En menos de una semana, como si se tratara de un chiste, hemos recibo dos noticias; una buena y una mala. La buena, el Premio Nobel de Literatura para Mario Vargas Llosa. La mala, la muerte del actor Manuel Alexandre. La vida confirma así su sabor agridulce.

Al escritor la noticia del Nobel le cogió de madrugada y por sorpresa en Nueva York. Hacía veinte años que el Premio Nobel de Literatura no era para la lengua española. En esas dos décadas ha habido omisiones muy graves. La última ya irremediable fue la de Mario Benedetti, el escritor que menos premios obtuvo en relación a los que hubiera merecido. Por este largo tiempo de espera, el nombramiento de Vargas Llosa por parte de la Academia Sueca debe llenarnos de alegría a todos los hispanoblantes y debe convertirse en aliento de los que escribimos en lengua castellana. Un premio como el Nobel de Literatura no se otorga únicamente a un escritor, sino que es un reconocimiento compartido con el idioma de dicho escritor y con su país. En este caso, aunque se ha recalcado la doble nacionalidad de Vargas Llosa, Perú tiene derecho a reclamar primero el honor de este galardón. Por otra parte, la concesión del Nobel sirve siempre para que millones de lectores se acerquen a la obra del premiado. Llegados a este punto he de reconocer mi escaso conocimiento de los libros de Vargas Llosa. Apenas puedo mencionar Cartas a un joven novelista, un ensayo epistolar del que tomé buena nota hará unos cuatro años y al que tengo que volver pronto para recuperar lo aprendido. No he ido más allá en su literatura, pero sí tuve el placer de verle en la Fundación Tres Culturas de Sevilla junto a Aitana Sánchez Gijón representado Las Mil y Una Noches.

Pero si vamos a hablar del placer, tenemos que volver a la mala noticia. Paradójicamente, la muerte se asocia al placer en este momento. Se ha muerto Manuel Alexandre, el último que quedaba vivo de un trío de actores madrileños que simbolizan una generación del cine español. Alexandre siempre será recordado por sí mismo y al mismo tiempo en compañía de Agustín González y José Luis López Vázquez. Este trío de actores ya fallecidos representa a la perfección el placer del buen cine. La lástima es que en un lustro se nos han ido los tres. De Agustín recuerdo a ese viejo amargado que planeaba y aplazaba constantemente su suicidio en El Abuelo. De José Luis es imposible olvidar su interpretación en El Verdugo. Y de Manuel me quedo con su papel de pregonero y aquella escena de la levitación en Amanece, que no es poco. Desde luego Manuel Alexandre nos hizo disfrutar en el cine. Si hubiese que repasar su diversa y extensa filmografía el resumen sería tan surrealista como la película de José Luis Cuerda. No es tiempo para llorar esta última pérdida, es tiempo para seguir amando al cine así como a la literatura y a la vida, aunque sea esta última como una montaña rusa y nunca alcancemos la felicidad absoluta.

Tenemos un premio Nobel en lengua española y un actor que se ha ganado sobrevivir en el recuerdo colectivo. Leamos, veamos cine, escribamos, volemos, que no es poco.

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