hubieran sido 45 minutos de mantener el ritmo inicial). Y ahí, en la llegada, me di cuenta del tercer equívoco. El chip que registra el tiempo de los corredores me lo había puesto sobre el pecho, atado al dorsal. Una de las chicas de la organización me aclaró que mi tiempo no quedaría grabado porque el sensor sólo visualiza el chip si lo llevas en el botín. Imagino que oficialmente no habrá constancia de que finalicé felizmente los 10 kilómetros. Lo cual es una lástima porque creo que he sido el primero de mi pueblo. Pero no importa; mis piernas saben que ellas han corrido durante casi 49 minutos sin parar ni un segundo y las he invitado a un relajante baño al llegar a casa.

Al terminar, agotado, un poco frustrado por lo del chip, bebí agua mientras por los altavoces sonaba la sevillana “Yo siempre fui con Triana”. Cuando ya me marchaba de vuelta al Subte de Plaza de Italia, una grabación emitía aquella mítica canción del toro y la luna. Para celebrar este día de hermandad hispano-argentina, os dejo con la voz de oro de Toni López y su grupo Los Centellas.

Buenojaire

Los argentinos realmente no saben nada de cómo hablamos los españoles. Tienen una vaga idea bastante alejada de nuestra forma de pronunciar. De hecho piensan que todos los españoles hablan de la misma forma. Nada más lejos de la verdad, queridos boludos míos.

En primer lugar, las imitaciones de español que le he oído a los argentinos son lamentables. Nosotros lo hacemos mejor cuando tratamos de copiarles a ellos. Las cosas como son. En Buenos Aires la gente se cree que en España hablamos como los protagonistas de la película Bienvenidos al norte. Todas nuestras eses las transforman en ches y así dicen cosas como “Echtoy en Buenoch Airech de vacacionech”. A veces me dan ganas de decirles que el único que habla así en mi país es Mariano Rajoy y que no es de buen agrado compararnos al resto con él.

En segundo lugar no saben, hasta que lo escuchan, que en España hay acentos muy diferentes. A mi amiga Vanessa, que es catalana, le pidieron que hiciera la voz del GPS y a mí algunos me han dicho que tengo acento latinoamericano, que no parece que sea español. Por eso me sorprendí cuando la semana pasada me preguntaron “¿Eres andaluz?”. Había truco, la chica me había notado el acento porque ella es madrileña.

Para ilustrar mejor lo que quiero decir, sobre todo para que los argentinos aprendan, pondré ejemplos prácticos de diferentes acentos españoles. Espero que con esto nunca vuelvan a imitarnos tan mal.

Empezaré por el acento vasco. Para ello he decidido tomar prestado un vídeo del cocinero Karlos Arguiñano en el que habla de la situación política en España. Así aprendéis acentos y política al mismo tiempo. Obsérvese que el vasco se expresa con carácter, marcando bien las eses, con seriedad y como  echando el cuerpo hacia delante. Por cierto, espero que os hayáis dado cuenta de que no es lo mismo llamarse Karlos que Carlos.

Tampoco es lo mismo llamarse Andrés que Andreu. Normalmente, si te llamas Andreu, como el cómico de apellido Buenafuente, es porque eres catalán. El acento en este caso también es distinto. Particularmente especial es la forma de marcar la ele, aunque Buenafuente no es en ese aspecto tan catalán como el ex president de la Generalitat Jordi Pujol. Otros ejemplos muy buenos para saber como pronuncia el español un catalán podrían ser la forma que tenía de contar los chistes Eugenio o los programas de televisión de Eduard Punset.

A los argentinos, si acaso, les suena el acento madrileño. Y es curioso, porque en España pensamos que la pronunciación de nuestro idioma más parecida a lo que sería un acento estándar es la de Valladolid. Por lo menos, así me lo aprendí yo, que decían en Noche Hache, el programa que presentaba la mujer a la que voy a poner de ejemplo para el acento castellano, la segoviana Eva Hache.

Acentos en España hay muchos. Son dignos de estudio cualquiera de ellos, desde el murciano al canario pasando por el extremeño y el gallego, por ejemplo. Pero, sin duda, yo me quedo con el mío, el andaluz, aunque sea bastante difícil definir el acento andaluz porque creo que no miento si digo que en cada pueblo de Andalucía se habla de una forma diferente. Aun así hay normas comunes y algunas de ellas las explica Dani Rovira cuando cuenta la versión andaluza de Caperucita Roja. Quizás, después de ver este último vídeo de hoy, los bonaerenses comprendan por qué yo a su ciudad la llamo ‘Buenojaire’.

