Emprender la literatura

Uno no sabe cómo de interesante puede acabar resultando la tarde cuando sale de casa con prisa. Mi tarde del miércoles veinte de mayo fue muy gratificante. A las siete acudí a la Feria del Libro de Sevilla para asistir a la presentación de El sari rojo la última novela del escritor madrileño Javier Moro.

No conozco la obra de Moro, aunque en mi casa en algún estante, La pasión india aguarda con calma a que me decida a agarrarla bien fuerte por el lomo y me aventure a ojear sus páginas. El libro pertenece a mi madre, no sé si antes fue de mi abuela, pero tiene pinta de que en futuro lo heredaré entre otras cosas que me llevaré junto a mi independencia.

Javier Moro logró venderme su historia. No pasé por caja para comprar el libro, pero ya lo tengo anotado en la lista de la compra. Y aunque sé que no era la intención de Javier Moro, su presentación me llevó a otro libro: La nieta de la maharaní de Maha Akhtar.

Ahí no terminó mi jornada literaria. A las ocho se entregaban en el Paraninfo de la Hispalense los premios Universidad de Sevilla de novela, poesía y teatro. En su decimoquinta edición, los ganadores han sido: en la modalidad de poesía Isaac Páez con Diario de un poeta recién parado; en la modalidad de novela Lorena Chanes con Historia de la NO escritura; y en la modalidad de teatro premio para 237 de José Ordóñez y accésit para El sinsentido de la vida de Martín López.

Sin embargo, los protagonistas de la tarde fueron los ganadores de la pasada edición, porque se presentaban sus obras editadas por el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. Yo voy a hablar de dos de ellos: Raúl Camarero y Diego Vaya.

Raúl Camarero consiguió engañar a toda España diciendo que había creado una editorial en papel higiénico. Tanto fue así, que Buenafuente le entrevistó en su programa de La Sexta. Al final se dijo así mismo que aquello podía ser un buen negocio y desde entonces existe Literatura en papel higiénico. La obra con la que empezó todo se llama Emprendedores. Raúl Camarero demostró en el Paraninfo sevillano ser un emprendedor con la cara muy dura y con un gran sentido del humor. Tengo la suerte de haber sumado a mi biblioteca su libro “más enrollado”. Le he prometido leerlo y hacerle una crítica, lo mismo que a Diego Vaya, un poeta que cuenta con el premio Ateneo de Sevilla en su curriculum literario.

“Adónde te volviste / para tener / este incendio de sal en la mirada”. Son sólo tres versos de Única herencia, la obra con la que Diego Vaya convenció el año pasado al jurado universitario. Su poesía parece interesante, pero él también lo es y eso significa jugar con una doble ventaja.

Javier Moro, Maha Akhtar, Raúl Camarero, Diego Vaya… la literatura es una fuente inagotable de nombres tras los que se esconden historias que merece la pena descubrir. Yo voy a seguir investigando, tengo una cita pendiente con estos autores.

Buen provecho.

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Contar hasta 88 o hasta infinito

“Murió Mario Benedetti.” Sólo he podido leer hasta aquí, el resto de lo que Juan Cruz ha escrito para el diario El País acaba de vomitarlo mi impresora. Ahora mismo no soy capaz de digerir nada más. Murió el único poeta que me quedaba vivo. Los otros fallecieron mucho antes de que yo naciera. Uno era Lorca, el otro Neruda. Me quedé huérfano esta noche.

En este momento no tiene sentido explicar quién era ese viejo uruguayo pegado a un bigote, adherido a una máquina de escribir (los ordenadores, al fin y al cabo, también son máquinas escribientes, como la de un escritor o un oficinista). Voy a darme tiempo y, sobre todo, voy a darle tiempo a Benedetti (a sus versos) para encontrar la forma adecuada de rendirle homenaje, aunque me demore mucho tiempo.

Mientras tanto, no me salvaré, no me quedaré inmóvil al borde del camino. Lanzaré mi botella al mar para que alguien la recoja y extraiga de ella mi mensaje. Cantaré que el Che está vivo y rezaré un padrenuestro a Latinoamérica. Mientras tanto, Benedetti, usted sabe, que puede contar conmigo.

Descanse en paz. Buen provecho.

El chico triste de ayer y siempre

Siempre que alguien fallece, sobre todo si se trata de un artista, todo el mundo se afana en situarse vistosamente alrededor de su figura y honrarla desmedidamente. La mayoría lo hacen sin saber de quién se trata realmente el cadáver al que llevan flores. El último ídolo muerto es Antonio Vega.

Escribo ahora desde la distancia que proporciona su cuerpo ya sepultado con la intención, precisamente, de evitar eso de lo que acabo de hablar. Yo, lo reconozco, no seguí especialmente a Vega. De él conozco las tres canciones que estos últimos días han repetido hasta el infinito todos los informativos. La chica de ayer, Se dejaba llevar y El sitio de mi recreo. De ahí, lamentablemente, no salgo. No importa, me bastan esas tres canciones para calibrar la importancia de Antonio Vega.   

Su nombre siempre irá ligado a Nacha Pop, el grupo que lideró la movida madrileña, un movimiento musical al que se le dio más bombo del que merecía si lo comparamos con el rock andaluz, muy denostado por el centralismo informativo.

Muchos grupos, al separarse, someten a sus componentes a un proceso de selección natural. Antonio Vega debió evolucionar bien, puesto que se adaptó al entorno y sobrepasó la estela de Nacha Pop, llegando hasta 2009 muerto en vida pero vivo musicalmente.

La heroína le quitó la vida hace unos días, antes ya le había quitado la salud y el amor (su pareja también murió a causa de las drogas). Pero la heroína le respetó dos cosas fundamentales: la voz y su eterna tristeza. El mundo, en parte, es de los tristes. Ellos saben escribir lo que todos sentimos. Antonio Vega era un bendito chico melancólico.

Descanse en paz. Buen provecho.