¡Viva José!

Esto no se hace, no señor. Irse así, en plena vorágine balompédica en un mundo en crisis y en un país que renuncia a la Justicia para entregarle en blanco los libros de historia a los franquistas. ¿Cómo se le ocurre morir, señor Saramago, en un momento como éste? ¿No se da cuenta de que ahora es cuando más le necesitábamos? Y le queríamos vivo, para que siguiese alzando la voz, para que recogiese todos los nombres, para que nos diera la luz. Incluso, romántica idea, para que uniera Portugal con España.

He leído algo sobre el luto de las letras y después he visto su nombre y una esquela. He tratado de leer de qué manera, en qué momento se le ha ido a usted la vida y no he sido capaz de detenerme en el texto. Tengo ganas de gritar. Siento una rabia enorme.

Le busqué en una edición de la Feria del Libro de Sevilla, le comenté que una vez había escrito “Saramago, pensador” y usted me dio una caricia en la mejilla izquierda. Será ahí, bajo la barba que me cubre el rosto donde guarde a partir de ahora todas sus letras, todas sus fotos y la forma suya de  mirar el mundo, de quitarle la piel para contarlo. Dije hace unos días que todas las señales me llevan a Portugal este año, no esperaba que me sobreviniera una tan desagradable.

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