El cine no comercial

La oferta cultural de Buenos Aires es inabarcable. Desde ayer, por ejemplo, se está celebrando un festival de jazz en el que algunos conciertos son gratuitos, el Centro Cultural de la Cooperación celebra su décimo aniversario, mañana llegan los estrenos a las salas de cine, el sábado hay un concierto a una cuadra de mi casa y, por supuesto, hay miles de propuestas diferentes en las salas de teatro del circuito Corrientes, el off Corrientes y el oficial con el Teatro Colón a la cabeza.

Yo hoy quiero hablar del cine, de una forma no comercial de entender el séptimo arte. Se trata de una serie de salas, no demasiadas, que me recuerdan al Avenida de Sevilla y a lo que, a veces, hace el Ábaco de Camas. Me estoy refiriendo al cine Lorca y al Arteplex, también a las salas del INCAA (aunque a éstas todavía no he ido).

En todos estos cines se pueden ver películas que ni se llegan a estrenar en el circuito comercial. Películas como Y, ahora ¿dónde vamos? de la que hablé hace unos días o como Moonrise Kingdom, que ya tuve ocasión de ver en Sevilla. También se permiten el lujo de reestrenar grandes joyas de la historia del cine como Casablanca y, por supuesto, todo el cine argentino pasa por la cartelera del Lorca, el Arteplex y el INCAA.

Quiero volver al último título que acabo de nombrar. Se cumplen 70 años del estreno de Casablanca. Yo, lo confieso, nunca antes la había visto. Estaba en pecado mortal hasta la tarde de ayer. Creo que no descubro nada si digo que estamos ante una de las mejores películas de la historia. Tendré que ser más personal si quiero transmitir lo que yo sentí al ver Casablanca.

Pues bien, llevo todo el día tarareando la melodía de A time goes by y no puedo ni quiero borrarme de la memoria el rostro de Ingrid Bergman como pasado por un filtro de seda mirando al sentimental de Humphrey Bogart.

A pesar de ser una ficción, creo que jamás había sido testigo de una historia de amor tan verdadera. El cine tiene estos logros. Que los siga manteniendo depende, en gran parte, de que existan salas no comerciales como el Lorca, el Arteplex y el INCAA en Buenos Aires o el Avenida en Sevilla.

Siempre nos quedará el cine no comercial.

Un jardín japonés y un libro español

Argentina son los argentinos y sus circunstancias. Y la mayor de esas circunstancias es que los argentinos proceden de muchas partes, sobre todo de Italia y España, pero también hay colectividades de japoneses, alemanes, chinos, armenios y polacos, más toda la inmigración lationamericana que no  para de crecer. Todos estos pueblos han dejado su huella en la ciudad de Buenos Aires, donde es más difícil encontrar la huella de los pueblos originarios.

Junto a la plaza Güemes, por ejemplo, se encuentra la plazoleta Ararat en honor al monte más alto de la Armenia histórica. Aunque Ararat, donde Noé dejó aparcada el arca, pertenece hoy a Turquía, sigue siendo uno de los símbolos nacionales de Armenia. Así mismo, hay un jardín holandés, una plaza de Italia, otra de Alemania, un monumento a los españoles, una plaza de Cataluña, un barrio chino, los colores de la bandera sueca en la camiseta de Boca Juniors… y un jardín japonés.

Entrar al Jardín Japonés de Buenos Aires cuesta 16 pesos (2,50 euros) y decir que la cámara es tuya y las fotografías son para uso personal. Después de eso, uno se da cuenta de que el jardín parece por fuera mucho más espectacular de lo que es por dentro. Aun así es un sitio lindo para visitar en el que se puede pasar un rato bastante agradable.

Pasé la mañana de ayer paseando por el Jardín Japonés y los alrededores aunque dejé la visita para el zoológico y el Jardín Botánico para otro día. E hice bien, porque por la tarde me esperaba un amigo español en la avenida de Mayo.

El farmacéutico y doctor de la Universidad de Sevilla, Manuel Machuca está en Argentina estos días con una agenda muy apretada. Machuca fue nombrado este lunes profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y está participando hoy en la Jornada de Atención Farmacológica que organizan la OFIL (Organización de Farmacéuticos IberoLatinoamericanos) y la UBA. Además, ayer presentó su primera novela Aquel viernes de julio en la sede de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) en la avenida de Mayo y mañana lo hará en Rosario, donde también participará en la 2ª Reunión de Ciencias Farmacéuticas. 

