“Murió Mario Benedetti.” Sólo he podido leer hasta aquí, el resto de lo que Juan Cruz ha escrito para el diario El País acaba de vomitarlo mi impresora. Ahora mismo no soy capaz de digerir nada más. Murió el único poeta que me quedaba vivo. Los otros fallecieron mucho antes de que yo naciera. Uno era Lorca, el otro Neruda. Me quedé huérfano esta noche.

En este momento no tiene sentido explicar quién era ese viejo uruguayo pegado a un bigote, adherido a una máquina de escribir (los ordenadores, al fin y al cabo, también son máquinas escribientes, como la de un escritor o un oficinista). Voy a darme tiempo y, sobre todo, voy a darle tiempo a Benedetti (a sus versos) para encontrar la forma adecuada de rendirle homenaje, aunque me demore mucho tiempo.

Mientras tanto, no me salvaré, no me quedaré inmóvil al borde del camino. Lanzaré mi botella al mar para que alguien la recoja y extraiga de ella mi mensaje. Cantaré que el Che está vivo y rezaré un padrenuestro a Latinoamérica. Mientras tanto, Benedetti, usted sabe, que puede contar conmigo.

Descanse en paz. Buen provecho.

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