Aquel viernes de julio es un libro cuyo inicio se sitúa en la noche anterior al estallido de la Guerra Civil Española. Cuenta la historia de Borja Quincoces, un señorito andaluz que se enamora de Chari, una gitana del barrio de Triana.

Según Manuel Machuca, es una novela que habla de la identidad y en la que no ha querido ser partidista a la hora de abordar uno de los episodios más tristes de la historia de España. De todos modos, quienes conoces a Machuca sabemos de qué parte está. Prometo hacer una reseña cuando haya leído el ejemplar que me llevé ayer firmado por el propio autor. Otro día también os hablaré del sitio al que fuimos a cenar después algunos de los que estuvimos en la presentación de la novela.

Ser del Betis

Llevo en mi vida tres derbis fuera de Sevilla y en los tres perdió el Betis. Me pasó por tierras extremeñas hace diez años cuando volvía de Galicia de limpiar el chapapote de una playa coruñesa, me volvió a ocurrir en La Martinica en el primer año de facultad y me ha pasado hoy en Buenos Aires. Eso sí, esta es la primera vez que veo a mi equipo hacer el ridículo ante el eterno rival. No es como para estar orgulloso.

Sin embargo, ser del Betis es algo que no tiene explicación o que necesita mil explicaciones distintas para hacerse entender. El beticismo se hereda, el beticismo se vive y se sufre. Sobre todo se sufre. Hace cinco años, cuando celebramos nuestro primer centenario, se puso de moda un lema “Sólo los elegidos son del Betis”. Ser bético es como tener un gato. Uno se cree dueño de una pasión (o de un animal doméstico) pero la verdad es que la pasión (el gato) lo posee a uno. A los béticos, antes de nacer nos hacen una entrevista de trabajo. Nos examinan el color de la sangre que, por supuesto, es verde. Nos miden la fortaleza del corazón y la templaza de los nervios. Todo tiene que estar dentro de unos parámetros muy exigentes. Y después del examen físico nos hacen el examen psíquico. Nos preguntan si estamos preparados para sufrir y si estamos preparados para la victoria. Eso sí, nos advierten de que lo de la victoria es un ‘poné’, que lo más seguro es que no vaya a pasar, pero que a veces pasa.

Ser del Betis no es cosa fácil. Hoy menos que ayer. Pero no por eso voy a dejar de serlo.

Usted no escucha jazz

Tengo un profesor de escritura creativa que es un provocador nato. No sé si lo hace porque busca encontrarnos las palabras o porque le gusta crear cierta tensión dentro del buen rollo que se respira en el grupo.

Los artistas sabemos que no hay nada más peligroso que otro artista. Lo sabemos pero a veces caemos en la trampa. Y eso fue lo que me pasó a mí el martes, que caí en la trampa que había tejido el profesor di Pace. A la pregunta “¿Usted qué música escucha?”, yo, en vez de responder con nombres de músicos y grupos concretos, dije “No sé, rock, pop… flamenco, jazz”. Y esa respuesta tan débil y falsa recibió el duro ataque de di Pace. “¿Qué músicos de jazz escucha?”. Me quedé callado, iba a nombrar a Pink Martini, pero no es un grupo de jazz, ni siquiera sé si es un grupo. Y el profesor, el hombre que miraba desde detrás de sus gafas y me señalaba con el dedo, dijo: “Usted no escucha jazz”.

Me mató. Me sumergí en el silencio y rehusé darle la mano en varias ocasiones. Llegó a decirme que no podía seguir dando la clase si no le perdonaba. Al final lo hice. Sellé la paz con di Pace, pero él llevaba razón, yo no escucho jazz. Me suena de haberlo oído en la radio, de ver portadas de disco en tonos azulados, de aquel tiempo en que en La Máquina de Escribir dábamos la bienvenida con Louis Armstrong cantando La vie en rose, de Rayuela, de la tabla periódica del jazz que me pasó Lorena Celeff hace poco.

El cine, bien

En el tiempo que llevo en Buenos Aires estoy cumpliendo con mi habitual cita con el cine. Hoy he disfrutado de la segunda sesión. La primera fue la semana pasada en el Abasto Shopping y la segunda ha sido en el cine Lorca de la avenida Corrientes. De momento llevo una película argentina y una franco-libanesa. Ambas con buen resultado. Ambas con un toque de comedia, la argenta más que la segunda.

Ni un hombre más es la absurda historia de un plan perfecto que sale mal. La protagoniza Valeria Bertuccelli, a quien en España pudimos ver en Un novio para mi mujer haciendo el papel de ‘la Tana’. Esta nueva comedia argentina me gustó por muchas cosas: las localizaciones en Puerto Iguazú, el creciente enredo que empieza con un secuestro-homicidio involuntario, el toque guaraní de la cinta y el tema del reparto del botín, que, como dirían acá, es todo un tema.

Por otro lado, Y, ahora ¿dónde vamos? (Et maintenant, on va où?), fue una grata sorpresa. Entré a la sala sin saber de qué iba y pensando que vería una película en lengua francesa. Sin embargo, toda la acción transcurre en un pequeño pueblo de Líbano y los diálogos, salvo pequeñas irrupciones del inglés, son en idioma árabe. La película ya rompe la estética habitual del cine en el inicio, cuando vemos a un grupo de mujeres enlutadas bailando camino del cementerio en el que descansan a un lado los cristianos y al otro los musulmanes. Hermosa historia la de Y, ahora ¿dónde vamos?, que en ciertas ocasiones recuerda a la francesa 8 mujeres y que concluye con el mismo recurso estilístico que utilizara en su día la española Y, tú ¿quién eres?. Si no fuese una película excelente, que lo es, bastaría con la escena del hachís para recomendarla.

El cine, bien. En cambio, la lectura me dejó decepcionado hace unos días. Terminar El libro de las ilusiones de Paul Auster se convirtió en un reto y en una agonía al mismo tiempo. El escritor neoyorquino me defraudó por segunda vez, como ya hiciera con Sunset Park, aunque todavía no le pongo en la lista negra. No lo hago porque me parece que Auster tiene grandes historias que contar y que cuando se limita a narrarlas, lo hace muy bien. Pero si no disfruto con sus libros es porque se pierde en detalles que para mí son superfluos y que me aburren. Ahora estoy con Murakami, leyendo Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, un libro de 900 páginas. Difícil me parece que no le sobre ninguna. Y mientras tanto, exploro Los perros románticos de Roberto Bolaño.

Por Auster, en una librería de Corrientes, me dieron 10 pesos.

Un cementerio y una marcha (LGTB)

El sábado viví un día intenso que terminó bien entrada la madrugada. Fue un día de contrastes también, que comenzó en un cementerio y terminó en una marcha por los derechos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTB).

Pasado el mediodía me encontraba frente a la puerta del cementerio de La Recoleta. Había quedado allí  para ver tumbas, especialmente la de Evita. Nos costó bastante encontrar el lugar de descanso de la segunda esposa de Juan Domingo Perón.

En un descuido imperdonable, habíamos buscado su nombre en el mapa por el apellido del marido en vez del Duarte que le venía de familia.Subsanado el error, fue más fácil localizarla.

Encontrar la tumba de Evita supuso finalmente una enorme decepción. La gran dama argentina se encuentra en un mausoleo familiar en una angosta calle del cementerio. Llama más la atención la cantidad de gente que se detiene a contemplarla que la tumba en sí.

Al salir del cementerio, tomamos choripán en el parque Francés y caminamos hasta la Facultad de Derecho, la Floralis Generalis y la Biblioteca Nacional, para la que queda pendiente otra visita con más tiempo para ver la exposición de dibujos de Luis Alberto Spinetta.

La tarde-noche fue totalmente diferente al comienzo del día en La Recoleta. Nos esperaba la plaza de Mayo, en donde comenzaba la marcha LGTB.

Nunca había estado en un día del Orgullo. Siempre lo había visto por televisión. La verdad es que la experiencia fue alucinante. Sin duda repetiré el año que viene, me encuentre en la ciudad que me encuentre.

Una de las grandes cosas que tiene Argentina es el matrimonio igualitario, que por suerte va siendo más común de lo que era cuando España lo aprobó hace siete años. La sociedad no puede obviar que hombres y mujeres son iguales en derechos y obligaciones, como lo son también indistintamente de su condición sexual. Argentina en ese sentido hace ya unos años que dio un paso al frente. Pero todavía tiene que dar más pasos y por eso había mucha gente pidiendo una ley de identidad de género y la legalización del aborto. Son muchos los que no quieren que estas leyes se aprueben, pero todos sabemos que acabarán perdiendo.